| ¿Existe
la clase trabajadora? De ahí que digamos ¿Existe la clase trabajadora?
¡¡¡SÍ EXISTE LA CLASE TRABAJADORA!!! José
María Buzarra Cano Meses a tras los anónimos trabajadores
que día a día escuchan el sonar del incansable reloj despertador,
evidentemente para currar, conocieron de primera mano cómo los
legítimos representantes sindicales manifestaban por las calles,
su dolor por cuanto viene sucediendo en eso que llamamos, condiciones
de trabajo. Y, al grito de "Respeto a la salud y seguridad",
reivindicaban y señalaban a todos los vientos su pesar por los
trabajadores accidentados y fallecidos. Así que, mi buen e imaginario compañero espera que a partir de ahora se reanude la política desde el principio mínimo de "al pan pan y al vino vino". En cualquier caso, son las reflexiones de un incombustible trabajador, levantado todos los días, como no podía ser de otra forma, a golpe de despertador. Logroño 27/06/03 CLASE Y CONCIENCIA DE CLASE
Debemos empezar por remitirnos a las fuentes. Marx y Engels en su Feuerbach: oposición entre las concepciones materialista e idealista señalan que “los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues de otra manera ellos mismos se enfrentan los unos con los otros, hostilmente, en el plano de la competencia.” El historiador marxista inglés. E.P. Thompson consideraba que “las clases no existen como entidades separadas que miran en derredor, encuentran una clase enemiga y empiezan a luchar. Por el contrario, los individuos experimentan la explotación, identifican puntos de interés antagónico, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el proceso de lucha se descubren como clase... La clase y la conciencia de clase son siempre las últimas, no las primeras fases del proceso real histórico.” Al inicio del tercer milenio nos encontramos en un momento histórico en el que la economía globalizada y la concentración del poder económico y político han dinamitado buena parte del antiguo estado de bienestar en la zona más rica del planeta, mientras que en las zonas más pobres la miseria de una buena parte de su población no ha hecho sino incrementarse. El consumismo es, cada vez más, la nueva religión que rige la vida de millones de individuos en las zonas ricas del planeta. El neoliberalismo triunfante desde la década de los años ochenta impregna cuanto puede el modo de vida de la gente con sus doctrinas egoístamente individualistas y ferozmente competitivas. Un sector cualificado de los partidos de izquierda hace tiempo que defiende posiciones decididamente interclasistas. En el sentido positivo, habría que aceptar con Castoriadis “desechar la fe en un sector esclarecido de la historia (el proletariado) y en un dramaturgo privilegiado (la vanguardia revolucionaria)”. A cambio, se vienen entregando con demasiada facilidad las señas de identidad más elementales del socialismo democrático a la dictadura del mercado. Estos factores, entre otros, vienen influyendo de una manera negativa en el desclasamiento de los trabajadores en las zonas desarrolladas del planeta. La nueva organización del trabajo, cada vez más precarizada y atomizada, dificultan al máximo la organización de los trabajadores. Si interrelacionamos los factores antes expuestos, la resultante es marcadamente negativa. Sin embargo, sería un error considerar que, “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Para el movimiento obrero, para los trabajadores, ningún tiempo ha sido fácil. Las condiciones históricas cambian, la superficie se transforma, pero el mal de fondo permanece. El hombre no será libre hasta que sea dueño de los medios que necesita para su sustento. Dicho esto, creo que está contestada la pregunta de si existe la clase trabajadora. Claro que existe. Otra cosa es que tenga conciencia de ello. Volvamos una vez más a las fuentes. Existen problemas, existe dominación, luego acabarán apareciendo las confrontaciones, luego resurgirán las clases, el sentido de clase. Los adormecimientos duran tanto como lo permiten las circunstancias menos adversas. En este lado del planeta, algunos trabajadores se pueden permitir aún el lujo de practicar la táctica del avestruz. En otras latitudes menos favorecidas la vida sigue teniendo muy poco valor y la defensa de la dignidad es un lujo que se puede pagar con la muerte. Los millones de personas que sobreviven a duras penas en la más absoluta pobreza de Latinoamérica al África subsahariana, los trabajadores más lúcidos de las zonas ricas del planeta, acabarán por encontrarse en el punto común de la libertad y la justicia. Es cuestión de tiempo. Es cuestión de resistencia. Existe la clase trabajadora, puesto que existe el trabajo. Existirá la lucha de clases, puesto que existen las clases: la que detenta el poder y la riqueza, y la que cede parte de su esfuerzo (otra vez Marx: la plusvalía) para generar esa riqueza ajena. El reto del futuro inmediato es elaborar nuevas propuestas que se adecuen a las nuevas realidades de este momento histórico. No valen las recetas del pasado. Los problemas son esencialmente los mismos, pero aparecen revestidos del ropaje de la modernidad. Hay que asimilar, necesariamente las lecciones que nos depara la historia. A un trabajador aislado en el “teletrabajo” o sometido al contrato basura de la temporalidad permanente de poco le sirven las arengas decimonónicas pseudorevolucionarias. Quiere respuestas precisas a sus problemas concretos. Ese es el reto, entre otros, de los trabajadores. Recordar que lo siguen siendo. Y obrar en consecuencia. Corrigiendo el texto de nuestro himno –si se me permite la herejía_, no hasta la lucha final, sino hasta la próxima batalla, pues, posiblemente, el proceso de emancipación durará tanto (afortunadamente) como la especie humana. Lo contrario sería el conformismo y las falsas revoluciones consolidadas.
