Sagasta, el político.
Coincidiendo con el aniversario y la exposición "Sagasta y el liberalismo" de este torrecillano, camerano, riojano y español, tan contovertido en su época y en la actualidad, nos ha parecido interesante abrir un "debate paralelo", en el que quepan todas las opiniones, conscientes del oportunismo de los que ahora dicen ser sus herederos políticos y lo arriesgado de dar opinión crítica al respecto.

Práxedes Mateo Sagasta, ¿cacique o progresista?. Esta, entre otras, es la cuestión


COLABORACIONES
AUTOR
Sagasta riojano y español ilustre José Luis Bermejo Fernández
Otro Sagasta,... y sin acritud José Luis Gómez Urdáñez
Sagasta y Torrecilla Jesús Ruiz Belautegui
Carta a Cánovas Miguel Angel Ropero Sáez
Sagasta, el hombre y su estatua Marcelino Izquierdo Vozmediano
Un político adelantado a su tiempo Conrado Escobar
Sagasta: otra oportunidad hace un siglo Juan José Laborda Martín
Sagasta y el miedo al mono J. Manuel San Baldomero Úcar
El verdadero Sagata recobrado José Ramón Milán García
Sagasta en perspectiva histórica José Luis Ollero Vallés
Un hombre inquieto e inteligente Luis Angel Alegre Galilea
El sistema canovista y el papel de Sagasta PSA 
Sagasta valedor del sistema caciquil de Cánovas MPT
Sagasta y los del "PPensamiento único" JMBC

SAGASTA RIOJANO Y ESPAÑOL ILUSTRE

José Luis Bermejo Fernández
Diputado Nacional por La Rioja

Los aniversarios, las fechas señaladas, son una buena ocasión para recuperar y reivindicar la memoria de algunas personalidades históricas amenazadas por el olvido.. Esto sucede ahora con Práxedes Mateo Sagasta, ilustre político español, riojano, que falleció en 1.903, cumpliendo por tanto un siglo desde su muerte. Es, ha sido sin duda, una de las personalidades singulares del siglo XIX y de nuestra Historia Contemporánea española.

Después de nacer en Torrecilla en Cameros, pequeño pueblo serrano de la entonces provincia de Logroño, en 1.825, y de pasar su vida hasta los quince años en la capital, partió a Madrid donde se instruyó en matemáticas y filosofía.

Ingresó en la Escuela de Ingenieros de Caminos donde finalizó la carrera con el primer puesto de su promoción.

Su primer trabajo técnico lo desarrolló en la vieja Castilla dirigiendo las obras de la carretera Orense Zamora, ciudad ésta última donde tuvo lugar el romántico episodio con la que sería su compañera sentimental para siempre, protagonizando la leyenda que ha sufrido versiones para todos los gustos. También en Zamora comenzó realmente su devenir político al ser nombrado jefe del Partido Progresista, ocupando el escaño en el Congreso de los Diputados en representación de la ciudad castellana.

Naturalmente, el emitir un juicio o simple comentario reflexivo acerca de un personaje histórico, se genera, querámoslo o no, un cúmulo de opiniones personales y de impresiones, también personales, sobre la figura histórica motivo de debate. Todas ellas, lógicamente, producto subjetivo de cada persona y de aquéllas que han demostrado interés por las fuentes históricas del personaje. Los análisis, las opiniones, por lo tanto, están servidos.

Para unos, las virtudes que acumula Sagasta son interesantes, válidas y dignas de tener en cuenta y respetadas desde el punto de vista de la Historia. Virtudes que convierten a Sagasta en el líder progresista que es capaz de construir la España liberal, imprimiendo con sus impulsos y reformas un nuevo funcionamiento político moderno rompiendo la imagen de España atrasada, acercándola a las modernas democracias de Europa.

Para otros, fue un personaje impulsivo, provocador, vehemente y astuto, desmesurado protagonista radical que favoreció el fenómeno social del caciquismo, masón, periodista, poco amante de la cultura política y con escasa capacidad como gobernante.

Son muchos y variados los análisis que se han presentado de su figura histórica y política.

Creo que hay que recordarle como un protagonista singular de la vida española del siglo XIX, en su segunda mitad, y como el que estableció un liberalismo progresista que apostaba por la modernización política y material merced a las reformas sociales impulsadas por él, como la Ley de Asociaciones y la introducción del sufragio universal.

Desde el debido respeto a las opiniones plurales, Sagasta fue un político por excelencia, inteligente, destacado. La política sagastina estuvo presente en todos los ambientes y foros sociales. Luchó por la libertad constitucional y el derrocamiento de la monarquía de Isabel II , que le ocasionó el exilio e incluso condenas a muerte. Perseveró y con la Revolución de 1868, "La Gloriosa" consiguió el destierro de Isabel II.

Ministro y Presidente de Gobierno de España fue el antagonista de Cánovas del Castilllo, jefe del Partido Conservador, en la lucha por el poder político y con el que fue capaz de firmar el Pacto del Pardo que aseguraba el turnismo pacífico de Partidos, consiguiendo un período de paz relativa en España.

Asesinado Cánovas del Castillo, Sagasta fue nombrado Presidente del Gobierno a solicitud de la reina regente María Cristina quien le volvió a reclamar en 1901 siendo Diputado por la provincia de Logroño. Al acceder al trono el rey Alfonso XIII, se retiró de la vida política, falleciendo en 1903.

Sagasta mantuvo en los inicios de su vida política un intenso radicalismo, un patente anticlericalismo y un ferviente deseo de derrocar a Isabel II, monarquía que despreciaba.

Al final de su vida dio un giro a estos planteamientos, defendiendo la monarquía constitucional, aceptando el hecho religioso, alejándose de los extremismos propios del difícil siglo de transición, de lucha y de ansia por las reformas sociales del XIX.

El siglo XIX español es merecedor del rigor y análisis histórico y con él, la figura del riojano Sagasta.

Cien años después de muerte, España y La Rioja por medio del Congreso de los Diputados, ha sabido reconocer la memoria de este polifacético político con la aprobación, por unanimidad, de una Proposición No de Ley presentada por el firmante de este artículo en nombre del Grupo Parlamentario Popular, rescatando su imagen del olvido y hacer justicia a su memoria con la colaboración con el Gobierno de La Rioja y la Fundación Sagasta en la organización de la magnífica Exposición que los visitantes hemos disfrutado y la concesión del sello conmemorativo que recientemente se ha presentado en Logroño y en Torrecilla en Cameros, sin olvidar la interesante iniciativa de la Asociación de Periodistas de La Rioja de su particular exposición, actualmente en vigor en su sede.


OTRO SAGASTA, ... Y SIN ACRITUD

José Luis Gómez Urdáñez

Los estudiantes de historia deben de estar perplejos. Cuando estudian el siglo XIX español todo es caciquismo y oligarquía, elecciones amañadas, escándalos financieros, hipocresía generalizada ante el "problema religioso", vergüenzas nacionales que se suelen exponer conservando anonimatos, o como mucho, mencionando los nombres de los sicarios o de los torpes que se dejaron pillar. Los respetables, los Cánovas y los Sagastas, los Alfonsos y las Isabelonas, quedan siempre tras la cortina, posando ya para el futuro busto en que les convertirá la historia. Diríase que el XIX español es el siglo del caciquismo, pero no el de los caciques, o el siglo de la oligarquía, pero sin oligarcas.

Escrita así la única historia que puede ser divulgada, la historia subvencionada, el Sagasta recién conmemorado, que obviamente está en los infiernos, se tronchará de risa al ver cómo sus paisanos han querido llevarle al cielo (un sitio inhóspito lleno de frailes y vírgenes, pensaría el gran pagano); pero, seguramente, se habrá dado cuenta ya nuestro ilustre socarrón camerano de que cuanto más se va sabiendo sobre su vida real peor cara ponen los que se hicieron demasiado deprisa la foto junto a él. Y es que en los tiempos que corren en esta Rioja del comisariado cultural, se les ha colado en palacio nada menos que el impresentable Sagasta, un masón, un rojo, un adúltero, un irreverente, todo eso y algo aún peor y más peligroso: un tipo listísimo, de izquierdas, y encima guasón. Los que le propusieron como modelo de la democracia vigente ya no saben qué hacer con él.

El marrullero de Torrecilla fue genial, pero en su tiempo. Veleidoso. y escéptico, podía decir hoy una cosa y mañana la contraria, y seguir en el sillón; prometía defender la libertad de cultos en brillantes discursos laicistas, pero daba dinero al cabildo de La Redonda, con cuyos curas mantenían muy buenas relaciones, él y toda su familia (igual que con los de Zamora). Era tan pillo que, siendo masón y Gran Maestre, justificó su fe en pleno hemiciclo, entre las carcajadas de sus oponentes, diciendo que no sabía que la masonería fuera mala y que el Papa la hubiera prohibido. El gran anticlerical defendió el catolicismo, sí, cuando hizo falta, y al propio Cristo, al que presentó como revolucionario y demócrata; y llegó al poder por la revolución y prometiendo democracia, pero no dudó en coger el garrote como ministro de gobernación y apalear a todo el que representara un peligro para su "libertad con orden".

Cuando se zafó al fin de competidores en el progresismo pactó con Canovas; prefirió entenderse con los conservadores antes que hablar con la izquierda, a la que machacó. Por esa habilidad personal para colocarse en el mejor sitio, siempre tuvo cargo... y cargos, pues sus "feudos" eran gobernados por familiares y criaturas, que amañaban las elecciones una tras otra. A veces, la contrapartida del pucherazo era, por ejemplo, un puente o una fábrica de tabacos, lo que todavía hoy los logroñeses siguen agradeciendo a su sobrino Amós Salvador -seis veces ministro- y al propio Sagasta, que se alza -el gran cínico- con el título de instaurador del sufragio universal.

