| "El exilio "
Los españoles conocemos lo que supone este drama, vivido antaño por los exiliados republicanos, y por ello no podemos olvidar a la infinidad de personas que en todos los continentes están hoy abocadas por múltiples razones - guerras, hambre persecución - al desgarro humano de un exilio obligado. ¡"Un pueblo que olvida sus historia está condenado a repetirla"!
César Pavía Santamaría Tengo la suerte de escribir estas breves notas en abril de 2004, al calor además de las interesantes jornadas que acaba de organizar la Fundación Riojana de Estudios Sociales y a traves de las que hemos podido repasar desde diferentes puntos de vista lo que supuso el exilio, recordando además la Segunda República. Muchos son los exilios que siguieron al golpe de estado y la guerra posterior que dinámitaron nuestra España democrática a partir del verano de 1936. Exilios y represiones que han sido cuantitativa y cualitativamente estudiados y analizados. Tras la violencia, la destrucción y el odio de la guerra, un inmenso vacío, un triste y desolador vacío, dejó este pais como un solar como punto de partida en los primeros años 40. A estos exilos deben unirse los que quedaron en situación de lo que se ha llamado "exilio interior", en una marginación completa bajo todos los aspectos. Lejos pretender quitar importancia a ninguno, el que más me ha llamado siempre la atención ha sido este exilio interior, el que padecieron todas las personas que quedaron en este pais, bajo la dictadura posterior a la guerra, y del que además somos especialmente herederos. Este sórdido exilio que socavó el día a día de toda una sociedad durante más de cuarenta años y del que aún hoy percibimos su alargada sombra. Y es que, además, lo que se exilió de España fue la cordura, la inteligencia, el humanismo, lo razonable, y tanto más que hizo que la normalidad desapareciera para dejar lugar al miedo como patrón y guía de las conductas. Administrado por una "élite", perdón por el mal uso de la palabra, que destiló miseria a raudales. El hambre, todas las carencias, la penuria cultural y la educación sufrida por varias generaciones -una cultura que penetró el tuétano cultural de un pueblo-, la científica, liderada en muchos campos por la supeditación de la ciencia a otros intereses, el retraso, la represión sistemática generadora de tantos problemas y en fin ... Una gran parte de la sociedad sufrió más directamente ese miedo y esa represión interminable. Tras la transición, hoy, aún existe una gran deuda de la que son acreedoras muchas personas con las que no se ha sido nada justo y a las que no se les ha efectuado una reparación del conjunto de este país por su condición de víctimas . Aún quedan muchos símbolos de la represión: nombres de barrios, calles, placas de caidos, etc., como restos del paisaje de este exilio interior que adornan tristemente nuestro entorno. Y aún persisten comportamientos y mentalidades que podemos considerar herederos de la intransigencia y el totalitarismo de aquel régimen. Y a pesar de que esta lacra no es patrimonio de ninguna clase social ni ningún grupo político, lo vemos especialmente encarnado en una parte significativa de la derecha, que se resiste especialmente a aceptar la democracia, la pluralidad y el diálogo. Avanzar en la cultura democrática se convierte en una tarea pendiente en nuestros días y habrá que arrimar el hombro para hacer posible algo que se antoja necesario si nos apreciamos de algún modo y deseamos aprender las dolorosas lecciones de nuestra historia. Logroño, 17 de abril de 2004 JOSE MARIA BUZARRA CANO El mundo de los mayores genera siempre que hay un conflicto bélico, la penuria de todos los seres humanos que le rodean, incluido ellos, los adultos. Pero lo ciertamente demostrado es, que los pequeños, los niños, esos enanos como dijo el poeta, son los que siempre más sufren las consecuencias del fracaso de toda una sociedad. Miedo, terror, angustia se convertirán en el pan nuestro de cada día, que fácilmente alumbrará en más de uno, en odio. Dicho lo dicho, podemos afirmar que nunca