Josep
M. Àlvarez El debate sobre la existencia o no de la llamada clase trabajadora es sospechósamente paralelo al de la presunta superación de las ideologías en términos de izquierda y derecha. Desde que el año 1989 nos sorprendiera con la caída del muro de Berlín, algunos se han empeñado en hacer caer con él los referentes políticos que han sido el eje del debate y el progreso social. De la misma manera que han intentado diluir los conceptos grupales que nos identificaban para difuminar, también, nuestros objetivos comunes, así como nuestra capacidad de actuación colectiva. Por decirlo de otro modo, los oráculos del pensamiento único han decidido desproveernos de rasgos ideológicos, de referentes indentitarios y de objetivos políticos. Más que una filosofía, la superación de las ideologías y de las clases sociales es una estrategia que pretende acabar con nuestra capacidad para diseñar nuestro futuro y conseguirlo. Debo reconocer mi admiración –dicho sea en el peor y más cínico sentido de la palabra- por una sociedad que tiene una tendencia enfermiza a clasificarlo todo en cajones bien ordenados que aporten información necesaria sobre nuestra conducta previsible, sobre nuestra expectativas vitales y hasta nuestro comportamiento psicológico, y que ahora se desentiende de uno de los argumentos que han permitido, sin lugar a dudas el progreso humano, es decir, la lucha de clases. Es realmente provocador cómo se intenta obviar el mecanismo a veces violento que nos ha situado en el estadio de bienestar relativo con el que nuestros abuelos soñaron y por el que siguen luchando millones de personas en todo el planeta. Por eso conviene afirmar con rotundidad que siguen existiendo las clases sociales, y por tanto sigue vivo el concepto de clase trabajadora. Es necesario incluso como elemento de referencia social, como elemento de seguridad personal, que nos ubica en este entorno cada vez más complejo y amenazante. Pero esta afirmación no puede ser reactiva. No sólo tiene que ser una fórmula que nos agrupe para el combate por la igualdad y la justicia social, debe ser fundamentalmente una herramienta de orientación, la misma que nos quieren quitar de las manos los divulgadores del pensamiento único. Si nos desnudan de nuestra alternativa social y política, si nos quitan hasta las palabras que significan mucho en nuestro universo personal, habrán hecho desaparecer toda posibilidad de progreso colectivo. Y las palabras pueden tener acepciones similares pero tienen connotaciones que aportan más que su propio significado literal. Del concepto de proletariado con implicaciones revolucionarias, evolucionamos hacia el de clase obrera. Posteriormente despojamos de obrerismo a nuestra clase para convertirla en clase trabajadora, mucho más centrada, políticamente correcta y de consenso. Hasta cierto punto esta progresión tiene su lógica desde la óptica occidental. Pero no podemos admitir que nos conviertan en simples productores. Y menos cuando puede ser el último paso que nos separe de la pérdida de derechos sociales, condiciones laborales y, porqué no, de la verdadera libertad. Si damos ese paso influenciados por la capacidad de disuasión del sistema liberal que nos ha convertido por la vía del consumo en clases medias para disgregarnos y reducirnos después a su antojo, no estaremos en condiciones objetivas para ofrecer una resistencia digna en un futuro muy cercano. Tan próximo como incierto. La preeminencia de la economía sobre la política, peor aún, la dominación del modelo económico único sobre la política, ha disparado la avidez de los poderosos que ven posible superar, aunque sea con dosis de paciencia, el pacto socialdemócrata que aseguraba la paz social a cambio de bienestar. Por este interés, nos deben desmovilizar y eso empieza por desposeernos del nombre, de nuestra referencia para convertirnos en immigrantes desarraigados. Sólo si nos convierten en sujetos individuales sin la más mínima solidaridad de grupo, podrán cumplir su objetivo que no es otro quye el de acabar con nuestra libertad y con nuestro bienestar personal, los que sólo podemos defender desde la cesión, bienentendida, de soberanía a nuestra família, nuestra tribu, nuestra clase. Por
esos motivos, considero que sigue vigente, aunque convenga actualizar
el concepto de clase trabajadora. Los que son partidarios de su desaparición
no lo hacen por convicción sinó por interés, por
interés de clase. Defendamos la nuestra. Barcelona, 27 de febrero de 2003
1. Iniciaremos nuestro comentario sobre tema, partiendo de una de las leyes básicas de la economía: capital y trabajo considerados como factores de producción, en una de sus manifestaciones como organización social: actualmente la economía de mercado, sistema dominante en la actual mundialización de la economía. Mientras exista producción de bienes y servicios, esto es, trabajo creativo para satisfacer necesidades sociales, existirán personas que trabajen. Es decir, en tanto exista una organización capitalista de la producción y de la sociedad que se apropie de la “plusvalía” respecto de lo que se remunera al factor trabajo, existirán los que detentan aquella fuerza de trabajo (trabajadores) y los propietarios del capital (capitalistas): Explotados y explotadores, en la más pura acepción académica del término. 2. Por otra parte es el concepto de clase social el que nos llevaría a entender ciertas leyes dinámicas de la composición, evolución y comportamiento de los trabajadores en tanto que colectivo con ciertas características comunes: disposición al trabajo de una persona (que sólo es reconocido socialmente bajo la perspectiva de dependencia ajena) y, sobre todo, en tanto que colectivo: “grandes agregados de personas que se distinguen por su lugar en el sistema históricamente determinado de producción social, por su relación (generalmente fijada y formalizada en leyes jurídicas) con los medios de producción, por su papel en la organización social y, consiguientemente por el modo de obtención y la proporción de riqueza social de que disponen. El principal indicio de la diferencia entre las clases es la relación con los medios de producción (propietarios o asalariados)” (1). 3. Quizá uno de los enfoques que más puedan ayudarnos a entender el concepto de clase no es tanto el factor objetivo: ser asalariado o propietario, sino el factor subjetivo: Tener conciencia o sentido de pertenencia a un grupo o clase con características comunes y adoptar estrategias y luchas en defensa de unos intereses. Por ello, no conviene confundir conciencia de clase con procedencia de clase. (2). De ahí, como algunos capitalistas o burgueses a lo largo de la Historia han hecho causa común con la clase trabajadora, sin ser trabajadores: Marx como prototipo de intelectual burgués o la actuación de los denominados “curas obreros” en la Dictadura franquista. En sentido contrario, tendríamos muchos trabajadores cuando actúan como “esquiroles” en una huelga o votan opciones políticas conservadoras. 4.
En la Revolución Industrial, a partir de finales del siglo XVIII
y durante el s. XIX tuvo lugar el surgimiento del Movimiento Obrero
(Partidos y Sindicatos) –“sujeto histórico”,
según André Gorz- fue la expresión más clara
de clase obrera organizada, consciente, en la lucha contra
la explotación capitalista y por la conquista de derechos y mejores
condiciones de vida y de trabajo, consolidados durante
el s. XX en el denominado Estado del Bienestar, fruto de un Pacto Social
entre capital y trabajo, especialmente después de la II Guerra
Mundial..
6. Llegados aquí, debemos de formularnos la vieja pregunta ¿Qué hacer?. Sin duda, se trata de cómo recomponer la correlación de fuerzas entre los poseedores del factor trabajo (por cierto, cada vez más basado en el “conocimiento”), recuperando la lucha contra la precariedad y por un empleo estable y con derechos, así como por unas condiciones de vida dignas como ciudadanos (Educación, Vivienda, Sanidad, Protección Social). Esta redefinición de un nuevo pacto en el trabajo, volvería a tener elementos movilizadores –-¡lo están siendo ya¡- capaces de sumar a colectivos de trabajadores, especialmente jóvenes, en la resistencia ante el modelo neoliberal de desregulación de derechos, “adelgazamiento” del Estado de Bienestar y desprecio de los derechos democráticos. 7. En nuestra opinión estos planteamientos siguen teniendo fuerza y coherencia. En nuestro entorno, son la base más idónea para asegurar una economía competitiva en esta sociedad postindustrial –o “sociedad del conocimiento”- con trabajadores cualificados y motivados. Una vez más, hay que manifestar que en nuestras sociedades avanzadas no puede haber progreso económico sin cohesión social. Partidos de izquierda, sindicatos y otros movimientos sociales deberían de plantearse de nuevo la reorganización de los intereses de la mayoría de los ciudadanos en torno modelo de sociedad europeo que ha asegurado progreso económico y prosperidad social durante más de 50 años. En el contexto de la mundialización este modelo de producir y de vivir en paz y democracia, respetando el medio ambiente y practicando la solidaridad internacional, puede ser como un tesoro heredado de otras generaciones que vayamos protegiendo, engrandeciendo y disfrutando –sin derrocharlo- entre todos los hombres y mujeres de bien del planeta.
Madrid, 22 febrero de 2003 ¿EXISTE
LA CLASE TRABAJADORA?