Para dudoso desconsuelo de sus hagiógrafos locales, Sagasta nunca creyó en la democracia. La sociedad española le parecia inmadura, y no podía aceptar que todos los votos valieran lo mismo. Pero en realidad, le daba igual, pues no creyó ni en las urnas censitarias: los gobiernos se hacían en Madrid, al margen del resultado electoral, y él estaba en Madrid, en los centros neurálgicos, bienquisto con todos, negociando con todos y ...de todo, de destinos y de contratas, de ferrocarriles y ...de esclavos. El gran defensor de la abolición de la esclavitud -una máxima sagrada del progresismo- acabó aceptando los turbios negocios de algún amigo negrero que se estaba forrando en Cuba.

Creyente en el viejo lema kantiano, del progreso permanente, fue liberal y revolucionario cuando se enfrentó a la realidad impuesta por el cerril conservadurismo español, pero acabó en sus brazos cuando comprendió que si tocaba un ápice los privilegios de esa clase mezquina y rencorosa, eran capaces de acabar con todo, a bastonazos, con las urnas, o a cañonazos, hasta con la propia monarquía. Al menos -pensó el ingeniero desde la presidencia del gobierno-, que haya puentes, carreteras, progreso en España. Próximo el momento de la muerte, Sagasta añoraba lo que nunca habían tenido los españoles: unos reyes respetuosos y tolerantes. A ese ligero picorcillo quedó reducido el colosal ardor revolucionario de nuestro León de Los Cameros.

Aunque el gobierno de La Rioja y sus subvencionados se han comido los turrones antes de Navidad -el centenario se acaba de cumplir en enero y llevamos ya dos años de conmemoraciones- aún quedará algo que hacer con el Viejo Pastor (por ejemplo, exportar la extraordinaria exposición de los periodistas y difundir el extra de El Péndulo, del sagastino Roberto Iglesias). Y desde luego, lo más urgente: impedir que los estudiantes de historia sigan pensando que en España hubo alguna vez caciquismo sin caciques y oligarquía sin oligarcas.

Logroño, 11 de Marzo de 2003


SAGASTA Y TORRECILLA

Al escribir acerca de D. Práxedes Mateo Sagasta desde la cuna de su nacimiento, en éste año del centenario de su muerte tropiezo siempre en la misma piedra: "Sagasta nació en Torrecilla en Cameros el 21 de julio de 1.825" y me subleva el tener que oir y leer que su padre, D. Clemente, vino aquí semi por casualidad, tuvo a su hijo Práxedes y aquí se terminó la historia. ¡Pues no!. D. Clemente y Dña. Esperanza se casaron en Torrecilla el día 5 de diciembre de 1.819, él a los 17 años y ella a los 16. La relación de esta familia fue mucho más ancha y profunda que lo que aparentemente se cree.

Es posible que D. Clemente se refugiara aquí por razones políticas; pero no es menos cierto que sus padres tenían un comercio en Logroño. Dña. Esperanza, por su parte era hija de un comerciante de Torrecilla, D. Nicolás Mª. Escolar, que figura como dueño de un establecimiento de ultramarinos pero sobre todo como mercader de telas y paños; sin olvidar sus trabajos relacionados con la elaboración de chocolate. Todo esto nos lleva a pensar que la razón de la permanencia de D. Clemente en Torrecilla no sólo fue la implicación política, sino la actividad comercial. Posiblemente la familia Mateo Sagasta y la familia Escolar mantenían relaciones comerciales y éstas pudieron ser la ocasión del noviazgo y del posterior matrimonio de D. Clemente y Dña. Esperanza.

En la relación de los comerciantes de Torrecilla, aparece D. Clemente pagando la tasa para ejercer la actividad comercial, que se exigía a todos los que tenían negocios en la localidad; D. Clemente pagaba por su pequeño negocio de cerería y confitería una de las cuotas más bajas en Torrecilla: 21 reales en el año 1.832.

Del matrimonio de D. Clemente y Dña. Esperanza nacieron en Torrecilla tres hijos: Silvestra Isidora (31/12/1.823), Práxedes Mariano (21/07/1.825) y Pedro Gregorio (22/02/1.830) y fueron bautizados como consta en los libros de la Parroquia de San Martín de esta villa.

En el verano de 1.831, cuando el Obispo gira visita pastoral en la que son confirmados Práxedes y Pedro, el Ayuntamiento encarga a D. Clemente el postre para agasajar al Obispo, una fuente de huevos hilados.

El padre de Práxedes era cerero o confitero. Pero además de este trabajo D. Clemente pujó en la subasta pública del Ayuntamiento para el cargo de sisero, cargo que llevaba consigo la responsabilidad de tener abastecido al pueblo de carne, bacalao, vino, aceite y jabón.

Hay suficiente documentación en las actas del Ayuntamiento de los años 1. Y 1.832 acerca de los trabajos de D. Clemente relacionados con la sisa. Así mismo aparecen documentos hasta 1.833 algunos juicios por la renta de la casa en que viven y sobre débito de Dña. Esperanza con Gregorio Jiménez.

No sabemos con exactitud el año en que los Mateo Sagasta-Escolar fueron a residir a Logroño. Sabemos con certaza que en 1.839 ya no residían en Torrecilla, puesto que en el libro de Estadística General y Declaración de Haciendas D. Clemente aparece en el listado de "hacendados forasteros" siendo dueño todavía de dos casas, una en la calle Mayor y la otra en el barrio del Solar.

Con todos estos datos queda patente que la infancia de Práxedes y sus hermanos discurrió en esta villa y sin duda los recuerdos más bonitos de su niñez permanecieron vivos en su mente hasta el final de sus días.

Torrecilla se siente orgullosa y también desea colaborar con todas las iniciativas que se lleven a cabo con motivo del Centenario de la muerte de este gran humanista, político, ingeniero y gran hombre, que fue Sagasta.

Torrecilla en Cameros, 5 de febrero de 2003

Jesús Ruiz Belautegui
ALCALDE DE TORRECILLA EN CAMEROS


CARTA A CANOVAS


Prócer: ¿Ha valido la pena realmente? ¿Ha tenido algún sentido haber urdido, articulado, armado aquella Restauración... para esto? ¿Para que, al cabo de los años mil, vengan los tuyos y se lo monten con Sagasta? ¿De qué ha servido, entonces, toda la tramoya de la Fundación a vuestro nombre? No es por echar leña al fuego de vuestro desencanto y de vuestra indignación, pero para mí que este asunto está relacionado directamente con la urgencia que de pronto le ha entrado al conservadurismo español en travestirse de Centro. ¡Fuera símbolos, indicios, pistas, señales o lealtades que puedan conducirnos a las cocinas instaladas en el sótano, donde sigue cocinándose a escondidas la espesa sopa de la reacción! ¿Que para ello hay que enviar, de momento, al trastero el noble busto en mármol de vuestra excelencia? Pues... ¡para mañana es tarde! Ya habrá tiempo de reponerlo en su lugar de siempre. La política da muchas vueltas. Entre tanto, Señor, lo que ahora mola en los salones es la efigie de vuestro eterno adversario político. Es la cabeza en bronce de Sagasta.

Lo curioso es que el último contacto que el torrecillano tuvo con la derecha riojana –rama ultramontana, diríamos- se saldó con la separación de esa cabeza, precisamente, del resto de su cuerpo (¡que no son modos!), y con el posterior lanzamiento al fondo del río Ebro de tan ilustre testa. Bien es verdad que el hecho se produjo cuando ya hacía muchos años que don Práxedes había adoptado definitivamente la condición de estatua. Pero queda el dato sobrecogedor de esa simulación de magnicidio a lo bestia, en plan póstumo y en versión bronce.

Hoy toca sin embargo hacer exhibición de liberalismo y progresía. Hoy toca apropiarse por todo el morro del gran Sagasta (entre repaso y repaso a los escritos de Don Manuel Azaña ¡Qué cosas!). Hoy os toca a vos, Señor, ingresar en el cuarto oscuro de la Historia por una temporada –“sic transit gloria mundi”- .

Hay motivo, Excelencia, para cabrearse, ciertamente. Sin embargo no creo que lo haya para preocuparse. La zorra –dicen- podrá cambiar de pelaje, pero no de mañas. Por otro lado no sería la primera vez que malagueño y riojano pactaseis una cadencia y unas maneras en el relevo del disfrute del poder, un “turno pacífico o tranquilo”, como se le llamó por entonces. Algo que eliminó la práctica de asonadas periódicas y recurrentes y que desplazó, de una vez por todas, ese telón de fondo de “ruido de sables” a que tan tristemente acostumbrados os tenían los generales. Por cierto que acordasteis una tanda de relevos en el poder tan pacíficos que os permitieron a liberales y conservadores compartir los mismos clubes y los mismos consejos de administración (Una sola oligarquía, según los malpensados, con varios juegos de caretas).

Así que, si esto es un “revival” de aquello (y en cierto modo quiere serlo), la turnicidad de entonces se actualizaría, más o menos en estos términos: “¿Urge hoy, por cosas del guión, exhibir la faz del moderantismo conservador, por ejemplo? ¡Busto de Cánovas al canto! ¿Que el guión impone una puesta al día de liberalismo y progresía? ¡Marchando busto de Sagasta!” Y en ese trajín se teje y se desteje el enunciado y la carátula de un extraño Centro político. Un Centro que en geometría sería imposible. Un Centro que, curiosamente, no tiene nada a su derecha. Un Centro que no es Centro...

Vais tranquilizándoos ya, señor? Como veis todo se reduce a una cuestión de efigies; a la necesidad de disponer de bustos presentables de los que poder echar mano. Y es que con los políticos de ahora mismo la cosa esta difícil (y ellos lo saben). En lo tocante a imagen la actual camada política no logra trasladar al imaginario colectivo otro busto que no sea el que de ellos mismos asoma en “Los muñecos del Guiñol” ¡Y no hay manera de elevar ese nivel !. Sin embargo un siglo y cuarto de distancia –la vuestra, precisamente- da perspectiva y proyecta prestigio suficiente para que un líder de antaño se convierta en prócer, para que el látex urgente y grotesco del “muñecote” deje su sitio al mármol intemporal y solemne de la Historia.

