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SAGASTA
RIOJANO Y ESPAÑOL ILUSTRE
José
Luis Bermejo Fernández
Diputado Nacional por La Rioja
Los aniversarios, las fechas señaladas,
son una buena ocasión para recuperar y reivindicar la memoria de
algunas personalidades históricas amenazadas por el olvido.. Esto
sucede ahora con Práxedes Mateo Sagasta, ilustre político
español, riojano, que falleció en 1.903, cumpliendo por
tanto un siglo desde su muerte. Es, ha sido sin duda, una de las personalidades
singulares del siglo XIX y de nuestra Historia Contemporánea española.
Después de nacer en Torrecilla
en Cameros, pequeño pueblo serrano de la entonces provincia de
Logroño, en 1.825, y de pasar su vida hasta los quince años
en la capital, partió a Madrid donde se instruyó en matemáticas
y filosofía.
Ingresó en la Escuela de
Ingenieros de Caminos donde finalizó la carrera con el primer puesto
de su promoción.
Su primer trabajo técnico
lo desarrolló en la vieja Castilla dirigiendo las obras de la carretera
Orense Zamora, ciudad ésta última donde tuvo lugar el romántico
episodio con la que sería su compañera sentimental para
siempre, protagonizando la leyenda que ha sufrido versiones para todos
los gustos. También en Zamora comenzó realmente su devenir
político al ser nombrado jefe del Partido Progresista, ocupando
el escaño en el Congreso de los Diputados en representación
de la ciudad castellana.
Naturalmente, el emitir un juicio
o simple comentario reflexivo acerca de un personaje histórico,
se genera, querámoslo o no, un cúmulo de opiniones personales
y de impresiones, también personales, sobre la figura histórica
motivo de debate. Todas ellas, lógicamente, producto subjetivo
de cada persona y de aquéllas que han demostrado interés
por las fuentes históricas del personaje. Los análisis,
las opiniones, por lo tanto, están servidos.
Para unos, las virtudes que acumula
Sagasta son interesantes, válidas y dignas de tener en cuenta y
respetadas desde el punto de vista de la Historia. Virtudes que convierten
a Sagasta en el líder progresista que es capaz de construir la
España liberal, imprimiendo con sus impulsos y reformas un nuevo
funcionamiento político moderno rompiendo la imagen de España
atrasada, acercándola a las modernas democracias de Europa.
Para otros, fue un personaje impulsivo,
provocador, vehemente y astuto, desmesurado protagonista radical que favoreció
el fenómeno social del caciquismo, masón, periodista, poco
amante de la cultura política y con escasa capacidad como gobernante.
Son muchos y variados los análisis
que se han presentado de su figura histórica y política.
Creo que hay que recordarle como
un protagonista singular de la vida española del siglo XIX, en
su segunda mitad, y como el que estableció un liberalismo progresista
que apostaba por la modernización política y material merced
a las reformas sociales impulsadas por él, como la Ley de Asociaciones
y la introducción del sufragio universal.
Desde el debido respeto a las opiniones
plurales, Sagasta fue un político por excelencia, inteligente,
destacado. La política sagastina estuvo presente en todos los ambientes
y foros sociales. Luchó por la libertad constitucional y el derrocamiento
de la monarquía de Isabel II , que le ocasionó el exilio
e incluso condenas a muerte. Perseveró y con la Revolución
de 1868, "La Gloriosa" consiguió el destierro de Isabel
II.
Ministro y Presidente de Gobierno
de España fue el antagonista de Cánovas del Castilllo, jefe
del Partido Conservador, en la lucha por el poder político y con
el que fue capaz de firmar el Pacto del Pardo que aseguraba el turnismo
pacífico de Partidos, consiguiendo un período de paz relativa
en España.
Asesinado Cánovas del Castillo,
Sagasta fue nombrado Presidente del Gobierno a solicitud de la reina regente
María Cristina quien le volvió a reclamar en 1901 siendo
Diputado por la provincia de Logroño. Al acceder al trono el rey
Alfonso XIII, se retiró de la vida política, falleciendo
en 1903.
Sagasta mantuvo en los inicios
de su vida política un intenso radicalismo, un patente anticlericalismo
y un ferviente deseo de derrocar a Isabel II, monarquía que despreciaba.
Al final de su vida dio un giro
a estos planteamientos, defendiendo la monarquía constitucional,
aceptando el hecho religioso, alejándose de los extremismos propios
del difícil siglo de transición, de lucha y de ansia por
las reformas sociales del XIX.
El siglo XIX español es
merecedor del rigor y análisis histórico y con él,
la figura del riojano Sagasta.
Cien
años después de muerte, España y La Rioja por medio
del Congreso de los Diputados, ha sabido reconocer la memoria de este
polifacético político con la aprobación, por unanimidad,
de una Proposición No de Ley presentada por el firmante de este
artículo en nombre del Grupo Parlamentario Popular, rescatando
su imagen del olvido y hacer justicia a su memoria con la colaboración
con el Gobierno de La Rioja y la Fundación Sagasta en la organización
de la magnífica Exposición que los visitantes hemos disfrutado
y la concesión del sello conmemorativo que recientemente se ha
presentado en Logroño y en Torrecilla en Cameros, sin olvidar la
interesante iniciativa de la Asociación de Periodistas de La Rioja
de su particular exposición, actualmente en vigor en su sede.
OTRO
SAGASTA, ... Y SIN ACRITUD
José
Luis Gómez Urdáñez
Los
estudiantes de historia deben de estar perplejos. Cuando estudian el siglo
XIX español todo es caciquismo y oligarquía, elecciones
amañadas, escándalos financieros, hipocresía generalizada
ante el "problema religioso", vergüenzas nacionales que
se suelen exponer conservando anonimatos, o como mucho, mencionando los
nombres de los sicarios o de los torpes que se dejaron pillar. Los respetables,
los Cánovas y los Sagastas, los Alfonsos y las Isabelonas, quedan
siempre tras la cortina, posando ya para el futuro busto en que les convertirá
la historia. Diríase que el XIX español es el siglo del
caciquismo, pero no el de los caciques, o el siglo de la oligarquía,
pero sin oligarcas.
Escrita
así la única historia que puede ser divulgada, la historia
subvencionada, el Sagasta recién conmemorado, que obviamente
está en los infiernos, se tronchará de risa al ver cómo
sus paisanos han querido llevarle al cielo (un sitio inhóspito
lleno de frailes y vírgenes, pensaría el gran pagano); pero,
seguramente, se habrá dado cuenta ya nuestro ilustre socarrón
camerano de que cuanto más se va sabiendo sobre su vida real peor
cara ponen los que se hicieron demasiado deprisa la foto junto a él.
Y es que en los tiempos que corren en esta Rioja del comisariado cultural,
se les ha colado en palacio nada menos que el impresentable Sagasta, un
masón, un rojo, un adúltero, un irreverente, todo eso y
algo aún peor y más peligroso: un tipo listísimo,
de izquierdas, y encima guasón. Los que le propusieron como modelo
de la democracia vigente ya no saben qué hacer con él.
El
marrullero de Torrecilla fue genial, pero en su tiempo. Veleidoso. y escéptico,
podía decir hoy una cosa y mañana la contraria, y seguir
en el sillón; prometía defender la libertad de cultos en
brillantes discursos laicistas, pero daba dinero al cabildo de La Redonda,
con cuyos curas mantenían muy buenas relaciones, él y toda
su familia (igual que con los de Zamora). Era tan pillo que, siendo masón
y Gran Maestre, justificó su fe en pleno hemiciclo, entre las carcajadas
de sus oponentes, diciendo que no sabía que la masonería
fuera mala y que el Papa la hubiera prohibido. El gran anticlerical defendió
el catolicismo, sí, cuando hizo falta, y al propio Cristo, al que
presentó como revolucionario y demócrata; y llegó
al poder por la revolución y prometiendo democracia, pero no dudó
en coger el garrote como ministro de gobernación y apalear a todo
el que representara un peligro para su "libertad con orden".
Cuando
se zafó al fin de competidores en el progresismo pactó con
Canovas; prefirió entenderse con los conservadores antes que hablar
con la izquierda, a la que machacó. Por esa habilidad personal
para colocarse en el mejor sitio, siempre tuvo cargo... y cargos, pues
sus "feudos" eran gobernados por familiares y criaturas, que
amañaban las elecciones una tras otra. A veces, la contrapartida
del pucherazo era, por ejemplo, un puente o una fábrica de tabacos,
lo que todavía hoy los logroñeses siguen agradeciendo a
su sobrino Amós Salvador -seis veces ministro- y al propio Sagasta,
que se alza -el gran cínico- con el título de instaurador
del sufragio universal.
Para
dudoso desconsuelo de sus hagiógrafos locales, Sagasta nunca creyó
en la democracia. La sociedad española le parecia inmadura, y no
podía aceptar que todos los votos valieran lo mismo. Pero en realidad,
le daba igual, pues no creyó ni en las urnas censitarias: los gobiernos
se hacían en Madrid, al margen del resultado electoral, y él
estaba en Madrid, en los centros neurálgicos, bienquisto con todos,
negociando con todos y ...de todo, de destinos y de contratas, de ferrocarriles
y ...de esclavos. El gran defensor de la abolición de la esclavitud
-una máxima sagrada del progresismo- acabó aceptando los
turbios negocios de algún amigo negrero que se estaba forrando
en Cuba.
Creyente
en el viejo lema kantiano, del progreso permanente, fue liberal y revolucionario
cuando se enfrentó a la realidad impuesta por el cerril conservadurismo
español, pero acabó en sus brazos cuando comprendió
que si tocaba un ápice los privilegios de esa clase mezquina y
rencorosa, eran capaces de acabar con todo, a bastonazos, con las urnas,
o a cañonazos, hasta con la propia monarquía. Al menos -pensó
el ingeniero desde la presidencia del gobierno-, que haya puentes, carreteras,
progreso en España. Próximo el momento de la muerte, Sagasta
añoraba lo que nunca habían tenido los españoles:
unos reyes respetuosos y tolerantes. A ese ligero picorcillo quedó
reducido el colosal ardor revolucionario de nuestro León de Los
Cameros.