Para los que vivíamos en Bilbao en 1984. aquel fue el año de la reconversión industrial; resulta difícil olvidarlo, porque significó el comienzo del fin del Bilbao industrial y financiero, el comienzo del fin de la vieja clase trabajadora y de la influencia de la plutocracia de Neguri. Entonces existían muchos bares en Deusto, Olabeaga, Baracaldo, Sestao o Erandio como en el que se reúnen Santa y sus colegas en Los lunes al sol, lugares donde la gente tomaba un carajillo a las 6 menos cuarto de la mañana antes del turno. La mayor parte de los espectadores que han visto Los lunes al sol se han sentido conmovidos al ver la película, pero cuando pienso en todo esto, a mí me parece que no refleja las cosas como son, sino como fueron. Algo en esa película es en blanco y negro, como las fotografías de nuestra infancia; porque el desempleo informacional tiene un carácter más insidioso y aislado: se trata de un destino que, la mayor parte de las personas está abocado a cumplir en soledad. Hasta cierto punto, el nuevo desempleo está terminando por convertirse en una característica estructural de las ocupaciones informacionales, en una modo de estar empleado y a la vez sometido por unas condiciones laborales crecientemente marcadas por los requerimientos de polivalencia, flexibilidad y compromiso, cada vez más cognitiva y emocionalmente extenuantes, característicos del ritmo actual con el que gira el ciclo de la innovación económica y social. Con frecuencia, “polivalencia”, “flexibilidad” o “implicación” son formas perifrásticas de describir el imparable empobrecimiento del vínculo y las condiciones laborales. Margaret Thatcher, también en el 84, dio por concluido el conflicto de clases en el Reino Unido y más allá después de una lucha formidable con las Unions que se había prolongado a lo largo de los dos años anteriores. En aquellas fechas, era frecuente encontrar en el centro de Londres a mineros extenuados, mendigando. Cualquiera podía ver reflejado en sus rostros los signos inequívocos de la derrota, sus cajas de resistencia exhaustas y la evidencia de que no disponían de lugar alguno al que replegarse. ¿Estábamos asistiendo al último acto del conflicto de clases como forma de articular el conflicto social, como sugirió Thatcher? Aparentemente. En cualquier caso, el resultado de la confrontación dejó gravemente herida la solidaridad ahormada sobre la base de las vastas agrupaciones de intereses y las visiones y conciencia del mundo unitarias que con el paso del tiempo produjo el doloroso proceso de industrialización. Si esto sucedió así, ¿por qué tantas personas, con sus conocimientos, experiencia y valores dejaron de resultar útiles tan repentinamente? El fin del viejo saber profesional y los nuevos requisitos de la cualificación informacional La gente dejó de resultar útil porque no “sabía” comportarse en las nuevas condiciones económicas y sociales emergentes, porque el viejo saber profesional de carácter unitario, organizado en torno a una cualificación entendida como el reconocimiento de la colección de competencias que conjuntamente componen una ocupación, quedó arrumbado y crecientemente suplantado por nuevas figuras profesionales susceptibles de ser constantemente recodificadas. A diferencia de las viejas cualificaciones industriales, las cualificaciones informacionales basadas en la tecnología de componentes del conocimiento (la tecnología de competencias) son en realidad cualificaciones recombinantes sin una identidad profesional precisa o con una identidad profesional difusa. La posibilidad de polivalencia que se les supone radica precisamente en las posibilidades de recodificación de las competencias que las componen, esto es, en su naturaleza ajustada, digital y recombinante. La potencia de las nuevas cualificaciones no reside tanto en la capacidad de la que dota a la fuerza de trabajo para aprender, sino en la que le confiere para olvidar o, si se prefiere, para “desaprender”. Desaprendo, luego existo:1 La cuestión del sentido del trabajo humano en la sociedad de la información Desaprender u olvidar se ha convertido en una tarea y en un objetivo preciso de aprendizaje para las organizaciones, los grupos y las personas, ¿qué clase de conocimiento queda cuando el conocimiento, que en una persona tiene un carácter unitario y continuo, le despojamos de los aprendizajes derivados de la experiencia y el trabajo estrictamente profesionales? ¿Cuál es la naturaleza del conocimiento que en el nuevo contexto informacional permite afrontar con éxito las tareas de desaprender y reaprender y cuáles son las condiciones sociales, los modos de vida y el mundo de emociones que posibilita afrontar esa tarea sin merma de alguna clase de identidad que permanezca más allá de la vorágine del cambio? En la medida en la que una suerte de no-identidad definida se convierte en la seña de identidad cultural más preciada, todas las memorias deben ser arrumbadas, pero entonces aparece la cuestión del sentido. Desde el ámbito de la empresa, se habla de necesaria desorganización2, de la promoción activa de situaciones de fluctuación y caos3, de ir más allá de las jerarquías, propugnando formas de relación social vinculadas al trabajo más ágiles, autoorganizadas, reticulares y desburocratizadas. En el extremo se llega a afirmar que “la organización es la estrategia”4 o que “el ejercicio esencial de la dirección gira en torno al significado”5, o bien que el problema de las organizaciones es dotar a su función de “un sentido de continuidad, un sentido de conexión y un sentido y dirección”6. La cuestión del significado y del sentido, de las fuentes culturales de la identidad en suma, en el entorno del trabajo informacional emergente es, sin duda, una de las más relevantes, como lo es la que se interroga acerca de las condiciones culturales y sociales que deberán satisfacer las personas, los grupos y las corporaciones que aspiren a ser actores en el espacio unitario de la red de redes. Se trata en definitiva de identificar las fuentes de lo que Castells ha denominado el “espíritu de informacionalismo” y su impacto sobre las profesiones y las condiciones de profesionalidad y el trabajo del nuevo espacio económico informacional. El ascenso del informacionalismo y el nuevo espíritu de los tiempos no es neutral con relación a las formas culturales e institucionales preexistentes asociadas con el capitalismo industrial y postindustrial, de manera que el resultado arroja un saldo de perdedores y ganadores. La clase de cualificación hasta cierto punto vacía de contenido empírico, extremadamente digital (en el doble sentido de que las operaciones manuales utilizan como interfaz el teclado de un ordenador y operan sobre el proceso de producción a través de herramientas informáticas), no vinculada permanentemente a ningún repertorio de tareas o rutinas, ni tampoco necesariamente con personas más allá de los equipos de trabajo o proyecto que se crean ad hoc, requiere una contextura personal y un espacio de socialización que exige, para la vieja clase trabajadora que pervive, desaprender algo más que rutinas: les obliga a olvidar aquellos modos de vida y de relación que la identificaban como sujeto colectivo, a la par que dotaban a sus miembros de una identidad personal de la que poder sentirse orgullosos; requiere, en definitiva, dar por concluido el conflicto de clases. El concepto de desaprender en el ascenso del informacionalismo y de la formación permanente de redes, organizaciones e identidades laborales resulta menos paradójico a la postre de lo que a simple vista parece. Por un lado la idea de desaprender incluye como núcleo sustancial y positivo el conjunto de competencias que hace posible que