Oportunismo e instrumentalización por tanto de vuestras limpias ejecutorias y hasta de vuestras nobles calaveras.

Y ya que hablamos de historia, señor, creo que en general a vos no os ha tratado nada mal. Aunque sí cometió con vuestra excelencia dos injusticias. Una cruzar en vuestro camino a un anarquista italiano que os privó del derecho a poder morir en vuestra cama; y otra, haber tenido que lidiar como rival político con un seductor nato. Más que en el detalle de las respectivas biografías (la vuestra y la de Sagasta) me he entretenido últimamente en escrutar vuestros rostros. Y –creedme- la batalla del porvenir la tenéis muy difícil. Y eso que vuestras distinguidas facciones, señor, son convincentes y vuestros miopes ojos de estudioso compulsivo transmiten lucidez y bonhomía. Pero ¡Ay! Mi ciudad –Logroño- lleva algo así como dos meses empapelada con un hermoso rostro –ya casi viejo- que me mira desde las paredes y desde las lunas de los escaparates con ojos sorprendentemente jóvenes. Unos ojos donde brilla la chispa de la agudeza, donde asoma el humor y se remansa la filantropía. Ojos implacables –casi seguro- ante la soberbia, la doblez y la pedantería. Cálidos ojos de amante curtido en románticos lances. Ojos comprensivos, más que tolerantes. Ojos conmovidos por el desvalimiento y el dolor ajenos. Ojos como brasas, (de viejo revolucionario reconducido). Ojos serenos de quien supo convivir con una condena a muerte. Ojos irreductiblemente sabios. Ojos de seductor (Con ojos así Picasso y El Ché fascinaron al mundo). ¡Los ojos de Sagasta! Excelencia, no hay nada que hacer frente a esos ojos.

¿Y sabéis qué? El artista Jesús Infante efectuó en su día un arriesgado y exitoso trasplante de cabeza en el hasta entonces acéfalo bronce que un día fue don Práxedes (y que se hallaba depositado en los almacenes municipales desde la decapitación antes narrada). Nos restituyó así a un Sagasta áulico y equilibrista (siempre don Práxedes fue un poco equilibrista) que pugna desde entonces por no perder la vertical y la dignidad sobre ese pedestal imposible y rácano que malamente lo sustenta en los jardines de “su Instituto”. Infante –premonitorio como buen artista- atinó al aproximar la semblanza del prohombre camerano a la del actor Ricardo Romanos. Luego este y el “mago” Bernardo Sánchez han elevado el sentido y los contenidos de los fastos sagastinos en La Rioja.

Noto, Excelencia, que aún os quema la amarga desazón por ese tufillo a deslealtad y oportunismo por parte de quienes hoy deciden.

¡Pero vamos a ver! ¿No compartís posteridad en la misma estancia de la Historia, Don Práxedes y vos mismo? Aprovechad entonces para poneros de acuerdo una vez más. Reeditad el pacto del “turno pacífico”. Imponed maneras y modales a quienes hoy os instrumentalizan impunemente. Exigidles dignidad para saber ceder los trastos del poder con clase. Pedidles moderación y mutuo respeto si quieren seguir usufructuando vuestros respectivos bustos. Reclamadles que -al igual que vosotros- sepan salir de la política pobres. Urgidles para que dejen de tensar la democracia; para que dejen de crispar la convivencia; para que dejen de joder, excelencia.

Reinstaurad en hemiciclos y despachos vuestro viejo “fair play”.

Me temo que tendréis que empezar por explicar a muchos de qué va eso...

Por ejemplo, contad aquello que dijo Sagasta cuando supo que vos –su rival político a lo largo de treinta años- habíais dejado de existir. –“Habiendo muerto Don Antonio –exclamo- todos los demás políticos podemos ya tratarnos de tú”-.

Cuestión de estilo.

Logroño 3 de febrero de 2003


Miguel Angel Ropero Sáez


SAGASTA, EL HOMBRE Y SU ESTATURA


La vinculación de Sagasta con el mundo de la Prensa no sólo tiene un carácter determinante en la faceta del político de altos vuelos sino, también, en la faceta del periodista en el amplio sentido de la palabra.

Sagasta fue primero columnista del periódico La Iberia y, posteriormente, director y editor de la publicación tras la muerte de su amigo Calvo Asensio, en 1863. Como jefe del Gobierno impulsó la Ley de Imprenta del año 1883, legislación que estuvo vigente en España hasta bien entrado el siglo XX. Durante los últimos años de su mandato, la prensa nacional dio un salto cualitativo, dado que la Guerra de Cuba y los avances tecnológicos permitieron a los periódicos incrementar sus tiradas, mejorar su calidad de edición y agilizar los vehículos de información y transmisión. Práxedes Mateo Sagasta nació en Torrecilla en Cameros (La Rioja) el 21 de julio de 1825. Era hijo de Clemente Mateo Sagasta, que había sido desterrado la capital camerana por los absolutistas, tras la caída del Trienio Liberal.

A los 15 años salió de Logroño para Madrid y empezó allí la carrera de Ingeniero de Caminos. Trabajó en la construcción del ferrocarril del Norte, tras lo que asumió la Jefatura de Obras Públicas de Zamora con 29 años. En 1854 ingresa en la política como diputado por Zamora. El fracaso de la Revolución intentada en 1866, con Prim al frente, obligó a Sagasta a exiliarse, hasta el triunfo, en 1868, de la llamada Gloriosa, que le llevó al Ministerio de la Gobernación; luego intervendría en la búsqueda de un candidato para el trono, ya como ministro de Estado. Con el nuevo rey, Amadeo de Saboya, llegó a ser presidente del Consejo de Ministros, pero tuvo que dimitir por una maniobra contra él.

Junto a Cánovas del Castillo, Sagasta hizo posible la Restauración de la monarquía Borbónica, retomada por Alfonso XII, tras haber encabezado un gobierno de transición (junio a diciembre de 1874) posterior a la finalización de la I República, en cuyos ministerios no participó. Formó el Partido Liberal Fusionista (1880), conocido como Partido Liberal, que accedió por vez primera al poder en 1881.

En su primera etapa en el poder (1881- 1884), se asentaron las bases de la reforma legislativa que se pondría en práctica en el segundo mandato (1885-1890), en el que modificó la esencia conservadora de la propia Restauración: instituyó el sufragio universal y la libertad de asociación, pensamiento, reunión y expresión, ley de libertad de prensa que estuvo vigente hasta bien entrado el siglo XX.

Durante el siguiente turno de gobierno liberal (1892- 1895) logró la cohesión interna del partido y la adhesión de las principales figuras políticas no conservadoras. En 1897, al ser asesinado Cánovas, Sagasta retomó el cargo del gobierno. A pesar de que concedió la autonomía a Cuba y Puerto Rico, Estados Unidos exigió la independencia total de Cuba y declaró la guerra a España en 1898 (Guerra Hispano-estadounidense). España salió muy mal parada, recayó íntegramente este fracaso sobre Sagasta y su partido, por lo que en 1899 abandonó su cargo.

Ya con 76 años, en 1901, regresó al poder y, merced a su prestigio, fue llamado por el joven monarca Alfonso XIII para presidir, por última vez, el Consejo de Ministros.

El corazón de Práxedes Mateo Sagasta dejó de latir el 5 de enero de 1903, apenas un mes después de que dejara la Presidencia del Gobierno, cansado ya de insuflar aliento al «político de las horas difíciles». De hecho, fue un encendido discurso parlamentario, en defensa del trono, el que desencadenó el principio del fin de su delicada salud. La conmoción fue enorme tanto en La Rioja como en el resto de España, pues había sido el jefe del Ejecutivo nada menos que en siete ocasiones y un hombre tan querido por unos como odiado por otros, aunque fuera un posibilista irredento. El todo Madrid desfiló ante su capilla ardiente y hasta el propio Rey, un entonces bisoño Alfonso XIII, no vaciló en postrase de rodillas frente al féretro de Sagasta, antes de que su cuerpo fuera inhumado -en loor de multitud- en el Pabellón de Hombres Ilustres. Allí, en el castizo barrio de Atocha, se puede visitar el monumento funerario que el inmortal escultor Mariano Benlliure modeló en su memoria.

De don Práxedes decía la historiadora puertorriqueña Bisa Rodríguez Rabell: «Tenía casi los 80 años y, por su inmenso amor a España, no quiso desatenderse de la política en el momento en que su país más lo necesitaba y tendría que enfrentar al poderoso ejército de los Estados Unidos y por eso se hizo otra vez el jefe de gobierno; pero jamás se sirvió del gobierno para hacerse rico u obtener prebendas. Salió de la política pobre y se negó a aceptar un título de nobleza».

La Prensa y hasta una incipiente industria cinematográfica reflejaron el adiós a un hombre que dejó su estela a futuras generaciones, quizás malgastada por endogámicos clientelismos, pero al que la historia no le ha otorgado la justicia que merecía.

Pero, más allá de su figura, quisiera hacer hincapie en los avatares de su estatua -instalada hace hace más de 112 años y, hoy, frente al instituto homónimo-, consustanciales con la historia reciente de España.

Era alcalde José Rodríguez Paterna, allá por el mes de julio de 1890, cuando el Ayuntamiento de Logroño acordó levantar un gran monumento a su hijo predilecto, Práxedes Mateo Sagasta, prócer que por entonces contaba con la edad de 65 años y estaba en la cresta de la ola en la Villa y Corte. Tres meses después llegó la estatua a la ciudad, obra del escultor Pablo Gibert y fundida por la empresa Comas y Cía., y fue emplazada frente a la fachada norte del Convento del Carmen, actual Instituto Sagasta. El presupuesto de la obra, dirigida por el arquitecto Luis Barrón bajo las instrucciones del arquitecto Mélida, fue de cien mil pesetas.