Aunque
el gobierno de La Rioja y sus subvencionados se han comido los turrones
antes de Navidad -el centenario se acaba de cumplir en enero y llevamos
ya dos años de conmemoraciones- aún quedará algo
que hacer con el Viejo Pastor (por ejemplo, exportar la extraordinaria
exposición de los periodistas y difundir el extra de El Péndulo,
del sagastino Roberto Iglesias). Y desde luego, lo más urgente:
impedir que los estudiantes de historia sigan pensando que en España
hubo alguna vez caciquismo sin caciques y oligarquía sin oligarcas.
Logroño, 11 de Marzo de
2003
SAGASTA
Y TORRECILLA
Al
escribir acerca de D. Práxedes Mateo Sagasta desde la cuna de su
nacimiento, en éste año del centenario de su muerte tropiezo
siempre en la misma piedra: "Sagasta nació en Torrecilla en
Cameros el 21 de julio de 1.825" y me subleva el tener que oir y
leer que su padre, D. Clemente, vino aquí semi por casualidad,
tuvo a su hijo Práxedes y aquí se terminó la historia.
¡Pues no!. D. Clemente y Dña. Esperanza se casaron en Torrecilla
el día 5 de diciembre de 1.819, él a los 17 años
y ella a los 16. La relación de esta familia fue mucho más
ancha y profunda que lo que aparentemente se cree.
Es
posible que D. Clemente se refugiara aquí por razones políticas;
pero no es menos cierto que sus padres tenían un comercio en Logroño.
Dña. Esperanza, por su parte era hija de un comerciante de Torrecilla,
D. Nicolás Mª. Escolar, que figura como dueño de un
establecimiento de ultramarinos pero sobre todo como mercader de telas
y paños; sin olvidar sus trabajos relacionados con la elaboración
de chocolate. Todo esto nos lleva a pensar que la razón de la permanencia
de D. Clemente en Torrecilla no sólo fue la implicación
política, sino la actividad comercial. Posiblemente la familia
Mateo Sagasta y la familia Escolar mantenían relaciones comerciales
y éstas pudieron ser la ocasión del noviazgo y del posterior
matrimonio de D. Clemente y Dña. Esperanza.
En
la relación de los comerciantes de Torrecilla, aparece D. Clemente
pagando la tasa para ejercer la actividad comercial, que se exigía
a todos los que tenían negocios en la localidad; D. Clemente pagaba
por su pequeño negocio de cerería y confitería una
de las cuotas más bajas en Torrecilla: 21 reales en el año
1.832.
Del
matrimonio de D. Clemente y Dña. Esperanza nacieron en Torrecilla
tres hijos: Silvestra Isidora (31/12/1.823), Práxedes Mariano (21/07/1.825)
y Pedro Gregorio (22/02/1.830) y fueron bautizados como consta en los
libros de la Parroquia de San Martín de esta villa.
En
el verano de 1.831, cuando el Obispo gira visita pastoral en la que son
confirmados Práxedes y Pedro, el Ayuntamiento encarga a D. Clemente
el postre para agasajar al Obispo, una fuente de huevos hilados.
El
padre de Práxedes era cerero o confitero. Pero además de
este trabajo D. Clemente pujó en la subasta pública del
Ayuntamiento para el cargo de sisero, cargo que llevaba consigo la responsabilidad
de tener abastecido al pueblo de carne, bacalao, vino, aceite y jabón.
Hay
suficiente documentación en las actas del Ayuntamiento de los años
1. Y 1.832 acerca de los trabajos de D. Clemente relacionados con la sisa.
Así mismo aparecen documentos hasta 1.833 algunos juicios por la
renta de la casa en que viven y sobre débito de Dña. Esperanza
con Gregorio Jiménez.
No
sabemos con exactitud el año en que los Mateo Sagasta-Escolar fueron
a residir a Logroño. Sabemos con certaza que en 1.839 ya no residían
en Torrecilla, puesto que en el libro de Estadística General y
Declaración de Haciendas D. Clemente aparece en el listado de "hacendados
forasteros" siendo dueño todavía de dos casas, una
en la calle Mayor y la otra en el barrio del Solar.
Con
todos estos datos queda patente que la infancia de Práxedes y sus
hermanos discurrió en esta villa y sin duda los recuerdos más
bonitos de su niñez permanecieron vivos en su mente hasta el final
de sus días.
Torrecilla
se siente orgullosa y también desea colaborar con todas las iniciativas
que se lleven a cabo con motivo del Centenario de la muerte de este gran
humanista, político, ingeniero y gran hombre, que fue Sagasta.
Torrecilla
en Cameros, 5 de febrero de 2003
Jesús
Ruiz Belautegui
ALCALDE DE TORRECILLA EN CAMEROS
CARTA
A CANOVAS
Prócer: ¿Ha valido la pena realmente? ¿Ha tenido
algún sentido haber urdido, articulado, armado aquella Restauración...
para esto? ¿Para que, al cabo de los años mil, vengan los
tuyos y se lo monten con Sagasta? ¿De qué ha servido, entonces,
toda la tramoya de la Fundación a vuestro nombre? No es por echar
leña al fuego de vuestro desencanto y de vuestra indignación,
pero para mí que este asunto está relacionado directamente
con la urgencia que de pronto le ha entrado al conservadurismo español
en travestirse de Centro. ¡Fuera símbolos, indicios, pistas,
señales o lealtades que puedan conducirnos a las cocinas instaladas
en el sótano, donde sigue cocinándose a escondidas la espesa
sopa de la reacción! ¿Que para ello hay que enviar, de momento,
al trastero el noble busto en mármol de vuestra excelencia? Pues...
¡para mañana es tarde! Ya habrá tiempo de reponerlo
en su lugar de siempre. La política da muchas vueltas. Entre tanto,
Señor, lo que ahora mola en los salones es la efigie de vuestro
eterno adversario político. Es la cabeza en bronce de Sagasta.
Lo
curioso es que el último contacto que el torrecillano tuvo con
la derecha riojana –rama ultramontana, diríamos- se saldó
con la separación de esa cabeza, precisamente, del resto de su
cuerpo (¡que no son modos!), y con el posterior lanzamiento al fondo
del río Ebro de tan ilustre testa. Bien es verdad que el hecho
se produjo cuando ya hacía muchos años que don Práxedes
había adoptado definitivamente la condición de estatua.
Pero queda el dato sobrecogedor de esa simulación de magnicidio
a lo bestia, en plan póstumo y en versión bronce.
Hoy
toca sin embargo hacer exhibición de liberalismo y progresía.
Hoy toca apropiarse por todo el morro del gran Sagasta (entre repaso y
repaso a los escritos de Don Manuel Azaña ¡Qué cosas!).
Hoy os toca a vos, Señor, ingresar en el cuarto oscuro de la Historia
por una temporada –“sic transit gloria mundi”- .
Hay
motivo, Excelencia, para cabrearse, ciertamente. Sin embargo no creo que
lo haya para preocuparse. La zorra –dicen- podrá cambiar
de pelaje, pero no de mañas. Por otro lado no sería la primera
vez que malagueño y riojano pactaseis una cadencia y unas maneras
en el relevo del disfrute del poder, un “turno pacífico o
tranquilo”, como se le llamó por entonces. Algo que eliminó
la práctica de asonadas periódicas y recurrentes y que desplazó,
de una vez por todas, ese telón de fondo de “ruido de sables”
a que tan tristemente acostumbrados os tenían los generales. Por
cierto que acordasteis una tanda de relevos en el poder tan pacíficos
que os permitieron a liberales y conservadores compartir los mismos clubes
y los mismos consejos de administración (Una sola oligarquía,
según los malpensados, con varios juegos de caretas).
Así
que, si esto es un “revival” de aquello (y en cierto modo
quiere serlo), la turnicidad de entonces se actualizaría, más
o menos en estos términos: “¿Urge hoy, por cosas del
guión, exhibir la faz del moderantismo conservador, por ejemplo?
¡Busto de Cánovas al canto! ¿Que el guión impone
una puesta al día de liberalismo y progresía? ¡Marchando
busto de Sagasta!” Y en ese trajín se teje y se desteje el
enunciado y la carátula de un extraño Centro político.
Un Centro que en geometría sería imposible. Un Centro que,
curiosamente, no tiene nada a su derecha. Un Centro que no es Centro...
Vais
tranquilizándoos ya, señor? Como veis todo se reduce a una
cuestión de efigies; a la necesidad de disponer de bustos presentables
de los que poder echar mano. Y es que con los políticos de ahora
mismo la cosa esta difícil (y ellos lo saben). En lo tocante a
imagen la actual camada política no logra trasladar al imaginario
colectivo otro busto que no sea el que de ellos mismos asoma en “Los
muñecos del Guiñol” ¡Y no hay manera de elevar
ese nivel !. Sin embargo un siglo y cuarto de distancia –la vuestra,
precisamente- da perspectiva y proyecta prestigio suficiente para que
un líder de antaño se convierta en prócer, para que
el látex urgente y grotesco del “muñecote” deje
su sitio al mármol intemporal y solemne de la Historia.
Oportunismo
e instrumentalización por tanto de vuestras limpias ejecutorias
y hasta de vuestras nobles calaveras.
Y
ya que hablamos de historia, señor, creo que en general a vos no
os ha tratado nada mal. Aunque sí cometió con vuestra excelencia
dos injusticias. Una cruzar en vuestro camino a un anarquista italiano
que os privó del derecho a poder morir en vuestra cama; y otra,
haber tenido que lidiar como rival político con un seductor nato.