una persona pueda adecuar su paso al ritmo del cambio tecnológico marcado por la obsolescencia de los medios de producción (que pueda saltar de una herramienta informática a otra, de un sistema operativo a otro, de una tecnología operativa a otra,...); por otro, desde un punto de vista cultural, desaprender significa olvidar el sistema de valores que subyacía al sistema de cualificaciones y formación profesional del pasado caracterizado por el estatismo, el mecanicismo y las vastas agrupaciones de intereses. Ese sistema de cualificaciones que posibilitaba la inserción laboral de las personas, a la par que su inclusión social en una determinada clase en función de la naturaleza de su contribución al trabajo social, es el que ha quedado arrumbado por el ascenso del informacionalismo, aún cuando en la realidad perviva en numerosos espacios industriales como una cultura sólida. Pero se trata de un espejismo, su existencia actual, aún cuando pujante en muchos casos, ¿es el reflejo de las formas de organizar el conocimiento y la sociabilidad del trabajo del futuro o el del pasado?. Tecnohumanidad y cualificaciones recombinantes: la lógica binaria de la sociedad digital El ascenso del informacionalismo ha determinado una nueva relación entre el hardware capitalista –la tecnología desarrollada en función del lucro- y su software humano, esto es, el paradigma antropológico que hace operativo al primero. ¿Cuál es el tipo humano funcionalmente adecuado a las nuevas exigencias del capitalismo informacional? Heinz Dieterich Steffan lo ha bautizado con el nombre de “hombre semiótico”, una clase de persona básicamente socializada en el espacio funcional, de valores y tácitamente normativo desplegado por la instalación y uso de las nuevas tecnologías, con una alta capacidad de recodificar sus códigos culturales y de adquirir nuevas capacidades tecnológicas7. Valga decir: con una alta capacidad para olvidarse de sí mismo, para ser, como en la inquietante parábola de Capra, Juan Nadie. Todo somos Juan Nadie, tal vez todo debemos aspirar a serlo, se dice. Porque la idea de desaprender significa de hecho el triunfo de una clase de competencias sobre otras, de una clase de saber sobre otro, de una clase de cultura sobre otra y, probablemente, de un principio de estratificación sobre otro. Significa el triunfo de aquella clase de competencias inespecíficas, intrínsecamente reprogramables y recodificables, capaces de mantener su valor en escenarios laborales y sociales caracterizados por la diversidad; significa sencillamente el triunfo de los logaritmos (cuyo conocimiento es imprescindible para programar un torno de mecanizar de control numérico) sobre treinta años de experiencia en un torno de mecanizado. En el segundo caso, lo más probable es que el trabajador posea la competencia de evaluar la calidad de una pieza a ojo, sin necesidad de calibrarla o utilizar ninguna clase de herramienta metrológica; en el primero, sin embargo, ninguna habilidad motora está comprometida, lo único que se precisa es comunicarse en el lenguaje simbólico de la máquina. En definitiva, significa el triunfo de una clase de adiestramiento específico. El ciclo de la innovación precisa, para seguir rotando cada vez a mayor velocidad, de más destreza cerebral reprogramable y de menos identidad (algo que resulta extremadamente pesado y dificultoso de cambiar u olvidar). La versión apocalíptica de las implicaciones derivadas del ascenso e instalación del informacionalismo supone que los procesos de innovación están operando de acuerdo con una lógica absolutamente snob. Desde esa perspectiva, la lógica binaria con la que operan los ordenadores y las redes se proyectaría sobre el espacio social, dualizándolo. La ruptura y la distancia social se estarían acentuando; finalmente, por un lado quedarían los unos (1), que son el grupo de los capaces de asumir culturalmente el cambio acelerado y por el otro los ceros (0), aquellos que resultan incapaces o bien, como ha señalado Steffan Diderich, aquellos que resultan excedentes o superfluos. Y, entonces, surge de manera necesaria la cuestión política, el papel que juega, o debería jugar, lo público. No es algo que se diga con frecuencia, si bien la evidencia disponible muestra que los procesos tecnológicos no son neutrales con relación a la preeminencia o hegemonía de ciertos valores, creencias, modelos y esquemas mentales de comprensión de la realidad; la viceversa no es menos cierta. Quizá por eso no existe un modo determinado de realizar la sociedad de la información a pesar de que, por defecto, se haya difundido la sospecha y con ella la desazón e incertidumbre para muchas personas, de que un solo futuro, derivado de la generalización de un solo presente marcado por la sensación de riesgo, desamparo y amenaza, es posible. Perplejidad informada y agrupaciones difusas Esta época de información exuberante es también, por utilizar la expresión de Castells, una época de “perplejidad informada”. La avalancha real de información y la consideración mental de la que potencialmente se puede generar sumen en la perplejidad a cualquiera. Una de las amenazas más reales para aquellas personas y organizaciones que carezcan de una sólida cultura, de una robusta tecnología del conocimiento y de recursos cognitivos suficientes, en definitiva de lo que Cornellá denomina infoestructura, es la infoxicación8, una suerte de envenenamiento producido por la incapacidad para gestionar intencionalmente información masiva, que está empezando a abrir una brecha de una profundidad difícil de evaluar todavía entre aventajados y desaventajados informacionales y, como consecuencia, está creando un ejército cada vez mayor de desaventajados sociales, con frecuencia políticamente olvidados y, más a menudo aún, muy débilmente relacionados entre sí e incapaces, por tanto, de desplegar una sólida acción colectiva. En la sociedad del conocimiento las infoestructuras deberían generar un efecto aumentador de las capacidades humanas para comprender y relacionarse, en definitiva, un efecto aumentador de la capacidad humana para dotar de sentido a lo real, para influir en la esfera de lo político y, en suma, para generar redes humanas basadas en una cosmovisión compartida o, lo que viene a ser lo mismo, comunidades humanas estables de intereses. Sin duda, la sociedad del conocimiento es una construcción cultural con base en la tecnología, pero entonces también es mucho más que una tecnocultura basada en un sistema tecnocientífico que, en sí mismo, carece de ninguna clase de aliento humano. En ese caso, queda el desafío pendiente de restablecer un cierto equilibrio entre los grupos humanos de interés que el dinamismo de su instalación ha ido generando y localizando en un determinado espacio de la esfera social y la influencia política; grupos difusos que aunque respondan a un principio de estratificación, probablemente carecen todavía en muchos casos de identidad, representación y discurso; grupos, por así decirlo, “incompetentes”. El malestar de nuestras sociedades, aún cuando pueda hayarse muy extendido, resulta todavía un hecho demasiado débil, poco aparente e inconcreto para orientar positivamente la acción política hacia el reconocimiento y la satisfacción de las necesidades e intereses subyacentes. El conflicto social permanece, pero carece de actores que lo representen con intención. Si hay nuevas clases emergentes que recojan el protagonismo de las antiguas en los procesos de acción colectiva y conformación política de las esferas económica y social, éstas están por encontrar el modo, la escena y las palabras para comunicar públicamente su identidad y para constituirse en sujetos de la acción colectiva.