El 18 de enero de 1891, cubierta por una densa capa de nieve, la capital de La Rioja inauguró el monumento en solemne acto. La Corporación Municipal salió del Palacio de los Chapiteles -hoy Consejería de Cultura- camino de la tribuna levantada frente a la estatua. Tras los discursos de rigor, el alcalde Rodríguez Paterna descubrió los bronces del celebérrimo paisano. La música se dejó escuchar con brío, los cohetes estallaron bajo el plomizo cielo invernal y las palomas, en bandadas, se posaron sobre el riojano ilustre cuando la fiesta hubo acabado. Contemplando el cambio de siglo y mil avatares más, allí permaneció casi cinco décadas.

En plena Guerra Civil española, una triste primavera del año 1938, el entonces alcalde logroñés, Julio Pernas Heredia, acordó junto a su Concejo retirar la estatua del centro de la capital y llevarla a la orilla del Ebro, junto a Bodegas Franco-Españolas. La coartada fueron las obras de remodelación del Muro llamado de Cervantes y la excusa, colocar la estatua del por entonces satanizado Sagasta frente a su obra más emblemática: El Puente de Hierro. El monumento, diezmado de fuente, jardines y demás abalorios, quedó allá lejos, en el exilio. No eran buenos tiempos ni para el liberalismo progresista ni para nada.

Una noche, la alargada sombra del fanatismo obscureció el bronce sagastino. El 29 de noviembre de 1941, con el régimen de Franco aún en sus albores, una cuadrilla de jóvenes facciosos, bajo la advocación de la División Azul y arengada por el poder ilegítimamente constituido, asaltó la estatua, la decapitó, arrastró su cuerpo sobre el áspero suelo y arrojó su busto a las profundidades del Ebro. La cabeza nunca se encontró. Toda la ciudad supo lo ocurrido, pero la ley del silencio imperó una vez más. Algún editorial de prensa justificó la felonía de aquellos cachorros de la intolerancia, alguno de los cuales aún peina canas.

Todavía siendo alcalde Pernas Heredia, alrededor del año 1955, encargó al artista riojano Jesús Infante restaurar la cabeza de Mateo Sagasta en el cuerpo todavía maltrecho, que cumplía condena sine die en los almacenes municipales de San Francisco. El entonces escultor, y hoy acuarelista de prestigio, modeló el actual rostro de don Práxedes, mandó fundirlo a Madrid, y lo soldó con mimo. Pese a su recuperada apariencia, mantuvo la nueva obra su arresto entre viejos sillares y retorcidos hierros, entre albaranes tiznados de calco y embalajes rebozados en polvo. Veinte años más de propina sin ver ni la luz ni la justicia.

Al poco de morir Franco, buscó consenso Narciso San Baldomero -alcalde de la transición- entre los poderes políticos y fácticos de la capital a fin de rehabilitar el nombre y la figura -nunca mejor dicho- de Sagasta. La estatua remozada por Infante halló nueva peana y digno emplazamiento ese 12 de enero de 1976, en el lateral oeste del Instituto que lleva su nombre, frente al Muro llamado del Carmen. Ahora, cien años después de la muerte del insigne torrecillano, Ayuntamiento y ciudadanía buscan un pedestal más acorde a la altura de su protagonista, así como un lugar privilegiado para la estatua más polémica.

Logroño, 24 de Enero de 2003

MARCELINO IZQUIERDO VOZMEDIANO
Escritor y periodista


UN POLITICO ADELANTADO A SU TIEMPO

Práxedes Mateo Sagasta forma parte, por derecho propio, de la historia política de este país, no en vano fue principal protagonista de una de las etapas más complicadas del devenir político nacional de la que salió airoso. Como todos los políticos que han marcado una época, en su haber cuenta con importantísimos logros que han servido para cimentar la democracia que todos disfrutamos en la actualidad y, como no podía ser de otra forma, su biografía también recoge desaciertos propios de la condición humana y del vaivén de los tiempos en los que vivió.

Práxedes Mateo Sagasta era un camerano y un riojano de pro, que marcó la segunda mitad del siglo XIX de la historia de España. Lo era porque este torrecillano siempre agradeció a su tierra el carácter con el que le dotó e hizo gala de su arraigado paisanaje en todos los ámbitos de su vida, personal, profesional y político. En las distintas facetas que cultivó Sagasta: como ingeniero de caminos en sus comienzos, periodista durante una etapa o político a lo largo de toda su vida nunca se desprendió de dos virtudes que marcaron su carácter: la vehemencia en la defensa de sus convicciones y su talante progresista. Ambas presidieron su vida y le llevaron, según cuentan, de las barricadas de Madrid a la tribuna de oradores de las Cortes después, y a la presidencia del Gobierno en varias ocasiones.

La historia rara vez es justa con sus protagonistas, este político riojano no es una excepción. Iluminados del siglo XXI desgranan la vida de este político riojano y esbozan pinceladas sobre un personaje con todos los defectos de burguesía, pero lo ciertos es que a él hay que agradecerle la implantación del sufragio universal, el derecho de asociación, la implantación del jurado y la contribución a la estabilidad y la ‘paz política’ de un país convulsionado por los últimos estertores de un Imperio que se desmoronaba. Para algunos un pobre bagaje, para otros, la inmensa mayoría, méritos más que suficientes para que todos los riojanos y, en especial los cameranos, se sientan orgullosos de la labor política que desarrollo nuestro paisano desde la presidencia del Gobierno y en todas y cada una de las carteras ministeriales que ocupó a lo largo de su vida.

Sagasta fue un adelantado a su tiempo, uno de esos pocos personajes privilegiados que son capaces de ver más allá de la época en la que le ha tocado vivir y con la gran habilidad de no perderse en quimeras desatendiendo lo cercano. Su apego a lo cercano y sus innegables cualidades como político hizo posible que este liberal impulsara durante sus cinco etapas al frente del Gobierno español importantes reformas, en especial durante su segundo mandato al frente del Ejecutivo (1885-1890), etapa en la que Sagasta plasmó lo mejor del liberalismo a través de importantes reformas legislativas que supusieron un giro de 180 grados en las convicciones conservadoras de la época.

Al político riojano, la historia de España le debe la institución del sufragio universal y la garantía de libertades tan importantes para nuestra sociedad como la de asociación, reunión y expresión.

La actividad política de Sagasta merece, merced a estos logros, el mayor de los reconocimientos de la clase política actual, ya que muchos de los derechos fundamentales e inalienables de los que ahora disfrutamos los ciudadanos tienen su germen en el pensamiento de este riojano. Sagasta es uno de los mejores ejemplos en los que basar carreras políticas, un personaje polifacético y progresista, capaz de sentar las bases de una paz social a través del diálogo y del acuerdo para buscar lo mejor para España y los españoles. En definitiva lo que en la actualidad algunos denominan un ‘animal político’.

El pasado 3 de enero se conmemoraba el centenario de la muerte de Sagasta. El político riojano moría en Madrid a los 77 años de edad y, tal y como reflejan los cronistas de la época, todo Madrid acudió a honrar la figura de Sagasta en sus funerales. Días después de su muerte un semanario de la época glosaba la figura de Sagasta y vaticinaba que dentro de un siglo el político riojano sería recordado como un gran hombre, poco se equivocaba el rotativo madrileño. Cien años después, los actos dedicados a la figura de Sagasta, en especial la exposición “Sagasta y el liberalismo”, han trascendido las fronteras de La Rioja para reivindicar el protagonismo de un político que marcó un antes y un después en la historia de España.

La Rioja también ha tributado un merecido homenaje a Sagasta a lo largo de 2002 y seguirá haciéndolo durante este año de su centenario. Distintas instituciones riojanas constituyeron recientemente la Fundación Sagasta, con el propósito de impulsar distintos actos que homenajeen al ilustre riojano. A su vez, es digno de elogio el esfuerzo del Ayuntamiento de Torrecilla, cuna de Práxedes Mateo Sagasta, que desde la Fundación y desde su autonomía municipal ha organizado múltiples eventos para honrar la figura de su insigne hijo.

Nuestra Comunidad Autónoma ha rendido su merecido tributo a la figura de Sagasta y sin lugar a dudas continuará haciéndolo dentro de otros 100 años ya que los méritos realizados por el político riojano no son de los que tienen fecha de caducidad, ya que presiden los actos que tienen lugar en las Cortes Españolas, y no sólo por la presencia de su retrato en el Palacio del Congreso de los Diputados.

Logroño, 16 de enero de 2003

Conrado Escobar
Secretario General del Partido Popular de La Rioja


SAGASTA: OTRA OPORTUNIDAD HACE UN SIGLO


Recuerdo con placer la tarde que en Logroño asistí a la representación de la obra escrita por Bernardo Sánchez, “El sillón de Sagasta”. En el precioso teatro Bretón, restaurado dentro del modélico programa impulsado hace unos años por el Ministerio de Obras Públicas (¡qué hermosa denominación suprimida!), el actor Ricardo Romanos daba vida con realismo al líder liberal riojano. Práxedes Mateo Sagasta (1827-1903), se hizo pintar ataviado con el traje negro y sobrio que distinguía a los políticos civiles decimonónicos de sus colegas militares por el palentino José Casado del Alisal, cuando presidió el Congreso. Tiene un gesto informal, relajado, que contrasta con el envarado y multicolor de los muchos presidentes de las Cámaras parlamentarias de profesión militar. La cadena de oro del reloj que cruza su chaleco, es la única concesión obligada a los cánones de la distinción de la época. La obra de Bernardo Sánchez se asienta en un monólogo en el que Sagasta relata su vida y sus sueños mientras Casado del Alisal le retrata sentado en un sillón.