Más que en el detalle de las respectivas biografías (la
vuestra y la de Sagasta) me he entretenido últimamente en escrutar
vuestros rostros. Y –creedme- la batalla del porvenir la tenéis
muy difícil. Y eso que vuestras distinguidas facciones, señor,
son convincentes y vuestros miopes ojos de estudioso compulsivo transmiten
lucidez y bonhomía. Pero ¡Ay! Mi ciudad –Logroño-
lleva algo así como dos meses empapelada con un hermoso rostro
–ya casi viejo- que me mira desde las paredes y desde las lunas
de los escaparates con ojos sorprendentemente jóvenes. Unos ojos
donde brilla la chispa de la agudeza, donde asoma el humor y se remansa
la filantropía. Ojos implacables –casi seguro- ante la soberbia,
la doblez y la pedantería. Cálidos ojos de amante curtido
en románticos lances. Ojos comprensivos, más que tolerantes.
Ojos conmovidos por el desvalimiento y el dolor ajenos. Ojos como brasas,
(de viejo revolucionario reconducido). Ojos serenos de quien supo convivir
con una condena a muerte. Ojos irreductiblemente sabios. Ojos de seductor
(Con ojos así Picasso y El Ché fascinaron al mundo). ¡Los
ojos de Sagasta! Excelencia, no hay nada que hacer frente a esos ojos.
¿Y
sabéis qué? El artista Jesús Infante efectuó
en su día un arriesgado y exitoso trasplante de cabeza en el hasta
entonces acéfalo bronce que un día fue don Práxedes
(y que se hallaba depositado en los almacenes municipales desde la decapitación
antes narrada). Nos restituyó así a un Sagasta áulico
y equilibrista (siempre don Práxedes fue un poco equilibrista)
que pugna desde entonces por no perder la vertical y la dignidad sobre
ese pedestal imposible y rácano que malamente lo sustenta en los
jardines de “su Instituto”. Infante –premonitorio como
buen artista- atinó al aproximar la semblanza del prohombre camerano
a la del actor Ricardo Romanos. Luego este y el “mago” Bernardo
Sánchez han elevado el sentido y los contenidos de los fastos sagastinos
en La Rioja.
Noto,
Excelencia, que aún os quema la amarga desazón por ese tufillo
a deslealtad y oportunismo por parte de quienes hoy deciden.
¡Pero
vamos a ver! ¿No compartís posteridad en la misma estancia
de la Historia, Don Práxedes y vos mismo? Aprovechad entonces para
poneros de acuerdo una vez más. Reeditad el pacto del “turno
pacífico”. Imponed maneras y modales a quienes hoy os instrumentalizan
impunemente. Exigidles dignidad para saber ceder los trastos del poder
con clase. Pedidles moderación y mutuo respeto si quieren seguir
usufructuando vuestros respectivos bustos. Reclamadles que -al igual que
vosotros- sepan salir de la política pobres. Urgidles para que
dejen de tensar la democracia; para que dejen de crispar la convivencia;
para que dejen de joder, excelencia.
Reinstaurad
en hemiciclos y despachos vuestro viejo “fair play”.
Me
temo que tendréis que empezar por explicar a muchos de qué
va eso...
Por
ejemplo, contad aquello que dijo Sagasta cuando supo que vos –su
rival político a lo largo de treinta años- habíais
dejado de existir. –“Habiendo muerto Don Antonio –exclamo-
todos los demás políticos podemos ya tratarnos de tú”-.
Cuestión
de estilo.
Logroño
3 de febrero de 2003
Miguel
Angel Ropero Sáez
SAGASTA,
EL HOMBRE Y SU ESTATURA
La vinculación de Sagasta con el mundo de la Prensa no sólo
tiene un carácter determinante en la faceta del político
de altos vuelos sino, también, en la faceta del periodista en el
amplio sentido de la palabra.
Sagasta
fue primero columnista del periódico La Iberia y, posteriormente,
director y editor de la publicación tras la muerte de su amigo
Calvo Asensio, en 1863. Como jefe del Gobierno impulsó la Ley de
Imprenta del año 1883, legislación que estuvo vigente en
España hasta bien entrado el siglo XX. Durante los últimos
años de su mandato, la prensa nacional dio un salto cualitativo,
dado que la Guerra de Cuba y los avances tecnológicos permitieron
a los periódicos incrementar sus tiradas, mejorar su calidad de
edición y agilizar los vehículos de información y
transmisión. Práxedes Mateo Sagasta nació en Torrecilla
en Cameros (La Rioja) el 21 de julio de 1825. Era hijo de Clemente Mateo
Sagasta, que había sido desterrado la capital camerana por los
absolutistas, tras la caída del Trienio Liberal.
A
los 15 años salió de Logroño para Madrid y empezó
allí la carrera de Ingeniero de Caminos. Trabajó en la construcción
del ferrocarril del Norte, tras lo que asumió la Jefatura de Obras
Públicas de Zamora con 29 años. En 1854 ingresa en la política
como diputado por Zamora. El fracaso de la Revolución intentada
en 1866, con Prim al frente, obligó a Sagasta a exiliarse, hasta
el triunfo, en 1868, de la llamada Gloriosa, que le llevó al Ministerio
de la Gobernación; luego intervendría en la búsqueda
de un candidato para el trono, ya como ministro de Estado. Con el nuevo
rey, Amadeo de Saboya, llegó a ser presidente del Consejo de Ministros,
pero tuvo que dimitir por una maniobra contra él.
Junto
a Cánovas del Castillo, Sagasta hizo posible la Restauración
de la monarquía Borbónica, retomada por Alfonso XII, tras
haber encabezado un gobierno de transición (junio a diciembre de
1874) posterior a la finalización de la I República, en
cuyos ministerios no participó. Formó el Partido Liberal
Fusionista (1880), conocido como Partido Liberal, que accedió por
vez primera al poder en 1881.
En
su primera etapa en el poder (1881- 1884), se asentaron las bases de la
reforma legislativa que se pondría en práctica en el segundo
mandato (1885-1890), en el que modificó la esencia conservadora
de la propia Restauración: instituyó el sufragio universal
y la libertad de asociación, pensamiento, reunión y expresión,
ley de libertad de prensa que estuvo vigente hasta bien entrado el siglo
XX.
Durante
el siguiente turno de gobierno liberal (1892- 1895) logró la cohesión
interna del partido y la adhesión de las principales figuras políticas
no conservadoras. En 1897, al ser asesinado Cánovas, Sagasta retomó
el cargo del gobierno. A pesar de que concedió la autonomía
a Cuba y Puerto Rico, Estados Unidos exigió la independencia total
de Cuba y declaró la guerra a España en 1898 (Guerra Hispano-estadounidense).
España salió muy mal parada, recayó íntegramente
este fracaso sobre Sagasta y su partido, por lo que en 1899 abandonó
su cargo.
Ya
con 76 años, en 1901, regresó al poder y, merced a su prestigio,
fue llamado por el joven monarca Alfonso XIII para presidir, por última
vez, el Consejo de Ministros.
El
corazón de Práxedes Mateo Sagasta dejó de latir el
5 de enero de 1903, apenas un mes después de que dejara la Presidencia
del Gobierno, cansado ya de insuflar aliento al «político
de las horas difíciles». De hecho, fue un encendido discurso
parlamentario, en defensa del trono, el que desencadenó el principio
del fin de su delicada salud. La conmoción fue enorme tanto en
La Rioja como en el resto de España, pues había sido el
jefe del Ejecutivo nada menos que en siete ocasiones y un hombre tan querido
por unos como odiado por otros, aunque fuera un posibilista irredento.
El todo Madrid desfiló ante su capilla ardiente y hasta el propio
Rey, un entonces bisoño Alfonso XIII, no vaciló en postrase
de rodillas frente al féretro de Sagasta, antes de que su cuerpo
fuera inhumado -en loor de multitud- en el Pabellón de Hombres
Ilustres. Allí, en el castizo barrio de Atocha, se puede visitar
el monumento funerario que el inmortal escultor Mariano Benlliure modeló
en su memoria.
De
don Práxedes decía la historiadora puertorriqueña
Bisa Rodríguez Rabell: «Tenía casi los 80 años
y, por su inmenso amor a España, no quiso desatenderse de la política
en el momento en que su país más lo necesitaba y tendría
que enfrentar al poderoso ejército de los Estados Unidos y por
eso se hizo otra vez el jefe de gobierno; pero jamás se sirvió
del gobierno para hacerse rico u obtener prebendas. Salió de la
política pobre y se negó a aceptar un título de nobleza».
La
Prensa y hasta una incipiente industria cinematográfica reflejaron
el adiós a un hombre que dejó su estela a futuras generaciones,
quizás malgastada por endogámicos clientelismos, pero al
que la historia no le ha otorgado la justicia que merecía.
Pero,
más allá de su figura, quisiera hacer hincapie en los avatares
de su estatua -instalada hace hace más de 112 años y, hoy,
frente al instituto homónimo-, consustanciales con la historia
reciente de España.
Era
alcalde José Rodríguez Paterna, allá por el mes de
julio de 1890, cuando el Ayuntamiento de Logroño acordó
levantar un gran monumento a su hijo predilecto, Práxedes Mateo
Sagasta, prócer que por entonces contaba con la edad de 65 años
y estaba en la cresta de la ola en la Villa y Corte. Tres meses después
llegó la estatua a la ciudad, obra del escultor Pablo Gibert y
fundida por la empresa Comas y Cía., y fue emplazada frente a la
fachada norte del Convento del Carmen, actual Instituto Sagasta. El presupuesto
de la obra, dirigida por el arquitecto Luis Barrón bajo las instrucciones
del arquitecto Mélida, fue de cien mil pesetas.
El
18 de enero de 1891, cubierta por una densa capa de nieve, la capital
de La Rioja inauguró el monumento en solemne acto. La Corporación
Municipal salió del Palacio de los Chapiteles -hoy Consejería
de Cultura- camino de la tribuna levantada frente a la estatua. Tras los
discursos de rigor, el alcalde Rodríguez Paterna descubrió
los bronces del celebérrimo paisano. La música se dejó
escuchar con brío, los cohetes estallaron bajo el plomizo cielo
invernal y las palomas, en bandadas, se posaron sobre el riojano ilustre
cuando la fiesta hubo acabado. Contemplando el cambio de siglo y mil avatares
más, allí permaneció casi cinco décadas.