Proletario es un vocablo de origen latino que se refería a la “prole” que en compañía de su familia trabajaba para el Estado. Luego Marx y Hengel hicieron suya la ”palabra” y desde entonces todo el mundo lo asocia —y así lo recoge el Diccionario de la Lengua— al mundo obrero, es decir, hoy podríamos hablar de que proletario es un sinónimo de obrero. Siendo muy joven – todavía no había leído a Marx – me regalaron una insignia de las Juventudes Socialistas, era redonda de color rojo, sobre ella grabada una estrella de cinco puntas y alrededor de su circunferencia una leyenda: “La juventud es la llama de la revolución del proletariado”. Aquello me fascinó. ¿llama? ¿revolución? ¿proletariado? Todo esto unido al Mayo del 68 y a mi imaginación de familia obrera y por tanto de familia proletaria. Franco, el general dictador que gobernó con puño de hierro durante medio siglo, tenía un punto común con el resto de los dictadores, su odio a las organizaciones obreras y a los partidos cuyo centro ideológico era la defensa de la clase trabajadora. Desde los principios falsos, fascistas y antidemocráticos, fundamentales de “su glorioso movimiento”, hizo creer que nadie pertenecía a la clase trabajadora, que todo el mundo era clase media, es decir, gente bien –no gente de bien–. Ellos, los trabajadores a trabajar bajo la tutela paternal de su figura y en santa armonía, unidos todos con empresarios y gente adicta al régimen bajo el manto celestial de los sindicatos verticales y la protección del yugo y las flechas, la espiga o el rodamiento. Nadie hablaba de la clase trabajadora, nadie hablaba del proletariado. Esas palabras no eran utilizadas por todo aquel que se considerase políticamente correcto, no figuraban en los libros de Historia y si se pierde el nombre se pierde la conciencia. Así que poco a poco se fue perdiendo el verdadero concepto de clase trabajadora. Por aquel entonces, sólo un grupo de luchadores nos recordaban desde la clandestinidad que no perdiéramos nuestra idiosincrasia social, y que mantuviéramos nuestra conciencia de clase trabajadora. Desapareció el dictador, renació, o mejor dicho nació la democracia, afloraron partidos obreros y sindicatos de “clase” –que palabra tan bonita, que bien sonaba ¡ sindicatos de clase ! – e intentaron ¿en vano? concienciar de nuevo a los trabajadores, ¿se consiguió? ¿lo consiguieron? Hoy, tras muchos años de democracia, podemos afirmar “que existen los trabajadores pero sin una conciencia de clase proletaria”. Será porque los tiempos corren que es un primor. Logroño, 14 de febrero de 2003
La clase trabajadora existe y existirá siempre, mientras que existan unos que quieren obtener cada vez más beneficios, a costa del esfuerzo y las vicisitudes de otros. Los trabajadores históricamente estuvieron en unas condiciones de inferioridad económica, política y jurídica, por lo que hace más de un siglo que ya entendieron que debían organizarse para mejorar sus condiciones de trabajo y salariales, ante un capitalismo salvaje e insaciable que de forma continua oprimía y condicionaba la vida de ellos y sus familias. La Unión General de Trabajadores comienza su andadura en el año 1888, y continúa con los principios de luchar en todo momento contra las injusticias de todo signo y la perseverancia por logra un mundo mejor y más igualitario. En España los grandes cambios culturales y políticos acaecidos en las últimas décadas, junto a mejoras sociales alcanzadas, no nos pueden hacer perder de vista que estamos en un mundo desigual, con grandes bolsas de pobreza y hambruna. En cualquier caso estamos asistiendo a una desregulación social, que conlleva desempleo y precariedad laboral, cuando paralelamente los poderes económicos proclaman la libertad económica para poder especular con los capitales, aunque sea a costa de dejar estelas de deterioro social en los distintos países. Estas políticas neoliberales van dejando secuelas de individualismo, despreocupación por los problemas cívicos, sumisión al poder del dinero, desigualdades sociales, etc. Es por ello que desde la Unión General de Trabajadores entendemos que la utopía posible del nuevo siglo estará en la constitución de sociedades democráticas, prósperas y multiétnicas, mientras que otros teorizan y pretenden hacer realidad choques entre civilizaciones y submundos, en creciente tensión. Es en este terreno donde el sindicato debe ser el instrumento de difusión de los valores fundamentales, el trabajo y la solidaridad, para conseguir hacer de la utopía una acción colectiva socialmente transformadora. La cohesión en el seno de la clase trabajadora y la lucha por las desigualdades, suponen un reforzamiento de la solidaridad hacia los trabajadores en paro y con todos aquellos que se ven marginados y excluidos del sistema. En este sentido, según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el deterioro del empleo a alcanzado un nivel sin precedentes. En torno a 180 millones de personas se encuentran sin trabajo en todo el mundo, aunque lo más preocupante es que según las dudosas perspectivas de recuperación económica a nivel mundial, hacen que sea poco probable que se invierta la tendencia del desempleo a corto plazo. A la vista de los comentarios realizados a lo largo de este pequeño escrito, afirmamos que la pregunta del encabezamiento está perfectamente contestada, porque está claro que los trabajadores no somos de clase media. Desde los sindicatos, al igual que siempre, debemos continuar reivindicando una sociedad más justa y solidaria, y defendiendo por ende a todos los trabajadores, con trabajo y sin él, pobres y marginados. Oviedo, 4 de febrero de 2003 José
Fernández Fernández En sociología, “clase social” es un término que indica un estrato social en una sociedad y su estatus correspondiente. Según el principio de organización en clases sociales, uno de los parámetros establecidos para determinar una clase social es el trabajo; por ello, la clase trabajadora existe como clase regida fundamentalmente por una ordenación de tipo económico y, particularmente, configurada por el mercado, constituido por personas que realizan un determinado trabajo, a diferencia de las que poseen un capital. La clase trabajadora por supuesto que existe, si bien se ha reducido en la actualidad en los términos que después explicaremos. Las clases sociales adquirieron gran importancia a comienzos de la industrialización, considerándose a Karl Marx como el creador del concepto de clase social, aunque a Max Weber se le reconoce una importante labor de clarificación del término. Marx vinculó el concepto de clase social con los de burguesía y proletariado, a través de una teoría de la historia que sostenía que los intereses materiales son el principal motor de la humanidad y que los individuos en un estado de naturaleza (según Hobbes) vivían en un conflicto permanente y endémico. Por otra parte, también decía que los individuos en una sociedad civil mantienen una lucha estructurada por los medios de producción (los recursos para extraer productos de la naturaleza) y esta lucha es en sí un conflicto de clases sociales. Este enfrentamiento, que implicaba según Marx la explotación del proletariado por la burguesía, propietaria del capital y de los medios de producción, conduciría a la revolución del proletariado cuya meta sería la sociedad sin clases sociales: el comunismo. Las ideas de Marx y el desarrollo de la sociedad industrial han hecho variar la terminología acerca de las clases. Antes, las referencias a la estratificación aludían a la aristocracia, a los comerciantes y a los grupos inferiores, mientras que la lucha entre la burguesía y el proletariado dominaba el análisis político. Actualmente, con el auge de la sociedad postindustrial, el debate se centra en si el concepto de clase social ha perdido vigencia o si la idea marxista de la historia, el materialismo dialéctico (enfrentamiento entre dos clases sociales antagónicas, mantenido de forma dialéctica, en donde el auge de una de ellas, provocaría paradójicamente su desaparición), ha llegado a su fin. Esta postura, que ha sido defendida por varios historiadores liberales después de la caída de los regímenes comunistas en Europa, no puede negar la importancia de la clase social como factor fundamental de diferenciación social. En la mayoría de los países (y entre un país y otro) las desigualdades en cuanto a capital, ingresos, sanidad y educación son cada vez mayores. Algunos sociólogos intentan explicarlas utilizando otros atributos humanos como género, raza, religión o inteligencia, aunque este debate supone restar importancia a las terminologías o al significado de clase social. Otros autores destacan los grandes cambios que han tenido lugar a medida que la estructura de las sociedades se ha transformado gracias a los avances tecnológicos. Así, por ejemplo, las clases más desfavorecidas han podido mejorar sus condiciones de vida, en términos absolutos, al aumentar la riqueza y organizarse el Estado del Bienestar. En este contexto, es posible el análisis del concepto de clase social. Existen desigualdades de salud y educación que han demostrado ser muy resistentes a las políticas sociales de los países más desarrollados y que están estrechamente relacionadas con la posición de los individuos en la clase social a la que pertenecen por nacimiento. Generalmente se define “clase social” como grupo de personas situadas en condiciones similares en el mercado de trabajo. Esto significa que las clases sociales tienen un acceso distinto, y normalmente desigual, a privilegios, ventajas y oportunidades. Debido a que el sistema económico de la sociedad está sufriendo de manera constante una transformación en mayor o menor grado, se han producido grandes cambios en la estructura de las clases sociales, especialmente en el mundo industrializado del siglo XX y XXI. A finales del siglo XIX, países como Gran Bretaña o Bélgica contaban con una población en la que predominaba la clase trabajadora (entendida como trabajadores industriales), con mayoría de obreros en fábricas con poca o ninguna especialización. Otros países como Estados Unidos, Rusia, Francia o Polonia estaban mayoritariamente poblados por granjeros y campesinos, muchos de los cuales no tenían propiedades. Actualmente la realidad es muy diferente. Aunque el trabajo dependiente sigue predominando, la clase trabajadora se ha reducido a casi la mitad y otras ocupaciones de la clase media están llenando este vacío. Cada vez son más las personas que tienen acceso a la educación, incluida la enseñanza superior. En cualquier caso, puede considerarse que los criterios de desigualdad debidos a la posición relativa en el mercado de trabajo ocupan un espacio menor en la vida social. Ha habido un aumento espectacular del número de mujeres trabajadoras y del trabajo a tiempo parcial. El trabajador típico de una fábrica comenzaba a trabajar en su adolescencia, se jubilaba a los 65 años y fallecía poco tiempo después. Hoy día, en los países más desarrollados, se ha retrasado la incorporación al mercado de trabajo al haber aumentado la edad de la enseñanza obligatoria, el trabajo cada vez es más escaso y puede realizarse tanto fuera como dentro del hogar, la jubilación llega antes y la muerte está más lejana. En la década de 1930 la relación entre trabajadores y no trabajadores era de 9:1, mientras que hoy es de 3:1 y alcanzará la relación 2:1 si se cumplen las tendencias demográficas actuales. En definitiva, con todo lo dicho, la clase trabajadora existe en la medida en que existe el trabajo, en la medida en que una clase social, según hemos explicado, viene determinada por ese parámetro, y en la medida en que sigue existiendo el capital por un lado, y, por otro, las personas que no siendo poseedoras del mismo dependen de él.