ningún niño comenzó una guerra, (aunque en más de un lugar los armen hasta los dientes), más allá de las que por lo menos yo conocí en mi infancia, en las que unos decían ser los buenos y otros los malos. Casi por sorteo. Imagínense, pertrechados con gorros de papel, cual yelmo, espada de madera y escudo del escaso y difícil cartón por encontrar, alegres todos recorriendo las limitadas calles y muchas huertas de un barrio hoy en trance de no conocerse ni así mismo. Escenario muy diferente son las que hoy se dan sin moverse ni un palmo de casa. Me refiero a las discutidas y en ocasiones apartadas tardíamente del consumo, en las que los padres e hijos frente a una consola, dirimen a golpe de la computadora quién es el ganador. Mal juego. Pésimo entretenimiento pseudoletal, que lamentablemente nada tiene que ver con algún que otro pedrazo a esquivar, de aquel tiempo ya lejano. Pero esa es nuestra sociedad, que no aquella, en la que nos toca vivir y en la que muchos, créanselo, no participamos de estos u otros "entretenimientos", por caros y por cuanto a lo visto genera adicción y violencia. Pero regresando a la cuestión previa, las guerras y por tanto sus consecuencias son, y viendo nuestro presente, el desastre en el que todos pierden la inocencia, cuando no la vida propia o ajena, además de las mutilaciones y taras de todo tipo que acompañarán para siempre a sus actores directos y a las inevitables víctimas de uno u otro bando. A lo que deberemos añadir, otras consecuencias que en ocasiones pueden obligar antes o después a miles de personas, hombres, mujeres y niños, como resultado del asfixiante clima políticosocial, a una forzosa huida, abandonando su casa, sus enseres, su pueblo, sus gentes, para así escapar del hambre o de la injusticia. Situaciones múltiples, posiblemente tantas como afectados, que podrán verse aún más complicadas, si se dejan atrapar por el fatídico miedo que, cual jinete mortal le perseguirá en sueños y en vela. Así pues, se inicia el desplazamiento, la marcha, el exilio y la diáspora. Expatriación forzosa o no, que bien conocieron muchos republicanos españoles. Combatientes de una legalidad que más tarde les convertirá en asilados o refugiados, a los que más tarde otros se sumaron en el posfranquismo. Lección histórica que visto lo visto en estos últimos sesenta años, no ha sido aprendida ni dentro ni fuera de Europa. La lista es larga: los Balcanes, Palestina, Liberia, Ruanda, Irak..a los que hay que añadir por desconcertantes, las descolonizaciones realizadas como el Sahara o Guinea, provincias no hace tanto de España. Que doloroso y triste es oír a un niño, salvo que uno sea como un témpano de hielo, desde esos denominados y esparcidos por todo el Globo Terráqueo, campos de refugiados. "¡Esa es mi casa!", y, ver cómo señala con su mano a una triste tienda de campaña seguramente financiada por los opulentos occidentales que por otro lado cada vez más, abrimos la brecha de la injusticia. Así han sido y son las cosas de los que mandan. Maldito capitalismo mutante que invade conciencias de acá y de allá, a costa de los más vulnerables del lugar importándoles un bledo la vida. Las guerras de los mayores siempre destroza la infancia de los niños. Aquí también es menester el ¡Nunca más! SIN JUSTICIA NO HAY PERDONPor A. Varela El exilio español, como consecuencia de nuestra Guerra Civil, está plagado de tragedias personales que identifican '"el holocausto español", según define el historiador Paul Preston en un libro que editó con el mismo nombre. Tragedias personales que son el botón de muestra de la represión que tuvo lugar durante la Guerra Civil en ambos bandos y después, en la posguerra, por parte del régimen franquista: desde los paseos hasta la justicia rápida de ambos bandos, pasando por los fusilamientos oficiales, los campos de concentración en el exilio forzado, los batallones de trabajo o los niños perdidos del franquismo. En un mundo cada vez más violento, sacudido por el terrorismo y por guerras fraticidas en todo el orbe, el ser humano debe reflexionar sobre las