Este año se cumplirá un siglo de su muerte. “Un soñador que ha tenido que arriar banderas”, escribió de él un notable historiador. Y ciertamente, Sagasta fue, con Cánovas, el otro personaje que llevó a cabo la obra política más realista y ambiciosa de todo el siglo XIX. Un revolucionario decepcionado de la revolución, que hizo posible el pacto que dio origen al régimen constitucional más duradero de nuestra historia. Protagonista activo en la Revolución Gloriosa de 1869, desde su puesto de ministro de la Gobernación del gobierno provisional, aseguró eficazmente la institucionalización que llevarían a cabo las Cortes constituyentes aprobando la Constitución de 1869.

La violencia pulverizó los sueños del Sexenio revolucionario. Para empezar, el asesinato de Prim, no sólo el artífice del régimen, sino el soldado que había observado personalmente durante la Guerra de Secesión norteamericana, los efectos perversos del sistema de esclavitud, parecido al que estaba envenenando también a Cuba, sublevada seis días después de constituirse el gobierno provisional en Madrid. Y para continuar, todas las violencias imaginables: las insurreccionales de carlistas, cantonalistas y federalistas; las armadas, de Pavía y Martínez Campos; las legales, como la inconstitucional proclamación de la Primera República tras la abdicación desolada de Amadeo de Saboya. Fue entonces cuando el pueblo español adquirió ante los ojos del mundo una doble fama: la de ser tan idealista como ingobernable.

Sagasta tuvo el mérito de incorporar a buena parte de los cuadros del liberalismo revolucionario a la política parlamentaria, para jugar en el marco de la legalidad constitucional. No todos le siguieron. En el cementerio de Burgos descansa Ruiz Zorrilla, contumaz conspirador hasta el final. Sin embargo, desde mi perspectiva, Sagasta está más próximo a mis convicciones reformistas y democráticas, que lo que puedo destilar de la romántica vida política del revolucionario nacido en el Burgo de Osma, cuya tumba contemplo todos los años. El sistema político manejado por Cánovas y Sagasta se justificó en su tiempo, frente a sus adversarios, con ideas que nos resultan hoy comprensibles. Una Constitución capaz de asegurar el gobierno de partidos distintos. Una gran obra legislativa que, hay que reconocerlo, ha llegado hasta nuestros días en forma de admirables códigos, como el promovido por el burgalés Alonso Martínez. Fin del protagonismo de los militares en la política. Un desarrollo industrial que produciría la emergencia del movimiento obrero y con él, de nuevos liderazgos y proyectos políticos. Un florecimiento científico y cultural, con la Institución Libre de Enseñanza, pasando por Ramón y Cajal hasta llegar a la Generación del 98.

Es también, lo sabemos, la época de la oligarquía y del caciquismo. Pero no deberíamos desconocer que por entonces, ni siquiera Gran Bretaña era un estado democrático, en el sentido de una plena participación popular en sus poderes. Las denuncias de Joaquín Costa se corresponden bien con las que en el Reino Unido impulsarían las reformas del Parliament Act de 1911, por las que se abriría la posibilidad electoral para los partidos obreros, integrándose así en las instituciones representativas británicas. No sucedió lo mismo en España. Pero hay que destacar que el empeño de Sagasta por lograr el sufragio universal masculino, alcanzado en 1890, es perfectamente comparable a las reformas electorales efectuadas por Disraeli, primero, y por el Liberal Party, después. Otro tanto puede decirse de sus reformas judiciales, instaurando el juicio por jurado, lo que llevó a Emilio Castelar a declarar que se habían cumplido los dos sueños de los revolucionarios de 1868.

Lo que quebró las expectativas del sistema de la Constitución de 1876 y sus posibilidades integradoras fue el descalabro de 1898. Pero es preciso destacar algunos errores precedentes. Por ejemplo, las consecuencias del bloqueo conservador a las reformas militares planeadas por Sagasta en 1887, con las que perseguía acabar con el nefasto sistema de reclutamiento que permitía los “soldados de cuota”, para crear un auténtico ejercito nacional. Por otra parte, la apuesta por la libertad de imprenta y de prensa, no fue correspondida con sentido del Estado en los momentos de crisis política. Jesús Pabón, el gran historiador de ese tiempo, señaló la dependencia de los políticos de “una prensa al servicio de una consigna, esencialmente falsa, porque aparenta representar una opinión cuando la está creando en la mentira.” “Sobre una fe y un sentimiento sagrados –la integridad del territorio nacional- se pone en marcha una colosal mentira: No había más alternativa que el deshonor o la guerra.”

En 1903, Sagasta falleció. Toda la generación política de 1868 y 1876, había desaparecido. Se iniciaba el siglo XX, y se extendió la creencia de que se podía olvidar el pasado. Un cuarto de siglo después del acuerdo que hizo posible la Constitución de 1876, la depresión nacional de 1898 sorprendía a los nuevos líderes liberales y conservadores. Aquellos que aspiraron a las reformas, Maura o Canalejas, por distintas circunstancias, fueron expulsados del circuito político. La competencia por el poder fue, en adelante, el gran móvil y casi único móvil. Fragmentado el sistema de partidos turnantes, la figura del joven rey emergía peligrosamente, destacando por encima de una pléyade de dirigentes carentes de la altura de miras de los fundadores del régimen. Incapaces de otra estrategia que la meramente defensiva, más fieles a las palabras que a las ideas del liberalismo, cerraron el paso a los intelectuales, profesionales y obreros que se agrupaban en los nuevos partidos republicanos y en el socialista. También carecieron de imaginación política, con algunas excepciones, como la creación del régimen de Mancomunidades en Cataluña, para captar lo que significaban los nuevos movimientos nacionalistas vasco y catalán. Impermeable el sistema político a la integración de esas nuevas realidades sociales y políticas, el debate salió de las instituciones a la calle y a los periódicos. Nuevos contratiempos militares, esta vez en África, agrietaron los ejércitos y los enfrentaron con una parte de la sociedad. En 1923 Primo de Rivera, con el apoyo del rey y de una parte de la prensa y de la opinión pública, derribaría el régimen erigido en 1876. Presidía entonces el Senado Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, el biógrafo y discípulo más fiel de Práxedes Mateo Sagasta. Aunque llegó a vivir hasta años después de acabada la Guerra Civil de 1936, nadie se preocupó de colocar el cuadro que le correspondía como presidente del Senado en el palacio de la plaza de la Marina Española. Fueron los constituyentes de 1977 quienes, por respeto al pasado, completarían con una copia de otro retrato de Romanones, la galería histórica de presidentes senatoriales. Entonces queríamos tener presente el pasado. Veinticinco años después, conviene recordar, valga la paradoja, el olvido de 1903.

Logroño, 16 de enero de 2003


Juan José Laborda Martín
Ex-presidente del Senado
Actual portavoz del Grupo Socialista en el Senado


SAGASTA Y EL MIEDO AL MONO


Un icono del imaginario colectivo español tan persistente como las cartas de la baraja, el toro de Osborne o el tricornio de la Guardia civil es el envase y la etiqueta del "Anís el mono". El barcelonés Vicente Bosch, propietario de la fábrica de anís, diseñó en 1870 una botella, que agrandaba las medidas de un frasco de perfume francés, y mandó dibujar para ella una etiqueta en la que un primate humano presentaba unas botellas sosteniendo un pergamino que proclamaba: "Es el mejor. La Ciencia lo dijo y yo no miento". Esta ciencia que lo decía, y por la que Bosch tomaba partido con su etiqueta, era la que había hecho pública Charles Darwin el 29 de noviembre de 1859 con su libro Origen de las especies.

Temprana y tímidamente el darwinismo había empezado a conocerse en España con las Nociones de Historia Natural (1859) de Rafael García Álvarez, catedrático de Historia Natural del Instituto de Granada, con el naturalista Antonio Machado y Núñez, catedrático de Historia Natural de la Universidad de Sevilla, quien desde 1860 lo propagaba abiertamente, y con la publicación del libro de José Monlau para uso de los maestros de Instrucción primaria titulado Compendio de Historia Natural (1867). La fundación de Instituciones y publicaciones como La Sociedad Antropológica Española y su Revista de Antropología (1865) y La Sociedad Española de Historia Natural y sus Anales de la Sociedad Española de Historia Natural (1871), potenciaron decisivamente su difusión.

A medida en que el darwinismo se iba divulgando y sus controversias llegaban a ateneos, periódicos, revistas e instituciones científicas y docentes las llamadas "gentes de orden" se espantaban ante la fea y blasfema idea de un parentesco con el simio. Hacia 1873 la polémica sobre el mono alcanzaba cotas inusitadas. Así, por ejemplo, en Santiago de Compostela un joven catedrático de Historia Natural, llamado Augusto González Linares, que había destacado entre los jóvenes oradores del Ateneo de Madrid, caldeó los ánimos de la ciudad con su fe científica de tal modo que, como cuenta el doctor Carracido en su libro Estudios histórico-críticos de la Ciencia española, "con el mismo valor que se venían discutiendo la soberanía nacional y la separación de la Iglesia y el Estado, empezó a discutirse en los círculos intelectuales la mutabilidad de las especies y el origen simio del hombre, no siendo raro oír a grupos de estudiantes, en sus pasos por la Herradura, por la Rúa del Villar o por el Preguntoiro, disputar acerca de la lucha por la existencia, de la selección natural y de la adaptación al medio, invocando los testimonios de Darwin y de Haeckel"

Pero el verdadero motivo de alarma ante el darwinismo era social y político. El darwinismo resultaba revolucionario porque socavaba los cimientos del orden social establecido. Si para la burguesía krausista Darwin significaba la ratificación de sus postulados reformistas, y por ello le nombraron en 1877 profesor honorario del cuadro docente de la Institución Libre de Enseñanza, para los proletarios anarquistas o socialistas el darwinismo simbolizaría la defensa científica del igualitarismo y del materialismo, y la confirmación de que el capitalismo no era un estadio definitivo en la evolución de las sociedades humanas. No en vano Carlos Marx había dedicado a Darwin en 1867 el tomo primero del El Capital por considerar el evolucionismo el modelo de la ciencia social que él pretendía descubrir: el desarrollo de las sociedades históricas seguiría estadios y mecanismos parecidos en gran parte al de la evolución de las especies animales.