César
Vallejo Uno no reune fácilmente el atrevimiento de lanzarse a participar en un debate de la profundidad y densidad de éste que la FRES nos plantea. Pero las cosas han venido rodadas. Y es que ayer compré el periódico con la sana intención de mirar con calma la cartelera. Por ver alguna película divertida y distraerme de tanto estrés y complicación de vida de esta cuestísima de enero. Resulta que en un momento de ensimismamiento me puse a leer algunos titulares, pasando incluso a leer algún artículo. Enseguida conocí como desde 1997 la vivienda ha subido en nuestro pais 6 veces más que nuestros salarios. Ustedes pensarán: vaya, se ha equivocado de debate, éste era sobre la clase trabajadora, pero no, aunque también. Sigamos. Uno con los rudimentos de economía que maneja piensa: hay pocas viviendas, pero no. Los datos hablan claramente de que además de haber muchas, se construye más y a buen ritmo. Si, claro, lo dice el periódico y ahora me doy cuenta de que cada vez se ven más casas por todas partes. Y es que los albañiles no paran de trabajar y además lo hacen muy bien a tenor de los resultados de su trabajo. Cuento todo esto por que me lleva a pensar que se trata de un claro síntoma de que existen trabajadores, al menos en todo un sector. Ya tenemos algo. Parece pues en principio que se trabaja y parece que son los trabajadores los que desarrollan esa labor, como en el ejemplo citado, perdonen la insistencia con mero ánimo de precisión. Pero aún así uno sigue tratando de pensar, ya a estas alturas y con seguridad por la falta de costumbre con dolor de cabeza. Estará creciendo la población y no queda otra que aumentar al parque de viviendas y al ciudadano que comprarlas. Pues no. Claro, estas casas tan caras y tan bien hechas las comprarán personas que tengan mucho dinero. Evidentemente no las que dependan de los salarios. Pues tampoco. Las compran en su mayoría personas que dependen de un salario. En muchos casos parejas que cuentan con dos salarios. Además se nos ofrecen datos que nos asombran. Cada vez hay más personas trabajando. Vamos a dar el paso a llamar trabajadores a estas personas que dependen de su salario. Perdonen por el atrevimiento pero de este modo comenzamos a avanzar en el meollo. Luego no sólo acabamos de deducir que existen los trabajadores sino también que cada vez hay más. ¿Como es posible este fenómeno? Que los trabajadores puedan comprar viviendas. Parece me dicen tras investigar el asunto que los préstamos comienzan a superar en esperanza de vida a los trabajadores endeudados. Con esto ya descubrimos que a los trabajadores no nos va nada bien. Sólo se me ocurre una consecuencia positiva, a saber. Que los hijos, la “prole”, por otra parte hoy algo escasa, tengan un acicate como terminar de pagar la hipoteca de sus padres, para forjarse desde una temprana edad en vez de perpetuarse en una adolescencia perdurable. Parece pues incuestionable la existencia de trabajadores unida además a unas circunstancias adversas. Otra cosa, vayamos por partes, es plantearnos si existe “clase trabajadora”. Tengo un amigo que afirmaba pertenecer a la clase trabajadora. Es un tipo muy currante. Claro que a mi me chocan sus inversiones en bolsa, no por nada, sino por algo muy concreto. Compró unas cuantas acciones de la empresa en la que trabajaba con los ahorrillos de algunos años. No eran muy caras y a él le pareció acertado apostar por vincular su trabajo a sus ahorros. Al poco tiempo esta firma, como tantas, decidió abordar una fuerte reestructuración con el resultado de un drástico recorte de plantilla. Y a mi amigo le tocó. Se fue al paro. Pero las acciones, ya se sabe, subieron bastante. Ahora no encuentra un trabajo como el que tenía o similar. Tras este “éxito” como accionista no le he oido nada sobre la clase trabajadora. Yo no le pregunto si pertenece, me da cierto reparo por lo sucedido, aunque con estas reflexiones me están entrando ganas. Vendió las acciones. Luego ya no es accionista. ¿Es clase trabajadora? ... En fin, sentiría continuar instalado en la duda pero más sentiría que perdiéramos la amistad. Y otro amigo, que siempre coincidía con el anterior en la pertenencia a la clase objeto del debate, éste siente una profunda animadversión hacia la bolsa y todo tipo de especulación, acaba de heredar dos pisos muy céntricos. Si es que ya se sabe, sus padres eran muy trabajadores. Y uno se pregunta si estos amigos podrían pertenecer a la clase trabajadora o a cual. ¿Es la clase trabajadora de libre adhesión? ¿Viene por contra su pertenencia determinada por las circunstancias del individuo como la propiedad u otras a saber? ¿Será cierto que la propiedad traslada a la persona de clase social? Y de ser cierto ¿Sólo la propiedad de una vivienda? ¿Incluso la copropiedad con el banco o más bien la opción de compra que puede suponer a priori una hipoteca? ¿Se trata por contra del comportamiento stricto sensu de la persona? ¿Hablaríamos de una mezcla de los tres? En definitiva, llegado a este extremo me planto. Es decir, no me atrevo, sin más ayuda, a apostar con certeza por la existencia de la clase trabajadora. Por momentos tengo la convicción de que existe y además a ella pertenezco, pero me cuesta, como veis, fundamentar su existencia. ¿Se tratará de una existencia latente? ¿Se encontraría asimismo larvada la lucha de clases? Y no es por que nos vaya bien precisamente como trabajadores, como he podido esbozar anteriormente. Volviendo al periódico comienzo a pensar que si esto sigue así, que no parece que tenga visos de solucionarse, sometidos al pensamiento único en la escalada de trabajar más para intentar consumir más, aunque las cuentas no salgan, y trascender así en este presente que nos toca. En un instante la catarata de pensamientos me recuerda el desastre profundo pero cotidiano de Argentina. Y en ese momento igual le da a uno poner la mano en el fuego porque en definitiva si esto sigue uno se siente a merced del sálvese quién pueda. ¿Será esto un atisbo de lo que se define como “conciencia de clase”? No sabría decir. Pues ya ven. Siento no poder aclararles nada y además lanzar tantos interrogantes. En definitiva que por querer pasar un rato en el cine me he metido en un fregado intelectual, o casi, fronterizo con la depresión, del que espero que alguién con su ciencia y sus reflexiones, su colaboración, me ayude a salir. S.O.S.