consecuencias de estos episodios que sumen a la humanidad en un dolor insoportable para millones de personas. Las víctimas atrapadas en medio del horror no tienen siempre la oportunidad de huir a otros escenarios. Y de eso sabemos mucho los españoles que en esta última época están tratando de recuperar la memoria de los muertos, investigando las fosas comunes diseminadas a lo largo de nuestra geografía. Y, permanentemente, los exiliados que no han podido volver a nuestra país siguen padeciendo los efectos de su forzada diáspora. En algunos casos tenemos, de los que aún viven, su memoria. Una memoria que cuando sale a la luz nos muestra los dramas personales de unas víctimas que nos señalan las dramáticas consecuencias del exilio. Una memoria que trata de ocultarse por los herederos de aquel régimen con el argumento de que forman parte del pasado, y no conviene removerlo para restañar viejas heridas. Pero que debemos conocer para señalar a los verdaderos culpables y, además, para que las generaciones venideras, las de ahora y las que nos sucederán, no caigan en los mismos errores. Falta todavía que la sociedad y nuestros gobernantes hagan justicia a los que padecieron el exilio, porque sin justicia no puede haber perdón. Madrid, abril 2004 Miguel
González de Legarra
Yo no sabía entonces quién era Franco mas allá de aquél señor bajito que, de vez en cuando, veía en la tele de los vecinos y poco después en aquella "Telefunken" que pudieron comprar mis padres gracias, creo, a un golpe de suerte -para nosotros, claro- sobrevenido por el fallecimiento de algún familiar. Yo no sabía ni entendía lo que había pasado unos años antes. No entendía el dolor de la guerra, la humillación de los vencidos, el miedo de los que se quedaban, la angustia de los que se iban, el hambre, el frío, el sentirse señalado, el EXILIO... Era entonces lo suficientemente pequeño e inocente como no para preocuparme por esas cosas ni para preguntarme por sus consecuencias. Lo que no vivías no existía y reconozco que mi infancia fue lo suficientemente feliz y alejada de todas esas preocupaciones como para tener conciencia de que era aquello. Sin embargo, de pronto mi memoria me ha recordado mi relación infantil con el exilio. Muy difusa, muy arrinconada en el fondo de mis recuerdos, pero presente al fin y al cabo. En seguida he asociado esa dura y cruel palabra con mis recuerdos de la infancia. En mi barrio había entonces un pequeño comercio familiar al que, yo creo, recurríamos todas las familias del entorno para abastecernos habitualmente. Lo regentaba una mujer joven (seguramente mas joven que yo actualmente) que tenía un hijo de mi edad. Mas adelante llegó otro hijo. También había un abuelo al que siempre recuerdo trabajando y empujando un pequeño carro. Era una familia entrañable a la que tenía y tengo un gran cariño y un profundo respeto. Pero no había padre. No tenía marido. Al menos yo no lo veía. Eso, en mi entonces todavía corto entendimiento, no encajaba en absoluto con el esquema de familia tradicional que me inculcaban en el colegio de curas al que asistía. Enseguida descubrí que sí había un marido y un padre, pero que este no era como el mío que iba todos los días a trabajar por la mañana y regresaba a la hora de comer. Este padre vivía en Francia. A mí entonces eso me parecía un lujazo del carajo y sentía cierta envidia de mi vecino y compañero de juegos. ¡Un padre en Francia! Con lo que era Francia para mí en aquellos años en los que todavía no había descubierto Lardero. Claro, viviendo tan lejos nunca venía a Logroño, no podía venir a comer a casa todos los días como mi padre. Eso era un inconveniente, pero eso era mucho mejor que el que tu padre fuera guardia, o bombero, ¡dónde va a parar!. Pero resulta que mas tarde supe que si no venía a comer a casa no era porque no quisiera, sino porque no podía. No le dejaban venir y si venía, aquél señor pequeñajo que salía todos los días por la Telefunken lo metería en la cárcel o incluso algo peor. Fue entonces cuando empecé a oír hablar del exilio. Su padre no podía venir porque