Tras la restauración monárquica en Alfonso XII en enero de 1875, accedió al gobierno Cánovas y fue nombrado Ministro de Fomento el alfareño Manuel de Orovio. El Marqués de Orovio recibió por segunda vez, lo había hecho ya en 1867, el encargo del gobierno de reprimir a los profesores dependientes del Estado que en sus explicaciones enseñaran algo "contrario al dogma católico" y a la "sana moral". Sus medidas legales darían lugar a la llamada "segunda cuestión universitaria". En la Circular del 26 de febrero de 1875 a los rectores de Universidad el razonamiento de Orovio no podía ser más claro. Si casi la totalidad de los españoles era católica y el Estado era católico, la enseñanza debe obedecer a este principio, sujetándose a él con todas sus consecuencias. Partiendo de esta base, el gobierno no podía consentir que en las cátedras sostenidas por el Estado se explicara contra un dogma que era "verdad social" en España. "El hecho positivo del modo de ser, del modo de creer, del modo de pensar y de vivir de un pueblo es el fundamento en que debe apoyarse la legislación que se aplique", concluía el "positivista" Orovio.

Los primeros en recibir las órdenes de su Rector y negarse a cumplirlas fueron Augusto González Linares y Laureano Calderón. Tras la destitución de éstos, Emilio Castelar, Laureano Figuerola y Montero Ríos renunciaron a su cátedra para manifestar su descontento y fueron detenidos y confinados Francisco Giner de los Ríos en Cádiz, Nicolás Salmerón en Mérida y Gumersindo de Azcárate en Lugo. Al protestar por las medidas de Orovio, Azcárate declaraba rotundamente que la ciencia y la enseñanza debían liberarse de la tutela de la teología y de la censura de la Iglesia y que la libertad de cátedra no podía tener como límite una forma o sistema de gobierno. Tales limitaciones eran "incompatibles con la dignidad de la ciencia".
Los aires cambiaron con el primer gobierno de Sagasta formado a principios de febrero de 1881. El viejo liberalismo ilustrado sopló de nuevo con fuerza como ya lo había hecho en la revolución de septiembre de 1868. "La razón es libre por naturaleza y no acepta órdenes que le impongan tomar por cierta tal o cual cosa", había escrito Kant en La contienda entre las facultades, y el hombre ilustrado debe atreverse a hacer un uso publico de ella sin ninguna tutela. El primer gabinete de Sagasta dio la Real orden circular de 3 de marzo de 1881 en la que Albareda, ministro de Fomento y krausista, derogaba la de Orovio y disponía la reincorporación a sus cátedras de los profesores separados. La circular era todo un manifiesto liberal: los obstáculos legales no han conseguido jamás que desaparezcan las ideas; los gobiernos no son, ni han sido nunca, poderosos para detener el vuelo del espíritu, ni para limitar las conquistas de la ciencia "en las elevadas regiones, donde el espíritu se afana por encontrar la verdad"; y la razón especulativa ha de ser independiente "sin que allí alcance la represión ni la violencia".

Ante un hito tan decisivo para la ciencia, para la filosofía y para la educación en España, no produce extrañeza que Emilio Castelar, el más kantiano de todos los profesores del siglo XIX español, reconociera en el periódico La France el valor de Sagasta: "El señor Sagasta ha colgado la ley de imprenta en el museo arqueológico de las leyes inútiles; ha abierto la universidad a todas las ideas y a todas las escuelas; ha dejado un amplio derecho de reunión que usa la democracia según le place, y hemos entrado en un período tal de libertades prácticas y tangibles que no podemos envidiar cosa alguna a los pueblos más liberales de la tierra".

En fin, dos riojanos tuvieron en sus manos el destino de la libertad de investigación, de expresión y de enseñanza en el último cuarto del siglo XIX español. Un miedoso marqués al que horrorizaba que su gloriosa genealogía entroncara como la del resto de los mortales con un simio arborícola, y un valiente ingeniero de caminos, hijo de sus obras, públicas o privadas, al que poco importaban sus ancestros antropoides si una rama colateral había desarrollado la razón y la libertad. Un nuevo espacio de libertad fue conquistado en España para posibilitar oír lo que decía la ciencia, como quería el mono del anís con su pergamino. Libertades prácticas y tangibles que, como escribió en cierta ocasión Julio Caro Baroja, fueron posibles gracias a "un hombre agudo, mefistofélico, sonriente, nada pagado de su cultura, ni de sistemas, doctrinas y teorías, y, que, por cierto era también riojano como Orovio, don Práxedes Mateo Sagasta. Sagasta permitió a los profesores republicanos seguir profesando y a los canónigos carlistas seguir predicando. ¡Que más puede pedirse en un país como éste!".

Logroño, 13 de enero de 2003

José Manuel San Baldomero Úcar
Catedrático de filosofía del I. E. S. Práxedes Mateo Sagasta


EL VERDADERO SAGASTA, RECOBRADO

Dentro de la ya consolidada recuperación que en el terreno de la historiografía más profesional y académica ha experimentado en la última década la biografía histórica y de la catarata de conmemoraciones con que las instituciones públicas han tendido a llenar una oferta cultural necesitada a menudo de mayor imaginación y audacia, resulta aleccionador rastrear las claves explicativas de los vaivenes por que en el último siglo ha discurrido la memoria histórica y el estudio de los personajes más relevantes del pasado en un país de tan compleja y exuberante herencia histórica.

En este sentido los ideales, prejuicios e intereses de las sucesivos períodos porque ha discurrido España a lo largo del siglo transcurrido desde la muerte de Sagasta han distorsionado hasta tal punto la imagen histórica de este personaje que sólo ahora empezamos a recobrar sus auténticos perfiles reales. Para ello era esencial comenzar por no olvidar que Sagasta fue antes que nada un liberal decimonónico consecuente con las líneas generales de la visión de la sociedad propia de este movimiento ideológico -elitista pero a la vez modernizadora- y preocupado por problemas cuya solución parecía perentoria al liberalismo progresista en que siempre militó. Resulta en extremo sencillo descalificar a tales políticos por su disposición a servirse de un eficaz entramado de relaciones clientelares de tipo caciquil que extendieron por todo el país en aras de obtener y conservar el poder. Criticarles por su falta de escrúpulos para recurrir a todo un catálogo de artimañas -suplantación de electores ya fallecidos pero incluidos en el censo, coacciones diversas a los votantes del candidato rival, compra de votos, falsificación del acta electoral, etc.- que suplantaban la voluntad de una población en su mayoría campesina, analfabeta y ayuna de formación en el ejercicio de sus derechos políticos y funciones representativas y condicionada por unas estructuras laborales y de la propiedad profundamente injustas.

Tales críticas, sin duda necesarias pero a la vez simplistas, fueron lanzadas ya en vida de Sagasta por intelectuales y políticos de oposición que, comenzando por los regeneracionistas y acabando por los integrantes de la generación de 1914 que encabezados por Ortega y Azaña protagonizaron más tarde el advenimiento de la Segunda República, ayudaron con ellas a destruir el escaso prestigio que aún poseían los notables liberales de la monarquía borbónica, llegando a calificar el sistema de la Restauración como una pura "fantasmagoría" ajena al aliento de la España "real".

Ni el regeneracionismo peculiar del general Primo de Rivera ni el radicalismo democrático de los políticos de izquierda republicana podían sintonizar con el estilo de hacer política pragmático, desapasionado y realista, si se quiere un tanto cínico, propio de aquellos notables de la Restauración que con Cánovas y Sagasta al frente habían logrado aplacar décadas antes la espiral de violencia que durante buena parte del siglo XIX había presidido nuestras contiendas políticas diseñando un régimen capaz de contentar dentro de ciertos límites las ambiciones e intereses de quien estuviera dispuesto a aceptar sus flexibles reglas de juego.
Nada tiene de extraño que el primer centenario del nacimiento de Sagasta se celebrara así en Madrid en plena dictadura desnudo de cualquier relevancia pública y reducido a la intimidad de los escasos supervivientes de un liberalismo por entonces terminal, y que en Logroño los actos tampoco alcanzaran el apropiado boato. Pero el ocaso de la "buena estrella" que a decir de doña Emilia Pardo Bazán había guiado en vida la trayectoria de Sagasta vivió su punto máximo con el frenesí destructor de una Guerra Civil que contempló como las propiedades de sus descendientes en Jaén eran asaltadas por milicianos republicanos mientras en el otro bando se hacía escarnio de su memoria decapitando el monumento que lo recordaba en la capital riojana para arrojar a las aguas del Ebro su cabeza, prolongándose este eclipse con la larga noche de la dictadura franquista, durante la cual el adjetivo liberal era considerado un insulto. Tampoco el período inicial de la transición, si bien asistió a una recuperación paulatina del interés por los dirigentes decimonónicos que el franquismo tanto había despreciado, supo reconocer la labor de quienes era inevitable ver como representantes de una política pasada y predemocrática cuya corrupción recordaba a la de los caciques del franquismo.