Es curioso y significativo que una Fundación (FRES), ligada a un sindicato definido de clase UGT, promueva un debate cuyo título ponga en cuestión la existencia misma de una clase social vinculada al trabajo. Cierto que, además, revela junto a una honestidad intelectual la intención de ahondar en una de las raíces primordiales de la problemática de la sociedad en la actualidad. No es ocioso el planteamiento del tema. Interesadamente se puso en circulación ya hace años la afirmación de que las clases sociales habían desaparecido. Afirmación que a mí me parece más un bulo interesado que la conclusión de un análisis social serio y científico. La sociedad cambia es cierto y el dinamismo de las mutaciones se ha incrementado notablemente en los últimos tiempos. Cambios que afectan igualmente a los grupos que integran las colectividades humanas. Fijémonos incluso en el enunciado del tema. No trata de la clase obrera, caracterizada por el trabajo manual, protagonista antaño del mundo sindical. Ahora decimos la clase trabajadora: la proporción de los asalariados que ocupan otras categorías laborales se ha incrementado tanto que el lenguaje mismo ha de ser cambiado para atender a la nueva realidad social. ¿Qué es una clase social?. Un sector de una sociedad, cuyo sistema económico está basado en la apropiación privada de los bienes de producción y en el intercambio de estos bienes. La posiciones que ocupan las personas dentro de ese sistema van a delimitar unos grupos caracterizados por determinados rasgos comunes y sobre todo por la creencia compartida de pertenecer a ese grupo. A esto es lo que denominamos conciencia de clase. Fue Marx quien señaló como fruto de la sociedad capitalista la alienación de los asalariados que aceptan los valores de la clase dominante y los asumen como propios al entender que son los valores de la sociedad en la que están adscritos. Para contrarrestar esta alienación, el movimiento obrero desarrolló como bandera principal el internacionalismo, aunque fracasó ante el auge de los nacionalismos, antes y ahora, aceptados por amplios sectores populares. La tentativa de negar la pervivencia de las clases sociales íba unida a rebajar la tensión de la lucha de clases, en las que las organizaciones del movimiento obrero eran su vanguardia consciente. Es cierto que la conclusión de la segunda guerra mundial facilitó en la Europa no sometida al comunismo ni a regímenes totalitarios una especie de tregua social, un pacto entre las clases a través del establecimiento del Estado del Bienestar ampliado y consolidado por los triunfos electorales de los partidos socialdemócratas. El panorama al iniciarse el siglo XXI parece mucho más desalentador. La caída de los regímenes comunistas dejó al capitalismo sin ningún rival y desbocado en un neoliberalismo globalizador. Ahora la bandera del internacionalismo es levantada por quienes antaño se ampararon en los nacionalismos para asegurar su dominio. ¿Cómo afectó esto a la clase trabajadora?. Ya no lleva la ofensiva en la lucha de clases, mucho más feroz, pero está casi arrinconada, a la defensiva, intentado conservar girones del Estado del Bienestar,desmantelado por privatizaciones consecutivas. Hay
algo peor: la alienación es mucho mayor. El individualismo consumista
ha hecho estragos en su conciencia de clase. La proporción de personas
involucradas en los instrumentos tradicionales del proletariado ha disminuído
considerablemente. Pero esto está empezando a cambiar. Las fuerzas
antiglobalización o por una alternativa mundial está agrupando
en todo el mundo a quienes no están dispuestos a sucumbir ante
el pensamiento único y sus fatales consecuencias par la mayoría
de la humanidad. Los dos ejes de las luchas obreras del siglo XIX y XX:
solidaridad e internacionalismo vuelven a servir de esperanza para quienes
vemos en Porto Alegre el símbolo de una utopía liberadora.
Pedro Zabala Sevilla CLASE TRABAJADORA Y CAMBIO LABORAL
Desde luego existen trabajadores, asalariados y empleados, obreros y directivos, fijos y eventuales, hombres y mujeres. De Occidente y del Tercer Mundo o países en Subdesarrollo. ¿De qué clase trabajadora hablamos? Las diferencias y las contradicciones entre todos estos trabajadores son infinitas. Un agricultor español, cobrando subvenciones e impidiendo la exportación de productos agrícolas de los países en desarrollo es el verdadero enemigo de los más pobres del mundo en América Latina o en África. Un obrero aleman que contrata a una turca para trabajar en su casa, es su empresario. Las condiciones laborales de un ingeniero de Telefónica y del guarda-jurado de la puerta son incomparables. ¿Son todos ellos clase trabajadora, unidos en una misma causa y una misma lucha? La población laboral del mundo se ha hecho diversa (No hay Proletariado de las fábricas porque las fábricas desaparecen, empequeñecen y subcontratan). La población laboral integra capas sociales con intereses diferentes. Los trabajadores siguen perteneciendo a un Estado-Nación, mientras el capital se instala y comercia en el Planeta. Más de la mitad de los asalariados españoles se consideran clase media ¿Son clase trabajadora? Y sin embargo, hay clase trabajadora. Los que sólo tienen su fuerza de trabajo y solo alcanzan la dignidad de ciudadanía si tienen un trabajo digno. Los que necesitan del Estado para que les aseguren unos mínimos derechos en su trabajo. Los que necesitan los Sindicatos para ser fuertes y mejorar sus condiciones laborales. Los que siguen aspirando a la Justicia social en una economía globalizada. Esa clase trabajadora es muy diferente de la del S XX. Ya no hay “Lucha de Clases” porque esa revolución ya pasó. Es una clase trabajadora más plural, más heterogénea, menos agresiva, más desestructurada social y geográficamente. Pero son trabajadores unidos por una causa de Justicia en una sociedad crecientemente dual y desigual. La pregunta entonces es ¿Cómo se avanza en el siglo XX, en la nueva sociedad laboral, con la clase trabajadora de hoy día? Esa pregunta no tiene una respuesta fácil ni exacta. Dígamos, en primer lugar, que reconocer que la clase trabajadora hoy es muy distinta de la del pasado, no quiere decir que los sindicatos y partidos de izquierda dejen de hablar a los trabajadores. Es preciso seguir hablandoles, organizandoles y proponiendoles banderas de Justicia y de Progreso, aunque hay que hacerlo asumiendo los cambios y planteando nuevos objetivos. Como dice VicenÇ Navarro: “NO se trata de aconsejar un discurso de lucha de clases, sino un reconocimiento de la existencia de clases, con la necesidad de que el proyecto socialista se dirija en su discurso no sólo a las clases medias sino también a la clase trabajadora.” En segundo lugar es necesario plantear una propuesta de renovación del pacto social en el que sindicatos, empresas y Estado reformulen sus papeles y sean capaces de reequilibrar las relaciones laborales. En tercer lugar es imprescindible incorporar a ese pacto a los nuevos agentes sociales: ONGs, consumidores, medios de comunicación, internet, etc., para que presionen a los mercados a favor de ese reequilbrio social. La tarea es ardua y requiere amplias complicidades que hay que tejer. Nuevas alianzas entre izquierda y sindicalismo. Una renovación de conceptos y objetivos imprescindible. En fin, demasiadas cosas para contarlas en dos folios. Ramón