En
plena Guerra Civil española, una triste primavera del año
1938, el entonces alcalde logroñés, Julio Pernas Heredia,
acordó junto a su Concejo retirar la estatua del centro de la capital
y llevarla a la orilla del Ebro, junto a Bodegas Franco-Españolas.
La coartada fueron las obras de remodelación del Muro llamado de
Cervantes y la excusa, colocar la estatua del por entonces satanizado
Sagasta frente a su obra más emblemática: El Puente de Hierro.
El monumento, diezmado de fuente, jardines y demás abalorios, quedó
allá lejos, en el exilio. No eran buenos tiempos ni para el liberalismo
progresista ni para nada.
Una
noche, la alargada sombra del fanatismo obscureció el bronce sagastino.
El 29 de noviembre de 1941, con el régimen de Franco aún
en sus albores, una cuadrilla de jóvenes facciosos, bajo la advocación
de la División Azul y arengada por el poder ilegítimamente
constituido, asaltó la estatua, la decapitó, arrastró
su cuerpo sobre el áspero suelo y arrojó su busto a las
profundidades del Ebro. La cabeza nunca se encontró. Toda la ciudad
supo lo ocurrido, pero la ley del silencio imperó una vez más.
Algún editorial de prensa justificó la felonía de
aquellos cachorros de la intolerancia, alguno de los cuales aún
peina canas.
Todavía
siendo alcalde Pernas Heredia, alrededor del año 1955, encargó
al artista riojano Jesús Infante restaurar la cabeza de Mateo Sagasta
en el cuerpo todavía maltrecho, que cumplía condena sine
die en los almacenes municipales de San Francisco. El entonces escultor,
y hoy acuarelista de prestigio, modeló el actual rostro de don
Práxedes, mandó fundirlo a Madrid, y lo soldó con
mimo. Pese a su recuperada apariencia, mantuvo la nueva obra su arresto
entre viejos sillares y retorcidos hierros, entre albaranes tiznados de
calco y embalajes rebozados en polvo. Veinte años más de
propina sin ver ni la luz ni la justicia.
Al
poco de morir Franco, buscó consenso Narciso San Baldomero -alcalde
de la transición- entre los poderes políticos y fácticos
de la capital a fin de rehabilitar el nombre y la figura -nunca mejor
dicho- de Sagasta. La estatua remozada por Infante halló nueva
peana y digno emplazamiento ese 12 de enero de 1976, en el lateral oeste
del Instituto que lleva su nombre, frente al Muro llamado del Carmen.
Ahora, cien años después de la muerte del insigne torrecillano,
Ayuntamiento y ciudadanía buscan un pedestal más acorde
a la altura de su protagonista, así como un lugar privilegiado
para la estatua más polémica.
Logroño,
24 de Enero de 2003
MARCELINO
IZQUIERDO VOZMEDIANO
Escritor y periodista
UN
POLITICO ADELANTADO A SU TIEMPO
Práxedes
Mateo Sagasta forma parte, por derecho propio, de la historia política
de este país, no en vano fue principal protagonista de una de las
etapas más complicadas del devenir político nacional de
la que salió airoso. Como todos los políticos que han marcado
una época, en su haber cuenta con importantísimos logros
que han servido para cimentar la democracia que todos disfrutamos en la
actualidad y, como no podía ser de otra forma, su biografía
también recoge desaciertos propios de la condición humana
y del vaivén de los tiempos en los que vivió.
Práxedes
Mateo Sagasta era un camerano y un riojano de pro, que marcó la
segunda mitad del siglo XIX de la historia de España. Lo era porque
este torrecillano siempre agradeció a su tierra el carácter
con el que le dotó e hizo gala de su arraigado paisanaje en todos
los ámbitos de su vida, personal, profesional y político.
En las distintas facetas que cultivó Sagasta: como ingeniero de
caminos en sus comienzos, periodista durante una etapa o político
a lo largo de toda su vida nunca se desprendió de dos virtudes
que marcaron su carácter: la vehemencia en la defensa de sus convicciones
y su talante progresista. Ambas presidieron su vida y le llevaron, según
cuentan, de las barricadas de Madrid a la tribuna de oradores de las Cortes
después, y a la presidencia del Gobierno en varias ocasiones.
La
historia rara vez es justa con sus protagonistas, este político
riojano no es una excepción. Iluminados del siglo XXI desgranan
la vida de este político riojano y esbozan pinceladas sobre un
personaje con todos los defectos de burguesía, pero lo ciertos
es que a él hay que agradecerle la implantación del sufragio
universal, el derecho de asociación, la implantación del
jurado y la contribución a la estabilidad y la ‘paz política’
de un país convulsionado por los últimos estertores de un
Imperio que se desmoronaba. Para algunos un pobre bagaje, para otros,
la inmensa mayoría, méritos más que suficientes para
que todos los riojanos y, en especial los cameranos, se sientan orgullosos
de la labor política que desarrollo nuestro paisano desde la presidencia
del Gobierno y en todas y cada una de las carteras ministeriales que ocupó
a lo largo de su vida.
Sagasta
fue un adelantado a su tiempo, uno de esos pocos personajes privilegiados
que son capaces de ver más allá de la época en la
que le ha tocado vivir y con la gran habilidad de no perderse en quimeras
desatendiendo lo cercano. Su apego a lo cercano y sus innegables cualidades
como político hizo posible que este liberal impulsara durante sus
cinco etapas al frente del Gobierno español importantes reformas,
en especial durante su segundo mandato al frente del Ejecutivo (1885-1890),
etapa en la que Sagasta plasmó lo mejor del liberalismo a través
de importantes reformas legislativas que supusieron un giro de 180 grados
en las convicciones conservadoras de la época.
Al
político riojano, la historia de España le debe la institución
del sufragio universal y la garantía de libertades tan importantes
para nuestra sociedad como la de asociación, reunión y expresión.
La
actividad política de Sagasta merece, merced a estos logros, el
mayor de los reconocimientos de la clase política actual, ya que
muchos de los derechos fundamentales e inalienables de los que ahora disfrutamos
los ciudadanos tienen su germen en el pensamiento de este riojano. Sagasta
es uno de los mejores ejemplos en los que basar carreras políticas,
un personaje polifacético y progresista, capaz de sentar las bases
de una paz social a través del diálogo y del acuerdo para
buscar lo mejor para España y los españoles. En definitiva
lo que en la actualidad algunos denominan un ‘animal político’.
El
pasado 3 de enero se conmemoraba el centenario de la muerte de Sagasta.
El político riojano moría en Madrid a los 77 años
de edad y, tal y como reflejan los cronistas de la época, todo
Madrid acudió a honrar la figura de Sagasta en sus funerales. Días
después de su muerte un semanario de la época glosaba la
figura de Sagasta y vaticinaba que dentro de un siglo el político
riojano sería recordado como un gran hombre, poco se equivocaba
el rotativo madrileño. Cien años después, los actos
dedicados a la figura de Sagasta, en especial la exposición “Sagasta
y el liberalismo”, han trascendido las fronteras de La Rioja para
reivindicar el protagonismo de un político que marcó un
antes y un después en la historia de España.
La
Rioja también ha tributado un merecido homenaje a Sagasta a lo
largo de 2002 y seguirá haciéndolo durante este año
de su centenario. Distintas instituciones riojanas constituyeron recientemente
la Fundación Sagasta, con el propósito de impulsar distintos
actos que homenajeen al ilustre riojano. A su vez, es digno de elogio
el esfuerzo del Ayuntamiento de Torrecilla, cuna de Práxedes Mateo
Sagasta, que desde la Fundación y desde su autonomía municipal
ha organizado múltiples eventos para honrar la figura de su insigne
hijo.
Nuestra
Comunidad Autónoma ha rendido su merecido tributo a la figura de
Sagasta y sin lugar a dudas continuará haciéndolo dentro
de otros 100 años ya que los méritos realizados por el político
riojano no son de los que tienen fecha de caducidad, ya que presiden los
actos que tienen lugar en las Cortes Españolas, y no sólo
por la presencia de su retrato en el Palacio del Congreso de los Diputados.
Logroño,
16 de enero de 2003
Conrado
Escobar
Secretario General del Partido Popular de La Rioja
SAGASTA:
OTRA OPORTUNIDAD HACE UN SIGLO
Recuerdo con placer la tarde que en Logroño asistí a la
representación de la obra escrita por Bernardo Sánchez,
“El sillón de Sagasta”. En el precioso teatro Bretón,
restaurado dentro del modélico programa impulsado hace unos años
por el Ministerio de Obras Públicas (¡qué hermosa
denominación suprimida!), el actor Ricardo Romanos daba vida con
realismo al líder liberal riojano. Práxedes Mateo Sagasta
(1827-1903), se hizo pintar ataviado con el traje negro y sobrio que distinguía
a los políticos civiles decimonónicos de sus colegas militares
por el palentino José Casado del Alisal, cuando presidió
el Congreso. Tiene un gesto informal, relajado, que contrasta con el envarado
y multicolor de los muchos presidentes de las Cámaras parlamentarias
de profesión militar. La cadena de oro del reloj que cruza su chaleco,
es la única concesión obligada a los cánones de la
distinción de la época. La obra de Bernardo Sánchez
se asienta en un monólogo en el que Sagasta relata su vida y sus
sueños mientras Casado del Alisal le retrata sentado en un sillón.
Este año se cumplirá
un siglo de su muerte. “Un soñador que ha tenido que arriar
banderas”, escribió de él un notable historiador.
Y ciertamente, Sagasta fue, con Cánovas, el otro personaje que
llevó a cabo la obra política más realista y ambiciosa
de todo el siglo XIX. Un revolucionario decepcionado de la revolución,
que hizo posible el pacto que dio origen al régimen constitucional
más duradero de nuestra historia. Protagonista activo en la Revolución
Gloriosa de 1869, desde su puesto de ministro de la Gobernación
del gobierno provisional, aseguró eficazmente la institucionalización
que llevarían a cabo las Cortes constituyentes aprobando la Constitución
de 1869.