era rojo. Me costó comprender aquello del color. Me costó comprender que eso no tenía nada que ver con su piel, sino con sus ideas. Me costó comprender qué era eso de los comunistas. No entendía que pudiera ser algo malo. El marido de aquella mujer tan encantadora, el padre de aquellos chavales que eran iguales que yo, no podía ser mala persona. No podía ser diferente a mi padre. No tardé mucho en comprobar que tenía razón. El dictador murió y tiempo después (no recuerdo exactamente cuanto pasó) el marido regresó. El padre volvió de Francia. Y, efectivamente, ¡no era rojo!. Sólo era comunista. No era malo. Sólo pensaba diferente. No era muy distinto a mi padre. Ellos siguen siendo mi imagen del exilio. Nunca he sabido lo que sufrieron por ello, pero no hace falta ser premio Nóbel para saber que sufrieron. Nunca he conocido realmente su historia, pero siempre he sentido con absoluta nitidez, con rotunda claridad que era una historia absolutamente injusta para con ese hombre y toda su familia. La crueldad de la separación familiar, la dura vida de aquella mujer trabajadora y sola, la injusticia de robarles a unos niños una infancia completa con su padre... son solo las cosas que yo imagino. Yo que no lo viví. Si a mi me parece tan duro. ¿Qué fue y qué significa hoy el exilio para quienes lo sufrieron directamente?. No me atrevo a aventurarlo, pero creo que todavía estamos en deuda con ellos. Todavía les debemos algo. Siempre he sentido admiración y respeto por mi vecino exiliado. Siempre he pensado que su historia no podía serme indiferente aunque sus ideas no coincidieran con las mías. Siempre he creído que ellos dieron mucho más por España y que de ellos tenemos muchas cosas que aprender a pesar de que hoy en día ya nadie quiera pensar en sus historias. Son historias personales que conforman una gran historia colectiva que debemos conocer para no repetir. Logroño, 5 de marzo de 2004 José Angel Argüeso Jiménez El siglo XX produjo acontecimientos extraordinarios. Ningún otro siglo contempló un avance tan prodigioso en las ciencias y la técnica; ningún otro trastocó hasta tal punto el tejido social. Todo cambió y todo a un ritmo de vértigo: la población, su esperanza de vida, su distribución espacial, sus costumbres, las relaciones sociales, la percepción que el ciudadano tenía de sí y de sus derechos, las ideas políticas, el arte, la producción de bienes en cantidad y variedad, la información, las comunicaciones, las fronteras, los focos de poder y de tensión internacional, las fuentes de energía... Todo ello se gestó en el último tercio del siglo XIX e impactó como algo esencialmente novedoso durante el primer tercio del siglo XX. Otro aspecto que debemos resaltar de estas mutaciones es que, al tiempo que alteraban los equilibrios sociales, dejando a una gran parte de la población desconcertada, permitía a los Estados un control más efectivo sobre todo el territorio bajo su dominio y sobre los bienes y las personas (a través de la educación universal, el servicio militar, la burocracia, el desarrollo de una red viaria nacional, los medios de comunicación e información etc..) Una transformación tan brutal exacerbó también aquéllos males que hasta entonces se habían mantenido en los límites propios de las sociedades preindustriales. No hubo anteriormente guerra tan deletérea como las guerras mundiales; no hubo persecución tan sañuda y metódica como la protagonizada por los regímenes totalitarios; no hubo hecatombe tan aterradora como la de Hiroshima. Pero quizá sea el exilio una de las señas de identidad del siglo (el exilio y su manifestación más extrema: los refugiados). Bien es verdad que tenía antecedentes, pero alcanzó su paroxismo durante el siglo XX. Si el siglo XVII se caracterizó por la persecución religiosa, durante el siglo XX prevaleció la persecución política. A toda esta introducción tan académica, podemos ponerle el rostro del filósofo Walter Benjamín, que después de atravesar los Pirineos huyendo de la Alemania nazi, se suicidó en Portbou para no ser entregado por parte de la policía