Jáuregui Atondo A la hora de responder a la pregunta “¿Existe la clase trabajadora?” creo que sería un buen comienzo el intentar definir qué se entiende por clase trabajadora (como me dijo un viejo profesor, tienes ademanes anticlericales pero en realidad eres un escolástico: definición, desarrollo, conclusión). Desde un punto de vista marxista (empiezo por Marx ya que fue él quién dijo en su Manifiesto Comunista que “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”) la clase trabajadora sería el grupo social que dentro del sistema capitalista “no es dueña de los medios de producción” (Jean Touchard, Historia de las Ideas Políticas, Técnos, 1990), en oposición a la clase burguesa “dueña de los medios de producción, convertida en clase dominante y conquistadora de la hegemonía del Poder Político en el Estado representativo moderno” (Jean Touchard). Quizás en los tiempos de Carlos Marx la diferencia entre la clase trabajadora y la burguesía fuese más nítida, pero ahora, en los comienzos del siglo XXI ¿se sigue dando esa distinción? En caso de que exista ese grupo llamado clase trabajadora ¿es un grupo homogéneo? Poniendo el ejemplo de nuestro país, es cierto que muchos trabajadores que a principios del siglo XX apostaron por ser la vanguardia en la defensa de un sistema político y económico más justo, acabaron en el exilio, en el cementerio o en la marginación, pero tampoco es menos cierto que muchos de los integrantes de las hordas falangistas o carlistas también eran trabajadores o miembros de eso que se puede llamar “clase trabajadora”. Posiblemente, Marx argumentaría que éstos últimos pertenecerían a lo que él llamaba Lumpenproletariat o subproletariado (es decir, aquellos miembros no burgueses y por tanto trabajadores, que o bien no contribuyen a la emancipación de la clase trabajadora - utilizando terminología marxista -, o bien luchan abiertamente contra aquellos trabajadores con ideales emancipadores o socialistas). Uno de los libros que más me llamó la atención del profesor calceatense (afincado en Asturias) Gustavo Bueno fue “El Mito de la Cultura” (Editorial Prensa Ibérica, 1996) en el cual venía a decir que “la Cultura es un mito, y un mito oscurantista, como lo fue el mito de la Gracia en la Edad Media o como lo fue el mito de la Raza en la primera mitad de nuestro siglo” (referido en este caso al siglo XX). Posiblemente sea un ejercicio saludable (intelectualmente hablando), el hecho de desmitificar la idea de “clase trabajadora” o incluso la propia “lucha de clases”. ¡Que no se asusten los Sumos Pontífices de la Ortodoxia Social!, que voy a intentar explicarme. Mirando a nuestro alrededor podemos ver con perplejidad que en nuestro país, en nuestra comunidad autónoma, y nuestra ciudad, gobierna un partido conservador con mayoría absoluta, y me imagino que todos los que les votaron no son burgueses capitalistas dueños de los medios de producción, sino que también existe una parte (y por lo que parece hasta ahora una parte importante) de clase trabajadora conservadora. En un país como el nuestro, en el que los accidentes laborales causan muertes de trabajadores a diario, es curioso ver como a veces las reacciones de indignación más sonadas se dan porque al equipo de fútbol local no le han pitado un penalti (y el árbitro que normalmente pertenece a la clase trabajadora es apedreado por algunos energúmenos que curiosamente también pertenecen a la clase trabajadora, y tiene que salir escoltado por policías que, por supuesto, pertenecen a la clase trabajadora). Y qué decir de las grandes manifestaciones de júbilo en las que se ven hombres y mujeres, abuelos y nietas, madres y yernos llorando y chillando histéricamente, no porque el precio de la vivienda se haya reducido a la mitad, o porque las listas de espera en los hospitales hayan desaparecido. Miles de personas felices, radiantes por un concierto de Operación Triunfo (en mi opinión el mejor Manu Tenorio). Ellos también son (somos) clase trabajadora. Y qué decir de aquellos paladines de la ortodoxia, que toman como bandera la clase trabajadora y que confunden los medios (sindicatos y partidos para cambiar el destino colectivo de individuos que por sí solos están condenados a no tener un futuro digno como personas), con los fines (una sociedad más justa, más democrática, más igualitaria), y que quieren que su puesto obtenido en un determinado momento sea vitalicio o incluso que pase a sus hijos, sobrinas, u otros miembros de su clan (como la empresa del burgués pasa a sus hijos y a los hijos de sus hijos). Y qué decir de aquellos que se creen burgueses y no tienen conciencia social o moral, que tienen un buen sueldo pero son insolidarios (el que no tiene trabajo es porque no quiere, o que se busquen la vida - refiriéndose a colectivos desfavorecidos) pero que a veces, por un accidente laboral (viéndose condenados a una pensión indigna), por un divorcio (hay que vender la casa o alquilarse una) se dan cuenta de lo que supone ser clase trabajadora. Y qué decir de los inmigrantes que vienen no ya como trabajadores sino como verdaderos esclavos (muchas veces no sólo explotados por empresarios sin escrúpulos, sino por sus propios paisanos marroquíes, ucranianos, o nigerianos que trafican con ellos - el Lumpen en estado puro). Y qué decir de la gente que vive en los barrios de la Mina en Barcelona, en Rodríguez Paterna en Logroño, de los dogradictos que se pinchan en las tapias de la vía del tren al llegar a Madrid por Vallecas. Y de toda esa gente de las aldeas africanas, asiáticas, de los niños argentinos de Tucumán. ¿Son clase trabajadora o ni tan siquiera llegan a serlo? Sinceramente, creo que ya no es tan importante si existe o no clase trabajadora, ni siquiera (y esto me va acarrear más de una crítica) si podemos hablar de lucha de clases. Lo importante es si existen individuos con conciencia social, con valores morales que favorezcan la posibilidad de vivir dignamente a la persona que pasa por nuestro lado en cualquier calle o paseo de nuestra ciudad. Si estas personas con conciencia además unen sus esfuerzos en ese objetivo común de conseguir una sociedad más humanista, un mundo más igualitario (en cuanto a igualdad de oportunidades para desarrollarse el individuo como persona), mucho mejor. No importa que sea trabajador, parado, empresario, inmigrante, o cura. Lo que importa es que tenga sensibilidad y conciencia hacia el resto, incluso hacia personas que no ha visto, ni verá en su vida. Yo personalmente prefiero mil veces a un empresario ilustrado que a un trabajador reaccionario. ¿Existe la clase trabajadora? Yo diría que sí, pero por favor, sin mitificaciones. Y si alguien me pregunta por qué he escrito todo esto, le responderé con una cita de Terencio: “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”. César Terreros Baquerín. |