La violencia pulverizó los
sueños del Sexenio revolucionario. Para empezar, el asesinato de
Prim, no sólo el artífice del régimen, sino el soldado
que había observado personalmente durante la Guerra de Secesión
norteamericana, los efectos perversos del sistema de esclavitud, parecido
al que estaba envenenando también a Cuba, sublevada seis días
después de constituirse el gobierno provisional en Madrid. Y para
continuar, todas las violencias imaginables: las insurreccionales de carlistas,
cantonalistas y federalistas; las armadas, de Pavía y Martínez
Campos; las legales, como la inconstitucional proclamación de la
Primera República tras la abdicación desolada de Amadeo
de Saboya. Fue entonces cuando el pueblo español adquirió
ante los ojos del mundo una doble fama: la de ser tan idealista como ingobernable.
Sagasta tuvo el mérito de
incorporar a buena parte de los cuadros del liberalismo revolucionario
a la política parlamentaria, para jugar en el marco de la legalidad
constitucional. No todos le siguieron. En el cementerio de Burgos descansa
Ruiz Zorrilla, contumaz conspirador hasta el final. Sin embargo, desde
mi perspectiva, Sagasta está más próximo a mis convicciones
reformistas y democráticas, que lo que puedo destilar de la romántica
vida política del revolucionario nacido en el Burgo de Osma, cuya
tumba contemplo todos los años. El sistema político manejado
por Cánovas y Sagasta se justificó en su tiempo, frente
a sus adversarios, con ideas que nos resultan hoy comprensibles. Una Constitución
capaz de asegurar el gobierno de partidos distintos. Una gran obra legislativa
que, hay que reconocerlo, ha llegado hasta nuestros días en forma
de admirables códigos, como el promovido por el burgalés
Alonso Martínez. Fin del protagonismo de los militares en la política.
Un desarrollo industrial que produciría la emergencia del movimiento
obrero y con él, de nuevos liderazgos y proyectos políticos.
Un florecimiento científico y cultural, con la Institución
Libre de Enseñanza, pasando por Ramón y Cajal hasta llegar
a la Generación del 98.
Es también, lo sabemos,
la época de la oligarquía y del caciquismo. Pero no deberíamos
desconocer que por entonces, ni siquiera Gran Bretaña era un estado
democrático, en el sentido de una plena participación popular
en sus poderes. Las denuncias de Joaquín Costa se corresponden
bien con las que en el Reino Unido impulsarían las reformas del
Parliament Act de 1911, por las que se abriría la posibilidad electoral
para los partidos obreros, integrándose así en las instituciones
representativas británicas. No sucedió lo mismo en España.
Pero hay que destacar que el empeño de Sagasta por lograr el sufragio
universal masculino, alcanzado en 1890, es perfectamente comparable a
las reformas electorales efectuadas por Disraeli, primero, y por el Liberal
Party, después. Otro tanto puede decirse de sus reformas judiciales,
instaurando el juicio por jurado, lo que llevó a Emilio Castelar
a declarar que se habían cumplido los dos sueños de los
revolucionarios de 1868.
Lo que quebró las expectativas
del sistema de la Constitución de 1876 y sus posibilidades integradoras
fue el descalabro de 1898. Pero es preciso destacar algunos errores precedentes.
Por ejemplo, las consecuencias del bloqueo conservador a las reformas
militares planeadas por Sagasta en 1887, con las que perseguía
acabar con el nefasto sistema de reclutamiento que permitía los
“soldados de cuota”, para crear un auténtico ejercito
nacional. Por otra parte, la apuesta por la libertad de imprenta y de
prensa, no fue correspondida con sentido del Estado en los momentos de
crisis política. Jesús Pabón, el gran historiador
de ese tiempo, señaló la dependencia de los políticos
de “una prensa al servicio de una consigna, esencialmente falsa,
porque aparenta representar una opinión cuando la está creando
en la mentira.” “Sobre una fe y un sentimiento sagrados –la
integridad del territorio nacional- se pone en marcha una colosal mentira:
No había más alternativa que el deshonor o la guerra.”
En 1903, Sagasta falleció.
Toda la generación política de 1868 y 1876, había
desaparecido. Se iniciaba el siglo XX, y se extendió la creencia
de que se podía olvidar el pasado. Un cuarto de siglo después
del acuerdo que hizo posible la Constitución de 1876, la depresión
nacional de 1898 sorprendía a los nuevos líderes liberales
y conservadores. Aquellos que aspiraron a las reformas, Maura o Canalejas,
por distintas circunstancias, fueron expulsados del circuito político.
La competencia por el poder fue, en adelante, el gran móvil y casi
único móvil. Fragmentado el sistema de partidos turnantes,
la figura del joven rey emergía peligrosamente, destacando por
encima de una pléyade de dirigentes carentes de la altura de miras
de los fundadores del régimen. Incapaces de otra estrategia que
la meramente defensiva, más fieles a las palabras que a las ideas
del liberalismo, cerraron el paso a los intelectuales, profesionales y
obreros que se agrupaban en los nuevos partidos republicanos y en el socialista.
También carecieron de imaginación política, con algunas
excepciones, como la creación del régimen de Mancomunidades
en Cataluña, para captar lo que significaban los nuevos movimientos
nacionalistas vasco y catalán. Impermeable el sistema político
a la integración de esas nuevas realidades sociales y políticas,
el debate salió de las instituciones a la calle y a los periódicos.
Nuevos contratiempos militares, esta vez en África, agrietaron
los ejércitos y los enfrentaron con una parte de la sociedad. En
1923 Primo de Rivera, con el apoyo del rey y de una parte de la prensa
y de la opinión pública, derribaría el régimen
erigido en 1876. Presidía entonces el Senado Álvaro de Figueroa,
conde de Romanones, el biógrafo y discípulo más fiel
de Práxedes Mateo Sagasta. Aunque llegó a vivir hasta años
después de acabada la Guerra Civil de 1936, nadie se preocupó
de colocar el cuadro que le correspondía como presidente del Senado
en el palacio de la plaza de la Marina Española. Fueron los constituyentes
de 1977 quienes, por respeto al pasado, completarían con una copia
de otro retrato de Romanones, la galería histórica de presidentes
senatoriales. Entonces queríamos tener presente el pasado. Veinticinco
años después, conviene recordar, valga la paradoja, el olvido
de 1903.
Logroño, 16 de enero de
2003
Juan José Laborda Martín
Ex-presidente del Senado
Actual portavoz del Grupo Socialista en el Senado
SAGASTA
Y EL MIEDO AL MONO
Un icono del imaginario colectivo español tan persistente como
las cartas de la baraja, el toro de Osborne o el tricornio de la Guardia
civil es el envase y la etiqueta del "Anís el mono".
El barcelonés Vicente Bosch, propietario de la fábrica de
anís, diseñó en 1870 una botella, que agrandaba las
medidas de un frasco de perfume francés, y mandó dibujar
para ella una etiqueta en la que un primate humano presentaba unas botellas
sosteniendo un pergamino que proclamaba: "Es el mejor. La Ciencia
lo dijo y yo no miento". Esta ciencia que lo decía, y por
la que Bosch tomaba partido con su etiqueta, era la que había hecho
pública Charles Darwin el 29 de noviembre de 1859 con su libro
Origen de las especies.
Temprana
y tímidamente el darwinismo había empezado a conocerse en
España con las Nociones de Historia Natural (1859) de Rafael García
Álvarez, catedrático de Historia Natural del Instituto de
Granada, con el naturalista Antonio Machado y Núñez, catedrático
de Historia Natural de la Universidad de Sevilla, quien desde 1860 lo
propagaba abiertamente, y con la publicación del libro de José
Monlau para uso de los maestros de Instrucción primaria titulado
Compendio de Historia Natural (1867). La fundación de Instituciones
y publicaciones como La Sociedad Antropológica Española
y su Revista de Antropología (1865) y La Sociedad Española
de Historia Natural y sus Anales de la Sociedad Española de Historia
Natural (1871), potenciaron decisivamente su difusión.
A
medida en que el darwinismo se iba divulgando y sus controversias llegaban
a ateneos, periódicos, revistas e instituciones científicas
y docentes las llamadas "gentes de orden" se espantaban ante
la fea y blasfema idea de un parentesco con el simio. Hacia 1873 la polémica
sobre el mono alcanzaba cotas inusitadas. Así, por ejemplo, en
Santiago de Compostela un joven catedrático de Historia Natural,
llamado Augusto González Linares, que había destacado entre
los jóvenes oradores del Ateneo de Madrid, caldeó los ánimos
de la ciudad con su fe científica de tal modo que, como cuenta
el doctor Carracido en su libro Estudios histórico-críticos
de la Ciencia española, "con el mismo valor que se venían
discutiendo la soberanía nacional y la separación de la
Iglesia y el Estado, empezó a discutirse en los círculos
intelectuales la mutabilidad de las especies y el origen simio del hombre,
no siendo raro oír a grupos de estudiantes, en sus pasos por la
Herradura, por la Rúa del Villar o por el Preguntoiro, disputar
acerca de la lucha por la existencia, de la selección natural y
de la adaptación al medio, invocando los testimonios de Darwin
y de Haeckel"
Pero
el verdadero motivo de alarma ante el darwinismo era social y político.
El darwinismo resultaba revolucionario porque socavaba los cimientos del
orden social establecido. Si para la burguesía krausista Darwin
significaba la ratificación de sus postulados reformistas, y por
ello le nombraron en 1877 profesor honorario del cuadro docente de la
Institución Libre de Enseñanza, para los proletarios anarquistas
o socialistas el darwinismo simbolizaría la defensa científica
del igualitarismo y del materialismo, y la confirmación de que
el capitalismo no era un estadio definitivo en la evolución de
las sociedades humanas. No en vano Carlos Marx había dedicado a
Darwin en 1867 el tomo primero del El Capital por considerar el evolucionismo
el modelo de la ciencia social que él pretendía descubrir:
el desarrollo de las sociedades históricas seguiría estadios
y mecanismos parecidos en gran parte al de la evolución de las
especies animales.