Sólo en los últimos años, insisto, se empieza a situar en su justo lugar y a contemplar con una óptica más ponderada a estos protagonistas de una etapa verdaderamente crucial para el nacimiento de la España contemporánea. Óptica que pasa por revisar su actuación a la luz del contexto histórico que hallaron y de los principios y objetivos que presidieron su actuación, única forma de superar presentismos erróneos. Desde esta perspectiva Sagasta formaría parte de una larga saga de liberales que desde la época de las Corte de Cádiz lucharon con todos los medios que hallaron a su alcance por acabar con las viejas estructuras de la monarquía absoluta del Antiguo Régimen, con una sociedad atrasada, falta de libertades y regida por una jerarquización que atendía a las filiaciones familiares más que al mérito personal y que discriminaba concediendo caducos privilegios a una minoría que no dudaba en servirse de ellos para mantener subordinado al resto de la población.

Procedentes en buena parte de sectores sociales acomodados y ligados al mundo del comercio y de las llamada profesiones liberales, estos "apóstoles" de la causa liberal no dudaron desde luego en servirse en un principio del entusiasmo de unas masas urbanas a las que prometían libertad y progreso con la meta de una sociedad futura en la que serían propietarias, para tratar de derrotar a los poderosos defensores con que aún contaba el Antiguo Régimen (la Iglesia católica, la vieja nobleza e importantes contingentes de campesinos cuya única noticia del liberalismo eran las encendidas diatribas del clero que lo condenaba por revolucionario e impío) y posponer una vez que llegaron al poder la prometida atenuación de las desigualdades socioeconómicas. Pero tampoco escatimaron sacrificios personales cuando fue preciso en aras de esta causa del progreso y llegaron a sufrir la persecución y el exilio, cuando no la condena a la pena capital por ello. En el caso que aquí nos atañe basta recordar los años de persecución política que sufrió el padre de Sagasta por embarcarse en las filas de las milicias del liberalismo exaltado durante el Trienio y los dos exilios en Francia de su vástago, uno de ellos obligado por la condena a muerte por garrote vil que le fue impuesta tras el fallido pronunciamiento de julio de 1866 en el cuartel de San Gil, que hubo de afrontar por su compromiso con los ideales y objetivos políticos del liberalismo progresista, viendo en peligro su patrimonio económico, posición social y salud personal.

La corriente liberal progresista que con tanto acierto encarnó Sagasta hubo de enfrentarse así a una versión más conservadora y partidaria del pacto con la Corona y los sectores más pragmáticos de la vieja monarquía absoluta, parta evitar que se impusiera la visión sumamente estrecha, reactiva y elitista del programa liberal que sostenía el grueso de este liberalismo "moderado", y lo hizo consciente de sus limitadas fuerzas. No cabe duda que ni unos ni otros contemplaban la democracia política y la progresiva eliminación de las desigualdades sociales entre sus objetivos (aunque el liberalismo progresista mantenía al menos una visión más reformista y abierta de lo que debía ser el Estado liberal en la que se abría una puerta para el ascenso social de las clases subordinadas a través del libre desenvolvimiento de su laboriosidad), siendo justo reconocer que tampoco existió en vida del riojano una poderosa y activa corriente de opinión pública que les demandara tales cambios en una Europa donde aún no se había producido la transición del liberalismo a la democracia.
Los elevados costes de las pugnas que asolaron el campo liberal hasta la caída de Isabel II convencieron a muchos progresistas, entre los cuales se hallaba Sagasta, de la necesidad de llegar a una transacción honrosa con el liberalismo más conservador que permitiera las mínimas condiciones de paz y estabilidad bajo las cuales podrían afrontar la paulatina realización de su programa, a lo cual debe unirse el desengaño y la conmoción que sufrieron al comprobar cuando al fin subieron al poder en 1868 que sus reformas eran consideradas insuficientes por unos sectores populares urbanos para entonces volcados a la causa republicana y al incipiente movimiento obrero internacionalista, y que no dudaban en intentar una nueva revolución contra aquellos.

En este contexto hay que entender el papel de Sagasta como ministro de los gabinetes del general Prim y más tarde presidente del Gobierno y dirigente del Partido Constitucional en defensa de la estabilización de la revolución liberal, que para él pasaba por consolidar las conquistas legales del Sexenio evitando su uso abusivo por quienes buscaban destruir la nueva legalidad vigente, al par que aplicarlas con los suficientes frenos y precauciones para tranquilizar a las influyentes clases sociales conservadoras que pretendía ir atrayendo al campo liberal. Esto le llevó a combatir las intentonas reaccionarias del carlismo a la derecha y los conatos revolucionarios del republicanismo federal a su izquierda, lo que él llamaba la demagogia "blanca y roja".

Sólo así cobra sentido que tanto él como el liberalismo que representaba, descalificados hasta entonces como revolucionarios e instigadores del desorden por el liberalismo más conservador, pasaran en muy poco tiempo a ser tachados de reaccionarios y traidores a la revolución por los sectores más radicalizados de la izquierda liberal. Y que, tras el fracaso de la experiencia del Sexenio, no dudara en renunciar a la aplicación de los puntos más rupturistas de su ideario en aras de alcanzar el deseado y necesario consenso con sus anteriores adversarios liberal-conservadores, dando paso al primer largo período de paz y estabilidad relativas de aquella centuria.

Su progresivo acomodamiento al sistema restaurador hasta cerrar el paso a cualquier reforma en profundidad de éste -fuera o no necesaria- por considerarla peligrosa para la seguridad del régimen y su falta de reflejos para insuflar aires renovadores al cada vez más amortizado ideario liberal deben servirnos, en definitiva, de enseñanza de cómo el pragmatismo da beneficiosos réditos tomado en dosis adecuadas, pero llega un momento en que puede amenazar con traicionar las promesas e ideales que deben guiar todo proyecto auténticamente modernizador, como lo fue en su origen el del liberalismo progresista que Sagasta representó, si no es contrapesado por un sincero aliento reformista. Al par que nos muestra los peligros que trae consigo acomodarse en una fórmula razonablemente exitosa (en este caso el turno bipartidista implantando en la Restauración por conservadores y liberales, que introdujo una apertura innegable gracias a leyes aprobadas por gobiernos sagastinos como las de imprenta, reunión y asociación, electoral o el juicio por jurado, así como unos años de crecimiento económico que sólo interrumpió la crisis finisecular) que descansaba sobre líderes personalistas que en su vejez obstaculizaron con una inextinguible ambición de mando su natural relevo por dirigentes más jóvenes y mejor preparados para los nuevos problemas.

No debe ser nuestra misión condenar o indultar a Sagata y al conjunto del liberalismo monárquico de izquierda decimonónico desde posturas presentistas, pero tampoco silenciar sus evidentes limitaciones y defectos. En cualquier caso, demasiado acostumbrados a recordar personajes iluminados por una peligrosa convicción de providencialismo, precisamos sin duda del contrapunto que ofrecen políticos como éste, a quienes lo que menos preocupaba era el juicio posterior de la historia. A nosotros, más que este juicio, nos interesa el valor que su estudio puede proporcionarnos para llegar a una mejor comprensión de procesos que están en la raíz de la España actual.

Madrid, 13 de Enero 2003

José Ramón Milán García,
CSIC, Madrid).


SAGASTA, EN PERSPECTIVA HISTÓRICA.

En época propicia para ofrecer juicios e interpretaciones sobre un personaje de la talla de Sagasta, que hasta hace bien poco estaba olvidado y era despreciado en buena parte de los foros de reflexión y debate político e intelectual, mi propuesta tan sólo pretende aportar algunas consideraciones, desde el análisis histórico, sobre su contribución a la España Contemporánea.

Retomando las atinadas observaciones de Lucien Febvre en sus sugerentes Combates por la Historia cuando advertía que el historiador no es un juez y que la historia no es juzgar, sino comprender y hacer comprender, creo que el acercamiento a la figura de Sagasta debiera huir tanto del panegírico complaciente como del interrogatorio fiscalizador y atender mayormente a las enormes posibilidades explicativas que nos ofrece su singular trayectoria. Parece especialmente difícil catalogar o etiquetar a Sagasta en función de parámetros o listones actuales. Más bien, conviene situarlo en las coordenadas sociales y políticas de la España del XIX, en la que se ventilaba la consolidación de un naciente sistema monárquico constitucional y de un conjunto de libertades individuales y colectivas, que ahora damos por sentadas aunque su implantación decimonónica estuviese salpicada de pronunciamientos militares, espasmos revolucionarios y guerras civiles.

En este escenario, el largo recorrido de Sagasta (casi medio siglo de protagonismo público) resume los logros, dificultades, frustraciones y contradicciones de los liberales progresistas en España. A través de Sagasta puede rastrearse el esfuerzo sostenido de aquéllos para aplicar las principales reformas liberalizadoras, en el plano económico y en el puramente político, y las pertinaces resistencias que encontraron. Su actuación como gobernante (no exclusivamente la de la Restauración, también la del Sexenio Democrático, piedra angular para entender la evolución de su comportamiento) nos hace comprender no sólo las tensiones entre las ambiciones reformistas y las inercias más conservadoras sino las propias contradicciones, concesiones y fracturas internas que caracterizaron al progresismo español. Las enormes esperanzas depositadas en la Revolución de 1868 y los sinceros trabajos de consolidación de su ideario, en los que tanto descolló Sagasta, encontraron todo tipo de agresiones, a derecha e izquierda, que precipitaron la tabla rasa de la solución restauradora alfonsina.

Ya en plena Restauración, a su aportación para una gobernación estable del país, en la que cupieran importantes avances legislativos en sentido liberal (Ley de Prensa, Ley de Asociaciones, Ley del Sufragio Universal Masculino), aún no suficientemente valorados, cabe oponer la pereza o impotencia mostradas para abordar otras reformas estructurales de mayor contenido social. Por supuesto, en Sagasta percibimos el techo doctrinal propio de los liberales del XIX (él no fue nunca otra cosa), que no podía rebasarse con contenidos sociales igualitarios que desbordaban en ese momento sus esquemas de orden social burgués. Definitivamente, Sagasta ayuda a entender lo que fue moneda común en la España de la época: la patrimonialización del poder, a escala local y en el ámbito nacional, en favor de los "amigos políticos", siendo capaz de aglutinar una tupida red clientelar que controló los resortes de la vida política riojana hasta bien entrado el siglo XX.