franquista a la gestapo. O del escritor Stefan Zweig, suicida también él, que después de huir a Brasil, dejó una carta en la que explicaba que ya era demasiado tarde para empezar de nuevo. O de Antonio Machado, muerto en Colliure, cerca de la frontera de España, un mes después de exiliarse. Las fronteras en Europa durante el pasado siglo dejaron verdaderos costurones en el ánimo de millones de europeos. Pocos son los países que han escapado a la tentación de exterminar a la disidencia. Entre éstos, el de historia más admirable desde mi punto de vista, ha sido el Reino Unido. Mientras en el resto de Europa (por no hablar del mundo) han proliferado dictadores, extremistas, iluminados, aprovechados (o un conjunto de todo ello), con su remedio para salvar a la patria o a la Humanidad , Gran Bretaña ha sabido sortear estos peligros y preservar las libertades individuales por encima de tentaciones totalitarias. Lo hizo, además, en un momento en que los acontecimientos no le eran del todo favorables. Ha habido algunas situaciones reprobables, pero insignificantes en comparación con las que se produjeron en otros países. Ese ejemplo confirma para mí lo que un día dijo mi profesor, el historiador Juan Pablo Fusi, al acabar una clase sobre los nacionalismos en el siglo XX, entre el santo escándalo de los radicales de éste, de aquél y del signo de más allá (cada cual con su colérica verdad): "No se engañen. Si hubiera algún sistema por el que mereciera la pena dar la vida, ese sería la democracia parlamentaria". Logroño, 3 de marzo de 20004. Jesús
Vicente Aguirre González
En el momento de escribir estas líneas he tenido la oportunidad de consultar los documentos y fotos que acompañan a la exposición "El exilio de los niños" (organizada por las Fundaciones Pablo Iglesias y Largo Caballero). Un exilio tan profundo como la mirada de los niños y su enorme capacidad de asombro ante una realidad que no entienden. Un paisaje en blanco y negro, con mocos y lágrimas, entrañas desgarradas, juguetes e identidades rotos. Además del exilio de los niños, está el de los hombres y mujeres que huyen de la guerra y de la Victoria , el de los soldados derrotados a punto de encontrar la "liberación" en los campos franceses, antesala de lo que será para muchos el final del viaje: los campos de exterminio alemanes. El vacío anterior e interior. Los claroscuros de solidaridad y rechazo. Las dificultades del presente. La incertidumbre del futuro. Exilios de guerra. Y está también el exilio económico. Otra foto que a pesar de verla todos los días sobre la mesa de trabajo me sigue apretando el corazón: un hombre con la maleta en una mano y la mano de su hijo en la otra, llora mirando al infinito, esperando embarcar. Lloran los dos. Lloran en blanco y negro también. Es como una despedida imposible. ¿Hará fortuna en el nuevo mundo? ¿Se volverán a ver? Son millones los españoles, gallegos todos en la Argentina , que se repartieron por el mundo en busca de una vida mejor. En el siglo XIX y en el XX. En el XX otra vez. Eran los años 60, cuando nuestro país vivió del exterior, de los extranjeros que llegaban como turistas, y de los españoles que marchaban como emigrantes. Esta vez llenamos Europa. Tuve la oportunidad, un poco de suerte y otro poco de desgracia, de compartir su mundo en un exilio sobrevenido al que pusimos música y algo de esperanza. Arreglar el país, conquistar la libertad, era medio billete para que los exiliados por tantos y tan diferentes motivos, pudieran volver Y muchos volvieron. Cierto. La España constitucional ya no se exilia. Ni políticamente, ni económicamente. Ahora recibe el exilio exterior. Sobre todo el económico. Sobre todo la emigración que nos llega a diario, con y sin papeles, de Latino América y de África. Dicen algunos que con Franco no teníamos este problema. Desde luego. Entonces vivíamos lo suficientemente peor como para ser nosotros los emigrantes. Ahora nos falta generosidad y solidaridad para atender a los que vienen detrás, siguiendo nuestro camino. Siempre claroscuros. Logroño 1 de marzo de 2004 |