Tras
la restauración monárquica en Alfonso XII en enero de 1875,
accedió al gobierno Cánovas y fue nombrado Ministro de Fomento
el alfareño Manuel de Orovio. El Marqués de Orovio recibió
por segunda vez, lo había hecho ya en 1867, el encargo del gobierno
de reprimir a los profesores dependientes del Estado que en sus explicaciones
enseñaran algo "contrario al dogma católico" y
a la "sana moral". Sus medidas legales darían lugar a
la llamada "segunda cuestión universitaria". En la Circular
del 26 de febrero de 1875 a los rectores de Universidad el razonamiento
de Orovio no podía ser más claro. Si casi la totalidad de
los españoles era católica y el Estado era católico,
la enseñanza debe obedecer a este principio, sujetándose
a él con todas sus consecuencias. Partiendo de esta base, el gobierno
no podía consentir que en las cátedras sostenidas por el
Estado se explicara contra un dogma que era "verdad social"
en España. "El hecho positivo del modo de ser, del modo de
creer, del modo de pensar y de vivir de un pueblo es el fundamento en
que debe apoyarse la legislación que se aplique", concluía
el "positivista" Orovio.
Los
primeros en recibir las órdenes de su Rector y negarse a cumplirlas
fueron Augusto González Linares y Laureano Calderón. Tras
la destitución de éstos, Emilio Castelar, Laureano Figuerola
y Montero Ríos renunciaron a su cátedra para manifestar
su descontento y fueron detenidos y confinados Francisco Giner de los
Ríos en Cádiz, Nicolás Salmerón en Mérida
y Gumersindo de Azcárate en Lugo. Al protestar por las medidas
de Orovio, Azcárate declaraba rotundamente que la ciencia y la
enseñanza debían liberarse de la tutela de la teología
y de la censura de la Iglesia y que la libertad de cátedra no podía
tener como límite una forma o sistema de gobierno. Tales limitaciones
eran "incompatibles con la dignidad de la ciencia".
Los aires cambiaron con el primer gobierno de Sagasta formado a principios
de febrero de 1881. El viejo liberalismo ilustrado sopló de nuevo
con fuerza como ya lo había hecho en la revolución de septiembre
de 1868. "La razón es libre por naturaleza y no acepta órdenes
que le impongan tomar por cierta tal o cual cosa", había escrito
Kant en La contienda entre las facultades, y el hombre ilustrado debe
atreverse a hacer un uso publico de ella sin ninguna tutela. El primer
gabinete de Sagasta dio la Real orden circular de 3 de marzo de 1881 en
la que Albareda, ministro de Fomento y krausista, derogaba la de Orovio
y disponía la reincorporación a sus cátedras de los
profesores separados. La circular era todo un manifiesto liberal: los
obstáculos legales no han conseguido jamás que desaparezcan
las ideas; los gobiernos no son, ni han sido nunca, poderosos para detener
el vuelo del espíritu, ni para limitar las conquistas de la ciencia
"en las elevadas regiones, donde el espíritu se afana por
encontrar la verdad"; y la razón especulativa ha de ser independiente
"sin que allí alcance la represión ni la violencia".
Ante
un hito tan decisivo para la ciencia, para la filosofía y para
la educación en España, no produce extrañeza que
Emilio Castelar, el más kantiano de todos los profesores del siglo
XIX español, reconociera en el periódico La France el valor
de Sagasta: "El señor Sagasta ha colgado la ley de imprenta
en el museo arqueológico de las leyes inútiles; ha abierto
la universidad a todas las ideas y a todas las escuelas; ha dejado un
amplio derecho de reunión que usa la democracia según le
place, y hemos entrado en un período tal de libertades prácticas
y tangibles que no podemos envidiar cosa alguna a los pueblos más
liberales de la tierra".
En
fin, dos riojanos tuvieron en sus manos el destino de la libertad de investigación,
de expresión y de enseñanza en el último cuarto del
siglo XIX español. Un miedoso marqués al que horrorizaba
que su gloriosa genealogía entroncara como la del resto de los
mortales con un simio arborícola, y un valiente ingeniero de caminos,
hijo de sus obras, públicas o privadas, al que poco importaban
sus ancestros antropoides si una rama colateral había desarrollado
la razón y la libertad. Un nuevo espacio de libertad fue conquistado
en España para posibilitar oír lo que decía la ciencia,
como quería el mono del anís con su pergamino. Libertades
prácticas y tangibles que, como escribió en cierta ocasión
Julio Caro Baroja, fueron posibles gracias a "un hombre agudo, mefistofélico,
sonriente, nada pagado de su cultura, ni de sistemas, doctrinas y teorías,
y, que, por cierto era también riojano como Orovio, don Práxedes
Mateo Sagasta. Sagasta permitió a los profesores republicanos seguir
profesando y a los canónigos carlistas seguir predicando. ¡Que
más puede pedirse en un país como éste!".
Logroño,
13 de enero de 2003
José
Manuel San Baldomero Úcar
Catedrático de filosofía del I. E. S. Práxedes Mateo
Sagasta
EL
VERDADERO SAGASTA, RECOBRADO
Dentro
de la ya consolidada recuperación que en el terreno de la historiografía
más profesional y académica ha experimentado en la última
década la biografía histórica y de la catarata de
conmemoraciones con que las instituciones públicas han tendido
a llenar una oferta cultural necesitada a menudo de mayor imaginación
y audacia, resulta aleccionador rastrear las claves explicativas de los
vaivenes por que en el último siglo ha discurrido la memoria histórica
y el estudio de los personajes más relevantes del pasado en un
país de tan compleja y exuberante herencia histórica.
En
este sentido los ideales, prejuicios e intereses de las sucesivos períodos
porque ha discurrido España a lo largo del siglo transcurrido desde
la muerte de Sagasta han distorsionado hasta tal punto la imagen histórica
de este personaje que sólo ahora empezamos a recobrar sus auténticos
perfiles reales. Para ello era esencial comenzar por no olvidar que Sagasta
fue antes que nada un liberal decimonónico consecuente con las
líneas generales de la visión de la sociedad propia de este
movimiento ideológico -elitista pero a la vez modernizadora- y
preocupado por problemas cuya solución parecía perentoria
al liberalismo progresista en que siempre militó. Resulta en extremo
sencillo descalificar a tales políticos por su disposición
a servirse de un eficaz entramado de relaciones clientelares de tipo caciquil
que extendieron por todo el país en aras de obtener y conservar
el poder. Criticarles por su falta de escrúpulos para recurrir
a todo un catálogo de artimañas -suplantación de
electores ya fallecidos pero incluidos en el censo, coacciones diversas
a los votantes del candidato rival, compra de votos, falsificación
del acta electoral, etc.- que suplantaban la voluntad de una población
en su mayoría campesina, analfabeta y ayuna de formación
en el ejercicio de sus derechos políticos y funciones representativas
y condicionada por unas estructuras laborales y de la propiedad profundamente
injustas.
Tales
críticas, sin duda necesarias pero a la vez simplistas, fueron
lanzadas ya en vida de Sagasta por intelectuales y políticos de
oposición que, comenzando por los regeneracionistas y acabando
por los integrantes de la generación de 1914 que encabezados por
Ortega y Azaña protagonizaron más tarde el advenimiento
de la Segunda República, ayudaron con ellas a destruir el escaso
prestigio que aún poseían los notables liberales de la monarquía
borbónica, llegando a calificar el sistema de la Restauración
como una pura "fantasmagoría" ajena al aliento de la
España "real".
Ni
el regeneracionismo peculiar del general Primo de Rivera ni el radicalismo
democrático de los políticos de izquierda republicana podían
sintonizar con el estilo de hacer política pragmático, desapasionado
y realista, si se quiere un tanto cínico, propio de aquellos notables
de la Restauración que con Cánovas y Sagasta al frente habían
logrado aplacar décadas antes la espiral de violencia que durante
buena parte del siglo XIX había presidido nuestras contiendas políticas
diseñando un régimen capaz de contentar dentro de ciertos
límites las ambiciones e intereses de quien estuviera dispuesto
a aceptar sus flexibles reglas de juego.
Nada tiene de extraño que el primer centenario del nacimiento de
Sagasta se celebrara así en Madrid en plena dictadura desnudo de
cualquier relevancia pública y reducido a la intimidad de los escasos
supervivientes de un liberalismo por entonces terminal, y que en Logroño
los actos tampoco alcanzaran el apropiado boato. Pero el ocaso de la "buena
estrella" que a decir de doña Emilia Pardo Bazán había
guiado en vida la trayectoria de Sagasta vivió su punto máximo
con el frenesí destructor de una Guerra Civil que contempló
como las propiedades de sus descendientes en Jaén eran asaltadas
por milicianos republicanos mientras en el otro bando se hacía
escarnio de su memoria decapitando el monumento que lo recordaba en la
capital riojana para arrojar a las aguas del Ebro su cabeza, prolongándose
este eclipse con la larga noche de la dictadura franquista, durante la
cual el adjetivo liberal era considerado un insulto. Tampoco el período
inicial de la transición, si bien asistió a una recuperación
paulatina del interés por los dirigentes decimonónicos que
el franquismo tanto había despreciado, supo reconocer la labor
de quienes era inevitable ver como representantes de una política
pasada y predemocrática cuya corrupción recordaba a la de
los caciques del franquismo.
Sólo
en los últimos años, insisto, se empieza a situar en su
justo lugar y a contemplar con una óptica más ponderada
a estos protagonistas de una etapa verdaderamente crucial para el nacimiento
de la España contemporánea. Óptica que pasa por revisar
su actuación a la luz del contexto histórico que hallaron
y de los principios y objetivos que presidieron su actuación, única
forma de superar presentismos erróneos. Desde esta perspectiva
Sagasta formaría parte de una larga saga de liberales que desde
la época de las Corte de Cádiz lucharon con todos los medios
que hallaron a su alcance por acabar con las viejas estructuras de la
monarquía absoluta del Antiguo Régimen, con una sociedad
atrasada, falta de libertades y regida por una jerarquización que
atendía a las filiaciones familiares más que al mérito
personal y que discriminaba concediendo caducos privilegios a una minoría
que no dudaba en servirse de ellos para mantener subordinado al resto
de la población.