Con todo, hubiera resultado en la actualidad inaceptable hurtarle a los ciudadanos este imprescindible y poliédrico fragmento de nuestra memoria histórica, tal y como se hizo en algún momento, ese sí, de infausto recuerdo.

Logroño, 22.12.02
José Luis Ollero Vallés


UN HOMBRE INQUIETO E INTELIGENTE

Cuando te aproximas a la figura de Práxedes Mateo Sagasta te encuentras con un hombre con una rica personalidad. Un hombre inquieto e inteligente, cuya trayectoria considero que es un ejemplo de lucha, trabajo y dedicación en aquello en lo que firmemente creía.

A su nombre aparece ligada la palabra "libertad", sin duda, fue un hombre al que la sociedad moderna debe importantes avances. Sus aportaciones a la España del siglo XIX y al liberalismo progresista durante la restauración fueron fundamentales para sentar las bases del sistema político en el que hoy convivimos los españoles. Recordemos que tras la revolución de 1868, Sagasta implantó el sufragio universal (masculino) durante una de sus etapas de gobierno. Asimismo durante los gobiernos de la Restauración, Sagasta aprobó la Ley de Prensa y la Ley de Asociaciones, normativas esenciales para el desarrollo de libertades y para la consolidación del sistema constitucional de nuestro país.

Otro de los aspectos que destacan los investigadores es su capacidad de diálogo y negociación. Dos valores esenciales para ejercer la política y también para crecer como persona. Junto a ellos una gran humanidad y generosidad que le hacían una persona accesible y cercana.

Este torrecillano siempre llevó en su corazón su tierra de origen y estuvo pendiente de las necesidades materiales de esta región, a él le debemos la construcción del puente de hierro y la reparación del de piedra, los cuarteles de infantería y caballería y otras dotaciones menores.

Considero que Práxedes Mateo Sagasta es una figura que merece la pena conocer, un personaje con una intensa vida a través de la cual, además, podemos acercarnos a la etapa del liberalismo progresista en España. Por ello debemos aprovechar la oportunidad que se nos presenta de acercarnos a este hombre a través de las distintas iniciativas culturales: exposiciones, representaciones teatrales, libros, conciertos,... que con motivo del centenario de su muerte se están sucediendo. Pero no debemos quedarnos ahí, la figura de Sagasta debe continuar siendo documentada y estudiada. Por este motivo desde el Gobierno de la Rioja hemos impulsado la fundación que lleva su nombre y en la que se han involucrado los diferentes colectivos y entidades relacionadas con el Sagasta político, el ingeniero, el periodista, así como los distintos lugares en los que discurrió su ilustre trayectoria.

Permítanme que recuerde unas palabras pronunciadas por Sagasta en el Congreso en 1871:

 

"Señores Diputados, al ocupar por primera vez este sillón presidencial, elevándome al puesto más inminente que a un ciudadano le es dado legítimamente alcanzar en los países monárquico-constitucionales, deseo que en vez de una política de exclusivismo y de intransigencia, que no engendra más que desconfianzas, ni produce más que enconos, se siga una política grande, generosa, inflexible en cuanto a las ideas y tolerante en cuanto a las personas dentro de la cual quepan todos los que de buena fe, vengan de donde vinieren, acudan a defender sus principios".

Logroño, 13 de diciembre de 2002

Luis Angel Alegre Galilea
CONSEJERO DE EDUCACION, CULTURA, JUVENTUD Y DEPORTES
GOBIERNO DE LA RIOJA


EL SISTEMA CANOVISTA Y EL PAPEL DE SAGASTA

Sin querer convertirme en panegirista del sistema de Cánovas, creo, sin embargo, que es necesario un análisis de la época en su contexto. Elevar a la I República y al Sexenio Revolucionario a las alturas, para, desde allí despeñar a Sagasta y a Cánovas del Castillo supone desconocer los logros que el sistema de la Restauración trajo consigo.

Era Burke quien defendía que los países debían avanzar en su organización política respetando su propia idiosincrasia (su historia, su desarrollo económico y social, su cultura), y no mediante rupturas inducidas en muchos casos por comparación con países de muy distinta condición.

El sistema canovista debe ser juzgado de acuerdo a la realidad de un país con tasas de analfabetismo superiores al 70%, una población agraria de en torno al 80% y una desarticulación territorial producto tanto de una orografía difícil como de un sistema ferroviario precario que no se veía suplido por una red de caminos y canales dignos de ser tenidos en cuenta.

¿Que el sistema canovista era caciquil y corrupto? Quizá sí, pero consiguió la estabilidad del marco jurídico del Estado (la Constitución de 1876 fue la de más larga duración de todo el siglo XIX), la paz (fin de las guerras carlistas), llevó al primer plano de la política a la sociedad civil en una historia reciente marcada por el respaldo militar a los grupos políticos (Narváez, Espartero, O'Donnell, Prim), trajo la paz social (frente a los frecuentes pronunciamientos militares y los extremismos de los partidos) y consiguió un modesto pero significativa avance económico (desarrollo de la minería, de los textiles catalanes, la siderurgia en el País Vasco, duplicación de la red ferroviaria) . ¿Era acaso mejor como sistema político la Alemania de Bismarck, o, mejor aún, la Italia de Depretis?

Por lo que respecta a Sagasta, no se le puede tachar de simple hechura de Cánovas. Sagasta ya había sido presidente durante un gobierno del Sexenio Revolucionario y participó en el Gobierno del General Serrano, que entre otras reformas impuso por primera vez el sufragio universal en unas elecciones, propició el desarrollo de una prensa libre y acabó con impuestos regresivos como el de la capitación. Sagasta se adhirió al sistema de la restauración no por oportunismo sino por convicción. De su experiencia anterior extrajo como consecuencia la inutilidad de imponer cambios que forzaban la realidad nacional (como el intento de imposición de una dinastía sin arraigo: la de Amadeo de Saboya) y la necesidad de huir de maximalismos. Fue capaz de aglutinar a las fuerzas liberales dentro de un partido disciplinado, que respetó un marco jurídico estable. Sin abandonar este posibilismo, alentó medidas de claro talante democratizador. Creo, pues, que no está de más reconocer a Sagasta como un político insigne, y a través de él recuperar un sistema como el de la Restauración tan denostado.

Logroño, 26.11.02
PSA


 

SAGASTA VALEDOR DEL SISTEMA CACIQUIL DE CÁNOVAS


Cien años despues de enterrar a quién jugó un importante papel en el último cuarto del siglo XIX, aprovecho esta ventana que abre la FRES para enviar una breve y modesta aportación al debate. En ella intentaré resumir y situar mi opinión sobre el Sagasta Político y su legado.

Tras 6 años de pasión política e inusitada intensidad democrática en una España en construcción un militar golpista, Martínez Campos, acaba con la Primera República y coloca a los Borbones de nuevo al frente del Estado. Cánovas toma las riendas y monta un sistema basado en la oligarquía y el caciquismo y es cuando necesita una alternancia para dar una mínima credibilidad al invento cuando aparece Sagasta. Así como un alter ego del propio Cánovas hace posible el sistema, en el que discurren los años 80 y 90 en esa suerte de alternancia de los dos partidos, conservador y liberal, sobre una engrasada maquinaria electoral carente de cualquier atisbo de ética y muy distante de todo principio democrático.

Y en este marco es a Sagasta a quien le toca jugar el papel de "progresista" y en ese juego llegan algunas luces, como dos frutos tardíos del sexenio democrático: los juicios por jurado y el sufragio universal. Pero que no obstante no alteran un sistema tan particular en un pais presidido por la idea canovista de aislamiento respecto a Europa y que cercena de la vida política al grueso de su población. Son años en los que no se construye una nación, un estado que aglutine, una administración que funcione o se forje una idea atractiva de la política, sino por el contrario un coto privado: intereses de oligarcas, caciques y redes clientelares particulares. Años de represiones constantes a movimientos obreros y sociales que toman cuerpo de manera imparable en este contexto tan hostil.

Un sistema, el canovista, pues Canovas fue guionista y actor principal con nuestro paisano Sagasta como principal actor secundario, además de otros ilustres, que desemboca en una traca final, la del 98, desastre de todos conocido y tan lamentado. Repose pues el político Sagasta su merecido descanso y huyamos de panegíricos de campanario.

Logroño, 25.11.02
MPT



SAGASTA Y LOS DEL "P.P.ENSAMIENTO UNICO"

Partiendo de la lógica de que a todo ciudadano se le debe reconocer su labor ejercida en bien de su comunidad, parece evidente que al torrecillano Sr. Práxedes Mateo Sagasta toca y con razón, recordarle como uno de los prohombres que a caballo de dos siglos lidiaron en la política española. Sin embargo me parece banal recrearnos en su supuesta o no actitud caciquil para con su pueblo y su gente, que otros, (historiadores, comunicadores, investigadores...etc,) de largo han escrito sobre la oligarquía y el caciquismo imperante en aquella España. Como atrevido por mi parte sería desarrollar su vertiente humana, que ni tan siquiera intentaré prejuzgar por respeto. Solo me detendré en dejar constancia de dos situaciones que sí creo merecen un brevísimo comentario y algunas consideraciones que algunos tildarán de "clasista".

En primer lugar, observo con preocupación cómo los que renuncian a conveniencia de su antecedente partidario Alianza Popular (AP), hoy PP, intentan en el presente sacar pecho y partido del liberal camerano.
Y, en segundo lugar no sólo lo