Procedentes
en buena parte de sectores sociales acomodados y ligados al mundo del
comercio y de las llamada profesiones liberales, estos "apóstoles"
de la causa liberal no dudaron desde luego en servirse en un principio
del entusiasmo de unas masas urbanas a las que prometían libertad
y progreso con la meta de una sociedad futura en la que serían
propietarias, para tratar de derrotar a los poderosos defensores con que
aún contaba el Antiguo Régimen (la Iglesia católica,
la vieja nobleza e importantes contingentes de campesinos cuya única
noticia del liberalismo eran las encendidas diatribas del clero que lo
condenaba por revolucionario e impío) y posponer una vez que llegaron
al poder la prometida atenuación de las desigualdades socioeconómicas.
Pero tampoco escatimaron sacrificios personales cuando fue preciso en
aras de esta causa del progreso y llegaron a sufrir la persecución
y el exilio, cuando no la condena a la pena capital por ello. En el caso
que aquí nos atañe basta recordar los años de persecución
política que sufrió el padre de Sagasta por embarcarse en
las filas de las milicias del liberalismo exaltado durante el Trienio
y los dos exilios en Francia de su vástago, uno de ellos obligado
por la condena a muerte por garrote vil que le fue impuesta tras el fallido
pronunciamiento de julio de 1866 en el cuartel de San Gil, que hubo de
afrontar por su compromiso con los ideales y objetivos políticos
del liberalismo progresista, viendo en peligro su patrimonio económico,
posición social y salud personal.
La
corriente liberal progresista que con tanto acierto encarnó Sagasta
hubo de enfrentarse así a una versión más conservadora
y partidaria del pacto con la Corona y los sectores más pragmáticos
de la vieja monarquía absoluta, parta evitar que se impusiera la
visión sumamente estrecha, reactiva y elitista del programa liberal
que sostenía el grueso de este liberalismo "moderado",
y lo hizo consciente de sus limitadas fuerzas. No cabe duda que ni unos
ni otros contemplaban la democracia política y la progresiva eliminación
de las desigualdades sociales entre sus objetivos (aunque el liberalismo
progresista mantenía al menos una visión más reformista
y abierta de lo que debía ser el Estado liberal en la que se abría
una puerta para el ascenso social de las clases subordinadas a través
del libre desenvolvimiento de su laboriosidad), siendo justo reconocer
que tampoco existió en vida del riojano una poderosa y activa corriente
de opinión pública que les demandara tales cambios en una
Europa donde aún no se había producido la transición
del liberalismo a la democracia.
Los elevados costes de las pugnas que asolaron el campo liberal hasta
la caída de Isabel II convencieron a muchos progresistas, entre
los cuales se hallaba Sagasta, de la necesidad de llegar a una transacción
honrosa con el liberalismo más conservador que permitiera las mínimas
condiciones de paz y estabilidad bajo las cuales podrían afrontar
la paulatina realización de su programa, a lo cual debe unirse
el desengaño y la conmoción que sufrieron al comprobar cuando
al fin subieron al poder en 1868 que sus reformas eran consideradas insuficientes
por unos sectores populares urbanos para entonces volcados a la causa
republicana y al incipiente movimiento obrero internacionalista, y que
no dudaban en intentar una nueva revolución contra aquellos.
En
este contexto hay que entender el papel de Sagasta como ministro de los
gabinetes del general Prim y más tarde presidente del Gobierno
y dirigente del Partido Constitucional en defensa de la estabilización
de la revolución liberal, que para él pasaba por consolidar
las conquistas legales del Sexenio evitando su uso abusivo por quienes
buscaban destruir la nueva legalidad vigente, al par que aplicarlas con
los suficientes frenos y precauciones para tranquilizar a las influyentes
clases sociales conservadoras que pretendía ir atrayendo al campo
liberal. Esto le llevó a combatir las intentonas reaccionarias
del carlismo a la derecha y los conatos revolucionarios del republicanismo
federal a su izquierda, lo que él llamaba la demagogia "blanca
y roja".
Sólo
así cobra sentido que tanto él como el liberalismo que representaba,
descalificados hasta entonces como revolucionarios e instigadores del
desorden por el liberalismo más conservador, pasaran en muy poco
tiempo a ser tachados de reaccionarios y traidores a la revolución
por los sectores más radicalizados de la izquierda liberal. Y que,
tras el fracaso de la experiencia del Sexenio, no dudara en renunciar
a la aplicación de los puntos más rupturistas de su ideario
en aras de alcanzar el deseado y necesario consenso con sus anteriores
adversarios liberal-conservadores, dando paso al primer largo período
de paz y estabilidad relativas de aquella centuria.
Su
progresivo acomodamiento al sistema restaurador hasta cerrar el paso a
cualquier reforma en profundidad de éste -fuera o no necesaria-
por considerarla peligrosa para la seguridad del régimen y su falta
de reflejos para insuflar aires renovadores al cada vez más amortizado
ideario liberal deben servirnos, en definitiva, de enseñanza de
cómo el pragmatismo da beneficiosos réditos tomado en dosis
adecuadas, pero llega un momento en que puede amenazar con traicionar
las promesas e ideales que deben guiar todo proyecto auténticamente
modernizador, como lo fue en su origen el del liberalismo progresista
que Sagasta representó, si no es contrapesado por un sincero aliento
reformista. Al par que nos muestra los peligros que trae consigo acomodarse
en una fórmula razonablemente exitosa (en este caso el turno bipartidista
implantando en la Restauración por conservadores y liberales, que
introdujo una apertura innegable gracias a leyes aprobadas por gobiernos
sagastinos como las de imprenta, reunión y asociación, electoral
o el juicio por jurado, así como unos años de crecimiento
económico que sólo interrumpió la crisis finisecular)
que descansaba sobre líderes personalistas que en su vejez obstaculizaron
con una inextinguible ambición de mando su natural relevo por dirigentes
más jóvenes y mejor preparados para los nuevos problemas.
No
debe ser nuestra misión condenar o indultar a Sagata y al conjunto
del liberalismo monárquico de izquierda decimonónico desde
posturas presentistas, pero tampoco silenciar sus evidentes limitaciones
y defectos. En cualquier caso, demasiado acostumbrados a recordar personajes
iluminados por una peligrosa convicción de providencialismo, precisamos
sin duda del contrapunto que ofrecen políticos como éste,
a quienes lo que menos preocupaba era el juicio posterior de la historia.
A nosotros, más que este juicio, nos interesa el valor que su estudio
puede proporcionarnos para llegar a una mejor comprensión de procesos
que están en la raíz de la España actual.
Madrid,
13 de Enero 2003
José
Ramón Milán García,
CSIC, Madrid).
SAGASTA,
EN PERSPECTIVA HISTÓRICA.
En
época propicia para ofrecer juicios e interpretaciones sobre un
personaje de la talla de Sagasta, que hasta hace bien poco estaba olvidado
y era despreciado en buena parte de los foros de reflexión y debate
político e intelectual, mi propuesta tan sólo pretende aportar
algunas consideraciones, desde el análisis histórico, sobre
su contribución a la España Contemporánea.
Retomando
las atinadas observaciones de Lucien Febvre en sus sugerentes Combates
por la Historia cuando advertía que el historiador no es un juez
y que la historia no es juzgar, sino comprender y hacer comprender, creo
que el acercamiento a la figura de Sagasta debiera huir tanto del panegírico
complaciente como del interrogatorio fiscalizador y atender mayormente
a las enormes posibilidades explicativas que nos ofrece su singular trayectoria.
Parece especialmente difícil catalogar o etiquetar a Sagasta en
función de parámetros o listones actuales. Más bien,
conviene situarlo en las coordenadas sociales y políticas de la
España del XIX, en la que se ventilaba la consolidación
de un naciente sistema monárquico constitucional y de un conjunto
de libertades individuales y colectivas, que ahora damos por sentadas
aunque su implantación decimonónica estuviese salpicada
de pronunciamientos militares, espasmos revolucionarios y guerras civiles.
En
este escenario, el largo recorrido de Sagasta (casi medio siglo de protagonismo
público) resume los logros, dificultades, frustraciones y contradicciones
de los liberales progresistas en España. A través de Sagasta
puede rastrearse el esfuerzo sostenido de aquéllos para aplicar
las principales reformas liberalizadoras, en el plano económico
y en el puramente político, y las pertinaces resistencias que encontraron.
Su actuación como gobernante (no exclusivamente la de la Restauración,
también la del Sexenio Democrático, piedra angular para
entender la evolución de su comportamiento) nos hace comprender
no sólo las tensiones entre las ambiciones reformistas y las inercias
más conservadoras sino las propias contradicciones, concesiones
y fracturas internas que caracterizaron al progresismo español.
Las enormes esperanzas depositadas en la Revolución de 1868 y los
sinceros trabajos de consolidación de su ideario, en los que tanto
descolló Sagasta, encontraron todo tipo de agresiones, a derecha
e izquierda, que precipitaron la tabla rasa de la solución restauradora
alfonsina.
Ya
en plena Restauración, a su aportación para una gobernación
estable del país, en la que cupieran importantes avances legislativos
en sentido liberal (Ley de Prensa, Ley de Asociaciones, Ley del Sufragio
Universal Masculino), aún no suficientemente valorados, cabe oponer
la pereza o impotencia mostradas para abordar otras reformas estructurales
de mayor contenido social. Por supuesto, en Sagasta percibimos el techo
doctrinal propio de los liberales del XIX (él no fue nunca otra
cosa), que no podía rebasarse con contenidos sociales igualitarios
que desbordaban en ese momento sus esquemas de orden social burgués.
Definitivamente, Sagasta ayuda a entender lo que fue moneda común
en la España de la época: la patrimonialización del
poder, a escala local y en el ámbito nacional, en favor de los
"amigos políticos", siendo capaz de aglutinar una tupida
red clientelar que controló los resortes de la vida política
riojana hasta bien entrado el siglo XX.
Con
todo, hubiera resultado en la actualidad inaceptable hurtarle a los ciudadanos
este imprescindible y poliédrico fragmento de nuestra memoria histórica,
tal y como se hizo en algún momento, ese sí, de infausto
recuerdo.
Logroño,
22.12.02
José Luis Ollero Vallés
UN
HOMBRE INQUIETO E INTELIGENTE
Cuando
te aproximas a la figura de Práxedes Mateo Sagasta te encuentras
con un hombre con una rica personalidad. Un hombre inquieto e inteligente,
cuya trayectoria considero que es un ejemplo de lucha, trabajo y dedicación
en aquello en lo que firmemente creía.
A
su nombre aparece ligada la palabra "libertad", sin duda, fue
un hombre al que la sociedad moderna debe importantes avances. Sus aportaciones
a la España del siglo XIX y al liberalismo progresista durante
la restauración fueron fundamentales para sentar las bases del
sistema político en el que hoy convivimos los españoles.
Recordemos que tras la revolución de 1868, Sagasta implantó
el sufragio universal (masculino) durante una de sus etapas de gobierno.
Asimismo durante los gobiernos de la Restauración, Sagasta aprobó
la Ley de Prensa y la Ley de Asociaciones, normativas esenciales para
el desarrollo de libertades y para la consolidación del sistema
constitucional de nuestro país.
Otro
de los aspectos que destacan los investigadores es su capacidad de diálogo
y negociación. Dos valores esenciales para ejercer la política
y también para crecer como persona. Junto a ellos una gran humanidad
y generosidad que le hacían una persona accesible y cercana.
Este
torrecillano siempre llevó en su corazón su tierra de origen
y estuvo pendiente de las necesidades materiales de esta región,
a él le debemos la construcción del puente de hierro y la
reparación del de piedra, los cuarteles de infantería y
caballería y otras dotaciones menores.
Considero
que Práxedes Mateo Sagasta es una figura que merece la pena conocer,
un personaje con una intensa vida a través de la cual, además,
podemos acercarnos a la etapa del liberalismo progresista en España.
Por ello debemos aprovechar la oportunidad que se nos presenta de acercarnos
a este hombre a través de las distintas iniciativas culturales:
exposiciones, representaciones teatrales, libros, conciertos,... que con
motivo del centenario de su muerte se están sucediendo. Pero no
debemos quedarnos ahí, la figura de Sagasta debe continuar siendo
documentada y estudiada. Por este motivo desde el Gobierno de la Rioja
hemos impulsado la fundación que lleva su nombre y en la que se
han involucrado los diferentes colectivos y entidades relacionadas con
el Sagasta político, el ingeniero, el periodista, así como
los distintos lugares en los que discurrió su ilustre trayectoria.
Permítanme
que recuerde unas palabras pronunciadas por Sagasta en el Congreso en
1871:
"Señores
Diputados, al ocupar por primera vez este sillón presidencial,
elevándome al puesto más inminente que a un ciudadano
le es dado legítimamente alcanzar en los países monárquico-constitucionales,
deseo que en vez de una política de exclusivismo y de intransigencia,
que no engendra más que desconfianzas, ni produce más
que enconos, se siga una política grande, generosa, inflexible
en cuanto a las ideas y tolerante en cuanto a las personas dentro de
la cual quepan todos los que de buena fe, vengan de donde vinieren,
acudan a defender sus principios".
Logroño,
13 de diciembre de 2002
Luis
Angel Alegre Galilea
CONSEJERO DE EDUCACION, CULTURA, JUVENTUD Y DEPORTES
GOBIERNO DE LA RIOJA
EL
SISTEMA CANOVISTA Y EL PAPEL DE SAGASTA
Sin
querer convertirme en panegirista del sistema de Cánovas, creo,
sin embargo, que es necesario un análisis de la época en
su contexto. Elevar a la I República y al Sexenio Revolucionario
a las alturas, para, desde allí despeñar a Sagasta y a Cánovas
del Castillo supone desconocer los logros que el sistema de la Restauración
trajo consigo.
Era
Burke quien defendía que los países debían avanzar
en su organización política respetando su propia idiosincrasia
(su historia, su desarrollo económico y social, su cultura), y
no mediante rupturas inducidas en muchos casos por comparación
con países de muy distinta condición.
El
sistema canovista debe ser juzgado de acuerdo a la realidad de un país
con tasas de analfabetismo superiores al 70%, una población agraria
de en torno al 80% y una desarticulación territorial producto tanto
de una orografía difícil como de un sistema ferroviario
precario que no se veía suplido por una red de caminos y canales
dignos de ser tenidos en cuenta.
¿Que
el sistema canovista era caciquil y corrupto? Quizá sí,
pero consiguió la estabilidad del marco jurídico del Estado
(la Constitución de 1876 fue la de más larga duración
de todo el siglo XIX), la paz (fin de las guerras carlistas), llevó
al primer plano de la política a la sociedad civil en una historia
reciente marcada por el respaldo militar a los grupos políticos
(Narváez, Espartero, O'Donnell, Prim), trajo la paz social (frente
a los frecuentes pronunciamientos militares y los extremismos de los partidos)
y consiguió un modesto pero significativa avance económico
(desarrollo de la minería, de los textiles catalanes, la siderurgia
en el País Vasco, duplicación de la red ferroviaria) . ¿Era
acaso mejor como sistema político la Alemania de Bismarck, o, mejor
aún, la Italia de Depretis?
Por
lo que respecta a Sagasta, no se le puede tachar de simple hechura de
Cánovas. Sagasta ya había sido presidente durante un gobierno
del Sexenio Revolucionario y participó en el Gobierno del General
Serrano, que entre otras reformas impuso por primera vez el sufragio universal
en unas elecciones, propició el desarrollo de una prensa libre
y acabó con impuestos regresivos como el de la capitación.
Sagasta se adhirió al sistema de la restauración no por
oportunismo sino por convicción. De su experiencia anterior extrajo
como consecuencia la inutilidad de imponer cambios que forzaban la realidad
nacional (como el intento de imposición de una dinastía
sin arraigo: la de Amadeo de Saboya) y la necesidad de huir de maximalismos.
Fue capaz de aglutinar a las fuerzas liberales dentro de un partido disciplinado,
que respetó un marco jurídico estable. Sin abandonar este
posibilismo, alentó medidas de claro talante democratizador. Creo,
pues, que no está de más reconocer a Sagasta como un político
insigne, y a través de él recuperar un sistema como el de
la Restauración tan denostado.
Logroño,
26.11.02
PSA
SAGASTA
VALEDOR DEL SISTEMA CACIQUIL DE CÁNOVAS
Cien años despues de enterrar a quién jugó un importante
papel en el último cuarto del siglo XIX, aprovecho esta ventana
que abre la FRES para enviar una breve y modesta aportación al
debate. En ella intentaré resumir y situar mi opinión sobre
el Sagasta Político y su legado.
Tras
6 años de pasión política e inusitada intensidad
democrática en una España en construcción un militar
golpista, Martínez Campos, acaba con la Primera República
y coloca a los Borbones de nuevo al frente del Estado. Cánovas
toma las riendas y monta un sistema basado en la oligarquía y el
caciquismo y es cuando necesita una alternancia para dar una mínima
credibilidad al invento cuando aparece Sagasta. Así como un alter
ego del propio Cánovas hace posible el sistema, en el que discurren
los años 80 y 90 en esa suerte de alternancia de los dos partidos,
conservador y liberal, sobre una engrasada maquinaria electoral carente
de cualquier atisbo de ética y muy distante de todo principio democrático.
Y en
este marco es a Sagasta a quien le toca jugar el papel de "progresista"
y en ese juego llegan algunas luces, como dos frutos tardíos del
sexenio democrático: los juicios por jurado y el sufragio universal.
Pero que no obstante no alteran un sistema tan particular en un pais presidido
por la idea canovista de aislamiento respecto a Europa y que cercena de
la vida política al grueso de su población. Son años
en los que no se construye una nación, un estado que aglutine,
una administración que funcione o se forje una idea atractiva de
la política, sino por el contrario un coto privado: intereses de
oligarcas, caciques y redes clientelares particulares. Años de
represiones constantes a movimientos obreros y sociales que toman cuerpo
de manera imparable en este contexto tan hostil.
Un sistema,
el canovista, pues Canovas fue guionista y actor principal con nuestro
paisano Sagasta como principal actor secundario, además de otros
ilustres, que desemboca en una traca final, la del 98, desastre de todos
conocido y tan lamentado. Repose pues el político Sagasta su merecido
descanso y huyamos de panegíricos de campanario.
Logroño,
25.11.02
MPT
SAGASTA Y
LOS DEL "P.P.ENSAMIENTO UNICO"
Partiendo
de la lógica de que a todo ciudadano se le debe reconocer su labor
ejercida en bien de su comunidad, parece evidente que al torrecillano
Sr. Práxedes Mateo Sagasta toca y con razón, recordarle
como uno de los prohombres que a caballo de dos siglos lidiaron en la
política española. Sin embargo me parece banal recrearnos
en su supuesta o no actitud caciquil para con su pueblo y su gente, que
otros, (historiadores, comunicadores, investigadores...etc,) de largo
han escrito sobre la oligarquía y el caciquismo imperante en aquella
España. Como atrevido por mi parte sería desarrollar su
vertiente humana, que ni tan siquiera intentaré prejuzgar por respeto.
Solo me detendré en dejar constancia de dos situaciones que sí
creo merecen un brevísimo comentario y algunas consideraciones
que algunos tildarán de "clasista".
En
primer lugar, observo con preocupación cómo los que renuncian
a conveniencia de su antecedente partidario Alianza Popular (AP), hoy
PP, intentan en el presente sacar pecho y partido del liberal camerano.
Y, en segundo lugar no sólo lo |